Tres jóvenes estudiosos de la filosofía se encuentran en el
año 1932 en un café de París durante sus vacaciones. Raymond Aron le cuenta a
la pareja conformada por Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir que en Alemania
el profesor Edmund Husserl enseña una nueva teoría, la fenomenología, que
cambiaría nuestra cultura. Sartre viajó a Berlín a estudiar fenomenología los
dos años siguientes, exactamente los mismos en que otro seguidor de Husserl,
Martín Heidegger, se ponía al servicio del movimiento nazi que acaba de tomar
el poder en Alemania.
Una de las tesis centrales de la fenomenología enseña que mi
consciencia no es nada más que una tendencia, una proyección hacia las cosas,
una función del cerebro, sin ninguna sustancia o esencia. A esa condición se
llama intencionalidad. Solo existen los objetos intencionales, los que
conocemos; el sujeto no es nada más que el encuentro con los objetos.
Si el ser humano no es un proyecto definido, Sartre propone
que somos libres para construir nuestra vida; vivimos para hacernos: la
existencia precede a la esencia. Ese es el núcleo del existencialismo
individualista. Acomodarnos a una identidad, como la que nos propone la
sociedad burguesa, la religión o un partido, es mala fe, es renunciar a la
libertad.
Sartre y Beauvoir se harán marxistas, circunstancia que los
convierte en ídolos de la juventud de su tiempo. El intento por armonizar su
teoría de la libertad individual absoluta con el socialismo resulta imposible y
recibirá la condena de los mismos comunistas. Su militancia política lleva a la
pareja a rechazar a la mayor parte de sus amigos porque se retiran del partido
o cuestionan algunas de sus doctrinas y errores.
El mejor amigo de Sartre fue Paul Nizan. Renunció al Partido
Comunista en 1939 como protesta contra el pacto de no agresión, suscrito por
Stalin con Hitler. Nizan murió el año siguiente en Dunkerque. Otro miembro del
grupo, Maurice Merleau-Ponty, era, a diferencia de los otros, “el único que se
sentía a gusto consigo mismo; un burgués siempre amable que no compartía el
horror de Beauvoir y Sartre por la familia”. Con su libro Aventuras de la
dialéctica tomó distancia del “ultrabolchevismo” de Sartre, a quien criticaba
por incoherencias y falta de sentido práctico de sus escritos políticos”.
Albert Camus, marcado por su miserable niñez en Argel,
precisó sus diferencias con el marxismo en su libro El rebelde, publicado en
1951. “La historia no conduce a un solo e inevitable destino y no existe la
perfección”. “Mientras tengamos sociedades humanas tendremos rebelión. Cada vez
que una revolución elimina los males de la sociedad, se crea un nuevo statu
quo, que a su vez desarrolla sus propios excesos”. Un caso especial entre los
amigos de Sartre fue Raymond Aron, el demócrata, autor de El opio de los
intelectuales, su definición del marxismo.
Las citas son del libro En el café de los existencialistas,
de Sarah Bakewell.
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