martes, 1 de febrero de 2022

Una teóloga por la presidencia

 


De la religión a la política hay un pequeño paso como el que existe entre cristianismo y marxismo o entre catolicismo y nazismo. Hay muchos casos que lo corroboran.

Alias “Iván Márquez” dejó el seminario mayor de Bogotá para vincularse a la guerrilla; el Grupo Golconda, conformado por sacerdotes, apoyó la revolución armada de la teología de la liberación; Martín Heidegger era un teólogo católico y, después de declararse ateo, se afilió al Partido de Hitler en 1931; el mito del “pueblo elegido” de los cristianos se convirtió en el mito del “proletariado comunista”; Stalin, “El Padrecito”, también fue seminarista.

Algunos obispos y sacerdotes colombianos, incluido el jesuita Alberto Parra, han apoyado la barbarie de la Primera Línea; Gustavo Petro se presentó como el nuevo Moisés en la anterior campaña electoral y ahora, en el lanzamiento de su candidatura en la España de Podemos y el enfoque de género, prometió el amor a los hermanos predicado por Jesús como la base de su gobierno (suena cínico y cruel).

La introducción es necesaria para entender el retorno de Ingrid Betancourt y su aspiración a la presidencia. Su caso es expresión del fenómeno sicológico conocido como el síndrome del Retiro – Retorno, expuesto por el historiador Arnold Toynbee y que ha afectado a muchos personajes reales e imaginarios: Jesucristo, Mahoma, Ignacio de Loyola, san Pablo, Martín Lutero, Hitler, Carlos Marx, etc.

Todos ellos se aislaron por enfermedad, retiros espirituales, una herida de guerra, secuestro, cárcel o estudio. En su paranoia se creyeron tocados por Dios y portadores de un mensaje de salvación para la humanidad. Los casos citados tuvieron éxito, pero la mayoría ha fracasado.

Después del secuestro (retiro), Ingrid se fue a estudiar teología y ahora retorna a “redimirnos” (como si fuera Juana de Arco) unida a la Alianza Verde, el único partido “verde” de la región afiliada al Foro de Sao Paulo, el mismo que dirige y financia la Primera Línea de criminales (“mis pelaos del corazón” de Claudia). La Coalición de la Esperanza es una farsa para captar votos. Su candidato es Fajardo de Holguín, y Claudia López es el poder.

Ingrid siempre creyó, como los políticos novatos, que tenía la solución para la corrupción. Hoy mantiene el mismo discurso y, como el clero, cree en la maldad o bondad esencial de los humanos y por eso es tan sectaria, como lo reveló en su rastrero ataque a Alejandro Gaviria.

Se nota que desconoce la cueva de Rolando en que se metió con los peores especímenes de la política tradicional, incluido el Santismo de Humberto de La Calle o Juan Fernando Cristo, y el más radical maoísmo que tenía el Polo Democrático en Jorge Enrique Robledo. Ingrid no leyó el Acuerdo de paz (o no lo entendió) que consagró el perverso enfoque de género, bloqueó el Congreso con 26 curules nuevas para la izquierda y que comprometió el futuro económico de Colombia con el embeleco de la Reforma Rural.

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