martes, 10 de noviembre de 2020

LAVADO DE CEREBRO

 

Cuando se quiere cuestionar la decisión de una persona por vincularse a una organización de cualquier tipo, sea religiosa, política, comercial o de servicio social, recurrimos a la fórmula irrespetuosa: “al pobre le lavaron el cerebro”. La descalificación oculta la situación de quien la pronuncia porque a él también le han “lavado el cerebro” varias veces a todo lo largo de su vida sin que se diera cuenta. 

Desde cuando empezamos a hablar, la familia, los medios de comunicación y la sociedad toda nos llenan la mente de creencias de las que no tenemos forma de defendernos. Una mente que nace limpia de relatos es impregnada por una cantidad de mitos que aceptamos para regir nuestra vida. La forma de pensar, las tradiciones de la sociedad, el significado de las palabras, las costumbres, la comida, el vestido y la orientación política de los padres se inscriben en el cerebro de todos nosotros.

Luego vamos a la universidad a recibir un nuevo “lavado de cerebro”. Terminamos convencidos de que la mejor forma de vida es la profesión que escogemos para recibir un salario miserable de un millón y medio de pesos mensuales y enriquecer a otros con unos trabajos basura o “de mierda” (como los llama el antropólogo David Graeber) hasta cuando logremos la pensión de jubilación y, amargados, nos sentemos a esperar el virus.

Esa grosera fórmula para humillar a quien ha tomado la decisión de cambiar el rumbo de su vida en una nueva religión, otro partido político o, simplemente, porque se niega a seguir siendo explotado y maltratado en un oficio aburrido y alienante, nace del rebaño, de los otros, de los conformes y de los miedos que todos tenemos al cambio, porque la sociedad se desequilibra con los rebeldes. 

He ahí una explicación del choque generacional en que nos encontramos. Nuestros hijos, especialmente los menores de treinta años no quieren saber nada de ese mundo mediocre en que los formamos, todo ello porque el contacto con otras culturas en sus viajes reales o virtuales les ha mostrado un mundo nuevo de posibilidades y de libertad que los padres jamás imaginamos.

Las nuevas generaciones quieren borrar de su cerebro todas esas ideologías o libretos porque saben que somos eso, cerebros en que se plasmó una vida rutinaria y repetida hasta la muerte con la esperanza de otra vida más allá, en el imposible cielo o en el nirvana que suprime el ciclo eterno de las rencarnaciones.

No existe un sujeto o persona en cada uno de nosotros que pueda programar su cerebro y escribir en el mismo uno proyecto de vida al gusto de cada cual. No programamos la mente; es la mente la que nos programa. Son los otros, aunque no lo queramos ni entendamos, los que, más que lavar el cerebro, cambian nuestros chips o programas mentales. “Lavar el cerebro” significa querer cambiar. Y eso puede ser bueno.

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