El debate de
los candidatos a la presidencia realizado por El Tiempo y Revista Semana nos mostró
la unanimidad de la izquierda Verde y petrista. Su visión es muy elemental y
engañosa: “como los partidos tradicionales han gobernado, ellos son los
artífices y responsables de la corrupción y las desigualdades; pero como
nosotros, los socialistas, nunca hemos gobernado, somos la única salida ya que
somos limpios y pacifistas”. “Se trata de la perversión fatídica del idealismo
revolucionario por su propia soberbia, por aquella voluntad de partir de cero,
de hacer tabla rasa de lo que realmente somos”, según el chileno Mauricio Rojas,
un marxista arrepentido y profesor en Suecia.
A Petro hay
que reconocerle su teatral forma de expresarse (solo le faltan las lágrimas de
Claudia) que convierte en “verdades” sus tontas ideas económicas. Sus planes en
materia minera y energética significan hambruna, y él lo sabe; pero su objetivo
es el voto de los mal informados. Petro promete acabar con la producción de
petróleo que representa más de la mitad de nuestras exportaciones; hará de
Colombia un país turístico cuando los delincuentes asesinan antes de robar y tenemos
zonas rojas vedadas a los extranjeros.
Para acabar
la corrupción los candidatos propusieron reformas legales y castigos que de
poco sirven en los países pobres. Los textos de administración pública enseñan
que el desarrollo económico es el mejor instrumento para superar la corrupción.
País que sale del subdesarrollo controla la corrupción. Sergio Fajardo trató de
orientar el debate hacia el desarrollo rural como base de la seguridad
alimentaria, “llegando al campo con toda la tecnología para generar riqueza”. ¡Tan
fácil! La reforma agraria fue durante el
siglo pasado un elemento central del proyecto populistas y por eso las Farc la
incluyeron en el Acuerdo de paz.
Francia
Márquez y Gustavo Petro también se refirieron al cuento chino de “la seguridad
alimentaria” para justificar la política de la izquierda latinoamericana de
anular los tratados de libre comercio, cerrar nuestras economías a la inversión
extranjera e imponer altísimos gravámenes a la importación de alimentos y otros
productos. Eso sería inflación, devaluación y desempleo.
Con un sector
privado pequeño y con un 50 por ciento de los trabajadores informales, el
Estado colombiano es el principal proveedor de empleos formales y de allí nace
el clientelismo, la compra de votos y la corrupción. La izquierda es el
principal enemigo de los empresarios privados y, por eso, es el mejor generador
de corrupción y de economía clandestina (Cuba, Venezuela, Nicaragua, Corea del
Norte). Quiere convertir el Estado en una agencia de empleos y por eso tiene
todo el apoyo FECODE y otros sindicatos del sector público, muchos de cuyos afiliados
no tendrían opción alguna de conseguir empleo en entidades privadas exigentes
en la selección de personal. Lo mismo pasaría con sus congresistas, concejales
y funcionarios públicos.
El discurso
mamerto se caracteriza por su imprecisión ideológica. Ahí cabe cualquier
mentira que emocione la tribuna.
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