martes, 25 de agosto de 2020

UNA POLÍTICA MACABRA


Uno de los fenómenos más sorprendentes de la guerra cultural en que estamos involucrados con la izquierda es la incoherencia de su discurso. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de una revolución comunista o socialista? Ni siquiera se ponen de acuerdo sus líderes; se contradicen de un día para otro; pero no se sonrojan, no reconocen sus errores y no dan explicaciones porque en su discurso todo vale; no hay moral alguna en su estrategia.
El sujeto revolucionario ya no es la clase obrera y, mucho menos, sus anacrónicas guerrillas. Decidieron desde el siglo pasado que, si no hay un conflicto social, hay que inventarlo, y optaron por llamar, con paga incluida, a todos los inconformes a colaborar en las manifestaciones, bloqueos y en la destrucción de nuestra economía. Como su campo de batalla es el lenguaje, repiten en los medios a su servicio y en las redes sociales las mismas consignas, todas las calumnias y mentiras posibles porque saben que al menos muchos adolescentes y los mal informados las tomarán como hechos reales.
Ese es el contexto para comprender el nuevo rumbo del discurso mamerto. Hasta hace unos días trataban de convencernos de que la paz se había logrado con el Acuerdo y que quienes no lo vimos así, estábamos equivocados. Por fin aceptaron la contundencia de los hechos y entonces decidieron culpar con todo tipo de exageraciones al presidente Duque y al resto de los colombianos. El país, dicen, está matando a sus jóvenes. 
No aprendieron los seguidores de Petro y Claudia López la lección de sus maestros sobre el fetichismo de la ley, de la mercancía o de la democracia.  Ley, mercancía, democracia y país son entes ideales o imaginarios que no hacen nada. A los jóvenes de Samaniego no los matamos los colombianos y, mucho menos, el presidente devoto de la Virgen de Chiquinquirá; los asesinos no eran de la región y alguno tenía acento mexicano.
No los asesinaron para truncar sus sueños. Fueron identificados y muertos con tiros de gracia porque hacían parte de una banda criminal enemiga. Por más sádico que sea un ser humano no asesina a unos estudiantes universitarios porque bailaban sin tapabocas en la pandemia; tampoco, por el simple hecho de “sembrar terror”, como repitieron la última semana los muchos miles seguidores, reales o ficticios, de la serie El Matarife.  
No deja de ser abominable cualquier homicidio, pero si algo aprendimos del proceso de paz con las FARC es el desprecio por la vida humana, en particular de los niños y niñas, que tiene la izquierda. Las masacres, las violaciones y los genocidios no son más que oportunidades para su política macabra, sin ningún respeto por la dignidad humana o por las autoridades que elegimos. Si el presidente fuera Iván Cepeda o alias Tornillo, el discurso de sus cómplices nacionales e internacionales, incluidos HRW y la ONU, sería otro.

martes, 18 de agosto de 2020

CLAUDIA LÓPEZ



Empezó señalando que el presidente Duque tendría que responder por las muertes de la pandemia por no haber cerrado El Dorado oportunamente; el gobierno nacional le respondió citando la ley que atribuye a la alcaldía el control del aeropuerto. Luego, ella culpó a los ricos o burgueses por haber traído el virus desde Europa, cuando en realidad viajan al extranjero con más frecuencia los sectores populares por razones conocidas.

Más tarde decidió que la cuarentena debía ser total en los tres meses siguientes cuando llevábamos dos; pero la presidencia de la República la corrigió porque era necesaria la apertura gradual de la economía. La alcaldesa sigue imponiendo su plan de cierre parcial de la Capital por zonas, afectando esta vez aquellas con mayor número de negocios y empresas, según declaró a la revista Semana el presidente del Concejo.

Las protestas de empresarios y pequeños negociantes fueron inmediatas porque vieron que ese “plan Marshall” no se justifica en este momento de la pandemia y no busca reactivar la economía. El propósito dañino es el mismo de las manifestaciones iniciadas en noviembre del año pasado por la izquierda internacional en Chile y Colombia, con la participación de encapuchados y de la hoy alcaldesa en el marco de “Revolución Molecular”, inaugurada por Lula Da Silva en Brasil con la asesoría del francés Félix Guattari desde el siglo pasado.

La pregunta que surge se refiere al grado de dolo o culpa con que actúa Claudia López o si su problema es inconsciente. Para responder, recordemos que en Colombia la intención de la izquierda siempre ha sido la de entorpecer cualquier proyecto de desarrollo con la idea perversa de que la miseria del pueblo creará las condiciones de inconformidad que lleve a los menos informados a votar masivamente por esa corriente política, como es evidente en sus inútiles proyectos de ley, en su campaña anticorrupción o en su reiterada oposición en el Congreso a planes de desarrollo con argumentos ideológicos, nunca científicos o serios.   

En la década de los setenta, los mamertos se opusieron con todo tipo de mentiras a la planificación familiar; recientemente montaron referendos en algunos municipios contra a minería legal, pero nunca han cuestionado la ilegal; con sus falacias ambientalistas se oponen al fracking a pesar de la estricta ley colombiana para proteger el medio ambiente en este caso; también se escudan en la ecología para evitar el control de los cultivos de coca, alimento básico de la guerrilla o las bandas criminales e impedimento principal para el progreso y la paz.

Sin duda alguna, el mayor golpe dado por la izquierda a nuestra economía se concretó en el mal llamado “Acuerdo de paz”. En lugar de crear empresas modernas, reformar el sistema educativo y tecnificar la producción agrícola, se busca dar una parcela a cada campesino, con enfoque de género, para mantenerlo en la miseria. La propiedad de la tierra es una suma igual a cero.








