martes, 29 de septiembre de 2020
LA PLANTILLA DE ARCADIA
martes, 22 de septiembre de 2020
PASARON MUCHAS COSAS
En aquella época, los encapuchados de las marchas
universitarias no recibían ninguna remuneración por atacar a los policías como
ahora; lo hacían por puro romanticismo, por la inspiración revolucionaria que
recibían de la ideología comunista o por cierta pasión contracultural que se
apodera de los adolescentes en todos los tiempos y lugares cuando tratan de
asumir la identidad que les da un relato terrorista.
En las tardes del año 1969, solía asistir a las protestas de
los estudiantes de la Universidad Nacional de Bogotá en compañía de una amiga
pereirana que vivía en las residencias estudiantiles. Aunque yo tenía la misma
edad de los revoltosos, su actividad me parecía un montaje teatral sin mucho
sentido, salido de todo contexto político y social como lo sigo considerando
hoy.
Ya hacía diez años que Fidel Castro había tomado el poder en
Cuba, y hacía cinco que se habían fundado las Farc en Colombia, cuando un grupo
de universitarios preparados en la Unión Soviética convencieron a alias
Tirofijo de transformar sus autodefensas liberales campesinas en un grupo
marxista. Luego aparecieron el ELN y el EPL.
En 1966, Mao Zedong había iniciado la Revolución Cultural que
se extendería por más de un lustro en toda la China y tenía en los niños y
adolescentes sus principales gestores con el propósito de destruir el más
mínimo vestigio de la cultura burguesa y occidental. Hasta hablar un idioma
extranjero, usar lentes o leer libros no aprobados por el Partido Comunista eran
considerados delitos, en un movimiento parecido al de lo políticamente correcto
que lleva hoy a los muchachos gringos y a nuestros indígenas ingenuos a
derribar estatuas “incorrectas”.
El mejor contraste de las revueltas de la “Nacho” lo dieron
los jóvenes parisinos de mayo del 68. Aunque nuestros revolucionarios del
barrio El Chicó de Bogotá (como el impulsor del Acuerdo de paz con las Farc,
Enrique Santos Calderón) sigan manteniendo el mito romántico de ese movimiento
y lo llamen “glorioso”, de revolucionario no tuvo nada y tampoco de marxista.
“La revuelta no estaba dirigida contra los males que provoca esta sociedad sino
contra sus beneficios”, escribió Herbert Marcuse.
Mientras hace medio siglo los estudiantes de la Nacional
intentaban incinerar a los policías colombianos en la calle 26 de Bogotá con
sus bombas artesanales, dos jóvenes se prendían fuego en Europa para protestar
contra los abusos del régimen soviético en Checoslovaquia. Ilia Rips y Jan Palach
protestaban contra la invasión de los tanques soviéticos para reprimir la
Primera de Praga, ese intento por construir un socialismo con rostro humano y
democrático.
Este movimiento se había iniciado hacia 1948. En 1952, su
principal líder, Rudolf Slánský, fue ahorcado con diez funcionarios comunistas de
gobierno checo, casi todos judíos, después de un juicio montado con testigos
falsos, exactamente como lo siguen haciendo hoy nuestros marxistas. Fue uno de
los últimos crímenes de Stalin un año antes de su muerte. Pasaron muchas cosas.
martes, 15 de septiembre de 2020
EL LIBRETO DE FECODE
La víctima no era un buen ciudadano;
era un antisocial que como miles de otros colombianos no dejan dormir a sus
vecinos porque la Corte Constitucional dejó sin vigencia la norma del Código de
Policía que habilitaba la intervención de los agentes. Aunque los medios más
importantes del país se adelantaron a fijar responsabilidades para estimular la
violencia cuando no se han concluido la necropsia y la investigación, un
imprudente abogado lanzó la hipótesis de una fibrilación ventricular
condicionada por el exceso de licor del taxista que cambiaría completamente la culpabilidad
de los policías.
Los revoltosos, que no representan a
la mayoría de los colombianos, generaron más muertes para radicalizar su locura.
No son personas desadaptadas. ¿Desadaptadas con relación a qué? Es obvio que se
trata de jóvenes que ya no se identifican con las doctrinas religiosas y mucho
menos con las democráticas de los derechos humanos o con ese humanismo ramplón de
algunos medios. En su gran mayoría son muchachos condicionados como el perro de
Pávlov a reaccionar a ciertos estímulos muy precisos como si estuvieran
sometidos a un plan preconcebido y bien orquestado. De hecho, no tiran una sola
piedra cuando las víctimas son cadetes de la policía, los líderes sociales, los
exguerrilleros de las FARC o un ciudadano asesinado por un atracador.
El hecho de que ataquen al mismo
tiempo, con las mismas armas y capuchas, con objetivos y estrategias similares,
nos permite suponer que su actuación no es espontánea, sino la representación
de un papel que les fijaron y pagaron otros, los directores de escena. Las
personas no existen; el comportamiento que a ellas se atribuye no es más que un
libreto inscrito en su cerebro, como nos pasa a todos en el proyecto de vida
que creemos nuestro, pero que en realidad nos impusieron.
El montaje de los anarquistas es la
representación del drama que aprendieron en el colegio, la universidad y las
redes sociales; es el sueño de Gustavo Petro y Claudia López; es el capítulo
segundo de una tragedia iniciada en el mes de noviembre, cuando no existió un
abuso policial como coartada hasta la muerte de Dylan, pero que se fundamentó
en cien motivos imaginarios; es el proyecto del marxismo internacional, del
Foro de Sao Paulo o de Puebla; es la misma revolución molecular. Un buen título
para la obra podría ser “El espectáculo de FECODE”.
La ingenuidad del partido de gobierno
y del mismo presidente Duque, más la excelente labor de los organismos de
derechos humanos, infiltrados por el marxismo para anular a la policía y al Ejército
en el control del orden público, han creado las condiciones favorables para la
acción del comunismo internacional. La actitud pasiva y complaciente con el
terrorismo de los alcaldes de izquierda en las principales ciudades del país
han construido el escenario perfecto para la tragedia. Los colombianos somos el
público pasivo en la platea. Preparémonos para lo peor.