martes, 20 de julio de 2021

Mi viaje a Cuba

 

El canal alemán DW, responsable de muchas noticias falsas sobre el paro de nuestro país que circulan por todo el mundo, utiliza la misma expresión “estallido social” para referirse a las protestas cubanas y colombianas.

Sin embargo, en la Isla no hay bloqueos de vías, participan ciudadanos de todas las edades y no hay adoctrinamiento previo en colegios y universidades para enfrentar al Estado; no hay guerrilleros, narcotraficantes, mercenarios pagados por organizaciones criminales no identificadas, ni delincuentes que saqueen comercios o incendien palacios de justicia y oficinas de registro. Lo de Cuba sí es un estallido social; lo nuestro es una guerra premeditada con varios enemigos nacionales y extranjeros tratando de destruir nuestra economía mientras los cínicos sindicatos chantajean al Estado con unos ataques que no son suyos.

Viajé a Cuba en 1993, cuando ya había caído el Muro de Berlín y casi todos los regímenes comunistas del mundo, razón por la cual la situación económica allí era un desastre. Ya Fidel no contaba con los subsidios económicos de la URSS. La Habana parecía una ciudad bombardeada como sigue siendo hoy; los atracos a los turistas eran frecuentes; las señoras se acercaban a mi esposa para pedirle toallas sanitarias, crema dental o jabón; los niños, todos muy delgados, nos pedían un “one” dólar; muy pocos almacenes con filas permanentes de clientes; nada de cafeterías, bares o restaurantes.

A pesar de la paranoia que la iniciativa privada produce en todos los regímenes de izquierda, el dictador Castro autorizó por aquellos días los “paladares” o restaurantes caseros. La economía clandestina predominaba sobre la oficial y el PIB era comparable a las utilidades de una película de Steven Spielberg.

Nos reunimos con un grupo de médicos en el Hospital de La Habana porque el viaje hacía parte de un programa de ASMEDAS, la asociación médica sindical del Seguro Social, en cuya junta directiva yo era el único miembro, de once, que no había pertenecido en su adolescencia a la JUPA, Juventud Patriótica del MOIR, línea maoísta, o a la JUCO, Juventud Comunista. Los colegas cubanos hablaron de ideología marxista, no de medicina.

Pocos años después, un médico cubano, el Dr. Valdez, vino a trabajar en la ciudadela Cuba y nos explicaba la gran farsa que es la medicina de su país: “Si usted no es militante del Partido, no tiene trabajo ni siquiera de botones o mesero en un hotel por más títulos que posea”; “ojalá los hospitales de mi país tuvieran la dotación del hospital de la ciudadela Cuba”. Como en Cuba no ha habido economía desarrollada, profesionales especializados que trabajaban en oficios humildes de los hoteles nos pedían que los invitáramos a Colombia para huir del régimen.

Muchos profesionales colombianos de mi generación siguieron fieles al dogma comunista y hoy colaboran con la subversión y la izquierda en las cortes y otros puestos de poder. Son 62 años perdidos de revolución, si puede llamarse así a esa tragedia.

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