Después de haber estudiado filosofía y de estar ejerciendo la
medicina, en 1986 terminé estudios de derecho en la Universidad Libre de
Pereira. Por esa época muchos de los actuales magistrados de las altas cortes
estaban terminando sus carreras o especialidades, circunstancia que me sirve
para hacer algunas reflexiones sobre sus sentencias.
Mi profesor de Filosofía del derecho, magistrado del Tribunal
Superior de Pereira, era tan mediocre en este campo como seguramente los de
otras universidades. Ese hecho puede ayudarnos a entender las equivocaciones en
que incurren hoy las cortes colombianas y que viene ocasionando choques con las
otras ramas del poder público. Hace unos dos años me referí, por ejemplo, a la ridícula
jurisprudencia que considera que todo ser humano tiene derecho a elegir su
género sexual y, como lo pronostiqué entonces, ya tuvimos el primer caso de un
hombre que reclamó su pensión a los 58 años porque se percibía mujer, y la
corte se la reconoció. ¿Una mujer que “decide” ser hombre debe esperar los 62
para pensionarse? No es una broma, aunque lo parezca.
La mala formación que reciben nuestros abogados explica
también el golazo que anotaron las Farc al imponernos el enfoque de género en
el Acuerdo de paz. Las cortes, el Congreso y hasta el mismo presidente Santos
con sus asesores no se dieron cuenta de la aberración a la que dieron carácter
de constitucional. Lo he discutido en otras columnas.
La década de 1980 fue importante para los estudios del
derecho por la forma como la teoría marxista afectó algunas de sus disciplinas,
en particular el derecho penal y la política criminal. De esa influencia surgió
el Código Penal Alternativo, con sus penas simbólicas y a veces ridículas en
que se inspiró la Jurisdicción Especial para la Paz. Me dediqué a estudiar los
textos de criminología de Emiro Sandoval Huertas, magistrado auxiliar del
presidente de la Corte Suprema de Justicia, ambos asesinados en la toma del
Palacio de Justicia por el M-19, financiada por el cartel de Medellín en
noviembre de 1985. Algunos magistrados privilegian hoy el método marxista aprendido
de Sandoval.
En la visión del derecho penal como una proyección de la
lucha de clases influyeron mucho los estudios estructuralistas que hablan de la
función performativa del lenguaje, a la que le dediqué una columna cuando explicaba
la asignación cultural del género sexual de niños y niñas. Como el género
sexual, el carácter de delincuente no es una condición esencial o personal del
individuo, sino una aplicación de una marca o de una identidad por parte del
aparato judicial de un sistema opresor o burgués.
Si hay varias interpretaciones en la comunidad sobre las
manifestaciones de grupos organizados estudiantiles y guerrilleros enfrentados
a la policía, y la Corte privilegia una, la de la izquierda, está haciendo política,
no administrando justicia: está prevaricando; agudizando la polarización y
tomando partido por los delincuentes.
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