Como todos tenemos algún grado de inconformidad por los
problemas sociales, la educación, el sistema de salud o el mal funcionamiento
de la rama judicial, creemos que las manifestaciones de protesta nos representan
en alguna forma y no concebimos que puedan obedecer a un plan para afectar el
orden social y crear una sensación ficticia del fracaso de nuestras
instituciones que sirva de base a la toma del poder en las elecciones por parte
de la de izquierda.
Ni siquiera pensamos que el incendio de dos iglesias en las
últimas manifestaciones de Chile pueda tener algún interés para Colombia o que
la aprobación del plebiscito en ese país para reunir una asamblea constituyente
va a tener peligrosas consecuencias para esa democracia, quizás tan dañinas como
ha sido para nosotros la Constitución de 1991 con su elección popular de
alcaldes y la democracia participativa.
Mostré el desarrollo histórico de esta nueva versión del
marxismo desde su origen, en los años setenta del siglo pasado, con un texto
titulado La revolución molecular, del filósofo francés Félix Guattari (1939 –
1992), su primera aplicación en 1977 en Bolonia, Italia, y su posterior montaje
en Brasil y en Chile con la asesoría directa del mismo Guattari.
También comenté que, como el proletariado ya no es el sujeto
revolucionario, el marxismo busca motivar a diversos grupos sociales
inconformes, como los estudiantes, los indígenas, la comunidad LGBTI y los
sindicatos, para que se tomen las calles, bloqueen las vías, destruyan los
medios de transporte, desacrediten a la fuerza policial, creen confusión en la
comunidad y afecten la economía para que los ciudadanos entren en crisis y sean
fácilmente manipulables en la campaña electoral.
La pregunta que surge es ¿por qué la minga, que buscaba humillar
al presidente Duque y obligarlo a dialogar directamente, decidió regresar a sus
enormes propiedades sin los tradicionales bloqueos siempre asesorada por
estudiantes universitarios y líderes de izquierda? En este mismo sentido, llama
la atención la marcha tranquila de FECODE y las centrales obreras (que
representan apenas un 6% de los trabajadores colombianos, casi todos del sector
público). No pagaron los honorarios a los encapuchados, no asaltaron bancos,
almacenes o supermercados; no atacaron los CAI y no hubo necesidad de la
intervención de la policía. No tenían un acuerdo sobre las justificaciones de
la protesta y cada uno de los líderes entrevistado por los medios presentaba
peticiones vagas y diferentes. ¿Qué traman con este interludio de en su montaje
revolucionario?
Hace veinte años, los votos por la izquierda en Chile eran el
4 % de total. Como sucede en Colombia, la mayoría de los jóvenes menores de 28
años prefieren una dictadura a una democracia y la izquierda ha logrado, con
sus ataques al metro y a la economía, debilitar al gobierno. Las
manifestaciones violentas iniciadas en noviembre pasado, tanto en Chile como en
Colombia, se inspiran en la revolución molecular que incendia iglesias.