En las elecciones presidenciales chilenas de 1999, el
candidato Ricardo Lagos, en representación de los partidos tradicionales,
obtuvo 47 por ciento de los votos en primera vuelta, suficientes para vencer a
su principal rival, Joaquín Lavín. El Partido Comunista apenas logró el 4 por
ciento de los votos, exactamente los que hacían falta a Lagos. Toda la
izquierda votó en segunda vuelta por Lagos y lo eligió porque no soportaban que
un empresario como Lavín, de la “extrema derecha” en la lógica de los
comunistas, llegara al poder.
En las últimas semanas hemos visto la rebelión de los
muchachos en Chile que, con el lema “el neoliberalismo nació en chile y en
Chile morirá”, han destruido todo lo que encuentran a su paso, incluidos el
metro de la capital y varias iglesias como si quisieran cobrarle a Augusto
Pinochet su osadía de poner los pilares de la economía que han impulsado el
desarrollo del país en los últimos treinta años. Quieren tomar venganza porque
Pinochet demostró que la economía de mercado es mejor que el frustrado intento
socialista de Salvador Allende.
Coinciden esos acontecimientos con el espectáculo del nuevo
sínodo del cadáver dramatizado por la izquierda española en el poder. En su
histérico odio que nunca olvida y nunca deja de tomar venganza, el cadáver del
dictador Francisco Franco fue retirado de su sepulcro para humillarlo en un
sitio menos pretencioso. No sería extraño que unos cien años después de la
muerte de Álvaro Uribe los marxistas de entonces busquen la forma de humillar
su memoria, lo exhumen y lo juzguen por el enorme “prontuario” que le tienen en
las redes sociales.
La tradición del sínodo del cadáver se remonta a los últimos
años del siglo IX, en la iglesia de Roma. En ese entonces la disputa por la
silla de Pedro tenía un carácter netamente político entre las familias más
poderosas de la Ciudad Santa. El papa Formoso, que gobernó la iglesia de Cristo
entre los años 891 y 896, fue desenterrado el año siguiente por el sucesor
Esteban VI para someterlo a un juicio con todas las “formalidades legales”.
Condenado por perjurio y violación de la ley canónica, le fueron amputados tres
dedos en descomposición de la mano derecha, despojado de sus hábitos y arrojado
al río Tíber.
Más allá de estas analogías, cualquiera se pregunta ¿cómo
pudo un partido, que apenas logró el 4 por ciento de los votos en 1999 en
Chile, conseguir que los estudiantes –ninguno de los cuales conoció a Pinochet—
hayan iniciado el juicio contra el dictador? ¿Adoctrinamiento?
También es imposible no encontrar similitudes con lo que está
pasando en Colombia. El paro del 21 de noviembre fue básicamente de carácter
estudiantil, motivado por la misma ideología de los muchachos chilenos. La
izquierda colombiana no soporta que su máximo rival, el expresidente Uribe, se
haya salido con la suya y haya impedido que Gustavo Petro llegara al poder.
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