martes, 19 de noviembre de 2019

Los existencialistas




Tres jóvenes estudiosos de la filosofía se encuentran en el año 1932 en un café de París durante sus vacaciones. Raymond Aron le cuenta a la pareja conformada por Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir que en Alemania el profesor Edmund Husserl enseña una nueva teoría, la fenomenología, que cambiaría nuestra cultura. Sartre viajó a Berlín a estudiar fenomenología los dos años siguientes, exactamente los mismos en que otro seguidor de Husserl, Martín Heidegger, se ponía al servicio del movimiento nazi que acaba de tomar el poder en Alemania.

Una de las tesis centrales de la fenomenología enseña que mi consciencia no es nada más que una tendencia, una proyección hacia las cosas, una función del cerebro, sin ninguna sustancia o esencia. A esa condición se llama intencionalidad. Solo existen los objetos intencionales, los que conocemos; el sujeto no es nada más que el encuentro con los objetos.

Si el ser humano no es un proyecto definido, Sartre propone que somos libres para construir nuestra vida; vivimos para hacernos: la existencia precede a la esencia. Ese es el núcleo del existencialismo individualista. Acomodarnos a una identidad, como la que nos propone la sociedad burguesa, la religión o un partido, es mala fe, es renunciar a la libertad.

Sartre y Beauvoir se harán marxistas, circunstancia que los convierte en ídolos de la juventud de su tiempo. El intento por armonizar su teoría de la libertad individual absoluta con el socialismo resulta imposible y recibirá la condena de los mismos comunistas. Su militancia política lleva a la pareja a rechazar a la mayor parte de sus amigos porque se retiran del partido o cuestionan algunas de sus doctrinas y errores.

El mejor amigo de Sartre fue Paul Nizan. Renunció al Partido Comunista en 1939 como protesta contra el pacto de no agresión, suscrito por Stalin con Hitler. Nizan murió el año siguiente en Dunkerque. Otro miembro del grupo, Maurice Merleau-Ponty, era, a diferencia de los otros, “el único que se sentía a gusto consigo mismo; un burgués siempre amable que no compartía el horror de Beauvoir y Sartre por la familia”. Con su libro Aventuras de la dialéctica tomó distancia del “ultrabolchevismo” de Sartre, a quien criticaba por incoherencias y falta de sentido práctico de sus escritos políticos”.

Albert Camus, marcado por su miserable niñez en Argel, precisó sus diferencias con el marxismo en su libro El rebelde, publicado en 1951. “La historia no conduce a un solo e inevitable destino y no existe la perfección”. “Mientras tengamos sociedades humanas tendremos rebelión. Cada vez que una revolución elimina los males de la sociedad, se crea un nuevo statu quo, que a su vez desarrolla sus propios excesos”. Un caso especial entre los amigos de Sartre fue Raymond Aron, el demócrata, autor de El opio de los intelectuales, su definición del marxismo.

Las citas son del libro En el café de los existencialistas, de Sarah Bakewell.

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