  

martes, 11 de agosto de 2020

LA FUNCIÓN SOCIAL DEL COLUMNISTA

 

Me decía el director de La crónica del Quindío hace unos años que quienes comprábamos un periódico por la sección de opinión conformábamos una especie en vía de extinción. Eso seguía siendo evidente hasta el año pasado cuando El Diario virtual se podía leer sin suscripción. En promedio una columna de opinión era leída por unas 300 personas, en promedio, mientras la noticia sobre un sicariato, por seis o siete mil. Supongo que el número de lectores de las columnas de opinión en la versión física debe ser muy inferior. 

Quienes trabajamos para sembrar inquietudes, suscitar el espíritu de libertad y enfrentamos asuntos de interés universal ya no podemos ser consultados en otros países, como lo he podido corroborar en Google y en una página que todos los días me informa de las citas o referencias de mis artículos. Entonces me pregunto si vale la pena escribir para muy pocos suscriptores que valoran el trabajo y el estudio que tenemos que realizar los colaboradores del periódico en un oficio no remunerado. 

En mi caso particular, intenté desde enero del año pasado un experimento sin precedentes en la historia del periodismo nacional sobre unos conceptos nuevos vinculados a las ciencias humanas, el arte y la evolución general de la cultura. Me refiero a la inexistencia del sujeto o de la persona y al carácter engañoso o metafísico de todas las ideologías, conceptos que tomé de los escritos de Yuval Noah Harari y que fueron la oportunidad para incursionar en el pensamiento posmoderno de los principales filósofos europeos de los últimos años.

También mostré cómo esos avances del pensamiento universal cambiaban completamente nuestra visión de Dios y de la religión, nuestras ideas sobre política, ciencia, democracia, historia, marxismo, enfoque de género y, en general, sobre toda nuestra cosmovisión, pero especialmente acerca del sentido de la vida. Por los insultos e incomprensiones que esas mismas ideas despiertan en las redes sociales, me he dado cuenta de que la ignorancia al respecto es general y que nuestro sistema educativo ha fallado.  

Mi frustración es mayúscula al observar cómo la propaganda y el eslogan mentiroso determinan la opinión de la mayoría de los colombianos tal como se refleja en encuestas o sondeos de opinión, siempre montados con interés político o populista. Cuando diversas encuestas muestran que más del 70 por ciento de los jóvenes entre 18 y 27 años prefieren una dictadura a una democracia y que cualquier exguerrillero terrorista y violador de niños tiene mejor aceptación en la comunidad que un expresidente de la República, no hay futuro para Colombia. 

Con lo ocurrido al expresidente Uribe Vélez la semana pasada, todos los colombianos tenemos la obligación de revisar nuestro compromiso con la democracia. El Diario podría permitir leer nuestras columnas en internet ya que no nos lucramos con las suscripciones y para que nuestra labor no sea inútil.     

martes, 4 de agosto de 2020

La Virgen Politizada


Con la ayuda de un juez de izquierda, la Virgen se ha vuelto motivo de debates políticos para alimentar la pelea en que andan los defensores de lo políticamente correcto en todo el mundo. Todo hace parte de lo que he llamado “la revolución de los idiotas”, iniciada en los Estados Unidos por algunos intelectuales marxistas de las áreas del arte, ciencias sociales, literatura y filosofía, y que inspira a quienes destruyen estatuas, queman libros, prohíben películas y se oponen a todo lo que no sea del gusto romántico de los revolucionarios mercenarios bien remunerados.

Para que el mensaje sea claro, debo ratificar mi condición de ateo o agnóstico, aunque no por ello desconozca el respeto que merecen todas las ideologías religiosas y políticas, como manda nuestra Constitución Nacional. Además, afirmo que quien está violando nuestra Carta y los derechos humanos no es el Presidente Duque cuando proclama en redes sociales su fe religiosa, sino quien presentó la discutible tutela y el juez que la aceptó.

Cuando un presidente de la República confiesa su fe religiosa o se declara ateo, no está desconociendo nuestra Carta de los derechos humanos, y si alguien se ofende, es su problema, no del ciudadano presidente. Cuando el juez condena al presidente por la confesión de su doctrina religiosa, el mismo juez y los demandantes están imponiendo otra mitología o su interpretación particular sobre los derechos humanos: es la ideología de lo políticamente correcto contra una fe religiosa. Los “derechos humanos” y “la persona humana” son tan mitológicos como la Virgen de Chiquinquirá o el materialismo dialéctico. Cada ciudadano tiene su fe imaginaria. La verdad única es el mito totalitario. 

El nuevo sofisma marxista de lo políticamente correcto nos lleva a la situación absurda de que cualquier ciudadano puede sentirse ofendido y presentar una tutela sobre cualquier cosa. Veamos un ejemplo. En la discusión sobre el enfoque de género en el Congreso, la entonces senadora Claudia López nos acusó, a quienes no estábamos de acuerdo con esa ideología, de estar violando los derechos humanos. De la misma forma, es muy conocidad la ambigüedad de el senador Gustavo Petro con relación a la religión para ocultar su ateismo; pero su posición no es una violación de los derechos humanos mientras no afecte la posibilidad de los ciudadanos de creer en la religión que deseen.

La izquierda no va a aceptar nunca que en una misma sociedad coincidan distintas ideologías, mitologías, géneros sexuales, opiniones, culturas, etnias y tradiciones porque en este aspecto es exactamente igual al fascismo o al nazismo. Esa es una diferencia básica con la democracia, que permite la convivencia o el reconocimiento de la diversidad de opiniones, crencias o forma de vivir. El socialismo siempre se postula como ateo, aunque nunca ha podida sustituir la religión a pesar de los intentos por hacerlo desde Stalin hasta el Partido Comunistas Chino de hoy.