El canal
alemán DW, responsable de muchas noticias falsas sobre el paro de nuestro país que
circulan por todo el mundo, utiliza la misma expresión “estallido social” para
referirse a las protestas cubanas y colombianas.
Sin embargo,
en la Isla no hay bloqueos de vías, participan ciudadanos de todas las edades y
no hay adoctrinamiento previo en colegios y universidades para enfrentar al
Estado; no hay guerrilleros, narcotraficantes, mercenarios pagados por
organizaciones criminales no identificadas, ni delincuentes que saqueen
comercios o incendien palacios de justicia y oficinas de registro. Lo de Cuba
sí es un estallido social; lo nuestro es una guerra premeditada con varios
enemigos nacionales y extranjeros tratando de destruir nuestra economía
mientras los cínicos sindicatos chantajean al Estado con unos ataques que no
son suyos.
Viajé a Cuba
en 1993, cuando ya había caído el Muro de Berlín y casi todos los regímenes
comunistas del mundo, razón por la cual la situación económica allí era un
desastre. Ya Fidel no contaba con los subsidios económicos de la URSS. La
Habana parecía una ciudad bombardeada como sigue siendo hoy; los atracos a los
turistas eran frecuentes; las señoras se acercaban a mi esposa para pedirle
toallas sanitarias, crema dental o jabón; los niños, todos muy delgados, nos
pedían un “one” dólar; muy pocos almacenes con filas permanentes de
clientes; nada de cafeterías, bares o restaurantes.
A pesar de la
paranoia que la iniciativa privada produce en todos los regímenes de izquierda,
el dictador Castro autorizó por aquellos días los “paladares” o restaurantes
caseros. La economía clandestina predominaba sobre la oficial y el PIB era
comparable a las utilidades de una película de Steven Spielberg.
Nos reunimos
con un grupo de médicos en el Hospital de La Habana porque el viaje hacía parte
de un programa de ASMEDAS, la asociación médica sindical del Seguro Social, en
cuya junta directiva yo era el único miembro, de once, que no había pertenecido
en su adolescencia a la JUPA, Juventud Patriótica del MOIR, línea maoísta, o a la
JUCO, Juventud Comunista. Los colegas cubanos hablaron de ideología marxista,
no de medicina.
Pocos años
después, un médico cubano, el Dr. Valdez, vino a trabajar en la ciudadela Cuba
y nos explicaba la gran farsa que es la medicina de su país: “Si usted no es
militante del Partido, no tiene trabajo ni siquiera de botones o mesero en un
hotel por más títulos que posea”; “ojalá los hospitales de mi país tuvieran la
dotación del hospital de la ciudadela Cuba”. Como en Cuba no ha habido economía
desarrollada, profesionales especializados que trabajaban en oficios humildes
de los hoteles nos pedían que los invitáramos a Colombia para huir del régimen.
Muchos
profesionales colombianos de mi generación siguieron fieles al dogma comunista
y hoy colaboran con la subversión y la izquierda en las cortes y otros puestos
de poder. Son 62 años perdidos de revolución, si puede llamarse así a esa
tragedia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario