Algunos amigos de esta columna ya habrán notado que hay una
correlación tan clara entre todas las entregas que podríamos decir que se trata
de un discurso continuado y que quien no haya leído las primeras notas de enero
puede encontrar difíciles las ulteriores, problema que he tratado de evitar en
lo posible.
Mi propósito es presentar otra forma de ver la realidad que
cobró mucha fuerza en la segunda mitad del siglo pasado, especialmente en
Francia, y que nuestro sistema educativo ha ignorado, entre otras razones, por
el adoctrinamiento marxista a que se somete a los estudiantes en los colegios y
universidades públicos. A esa nueva forma de entender la cultura y nuestra
condición humana se le ha llamado giro lingüístico y estructuralismo.
El enfoque es básicamente filosófico, lingüístico e histórico
de gran influencia en todas las expresiones de nuestra cultura como la
religión, el arte, la crítica literaria y las ciencias sociales en general,
razón por la cual sorprende que las autoridades de educación no lo hayan
incluido en los programas académicos, además de la versión anacrónica y
simplista que se enseña del marxismo.
También es evidente que la base de la discusión es
científica, aunque, como señala el Nobel de fisiología y medicina, Eric R.
Kandel, la conciencia es el gran misterio sin resolver del cerebro: “determinar
la naturaleza de la conciencia –esto es, cómo adquirimos nuestro sentido de
identidad a partir de la cerebración inconsciente—es uno de los mayores retos
científicos…”
He mostrado cómo las discusiones actuales adquieren una nueva
luz en el enfoque estructural. Por ejemplo, la ideología de género que impulsa
la izquierda, las diferencias entre el hombre y los animales, la religión
cristiana, el derecho natural, la política, la historia de la cultura, la
ecología, la ética, etc., cambian de manera sustancial.
Este intento es un desafío tremendo para todos nosotros, pues
se trata de cambiar los viejos esquemas mentales en que se soporta nuestro
retraso como nación. Entenderé la reacción negativa de aquellas personas
comprometidas con un relato religioso o político y que no son capaces de
aguantar que su identidad y la ideología que da sentido a sus vidas se cambien
de la noche a la mañana. Perfectamente comprensible.
No es fácil aceptar que la idea que yo tenía sobre mí mismo
estaba equivocada. Inicialmente escribí que el propósito de esta labor era
explicar una frase, solo una, de Yuval Noah Harari: “soy un algoritmo”. Cuando
esa idea, que muchísimos colombianos cultos no entienden, sea parte de nuestra
cultura, habré logrado el objetivo.
Hasta los años sesenta del siglo pasado fuimos adoctrinados
por la iglesia católica; desde entonces el adoctrinamiento ha sido marxista,
especialmente en las instituciones públicas. En el caso de la iglesia, no se
aprecia mucho interés en adaptarse a estos nuevos paradigmas; en cambio, el
marxismo ha logrado una renovación estructural de su proyecto político y su
lucha es ahora cultural.
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