lunes, 27 de agosto de 2018

EL TURCO Y EL NEGRO



Con una coalición de liberales moderados y conservadores, conocida como el Partido Nacional, Rafael Núñez llegó a la presidencia de la República para un mandato que en ese tiempo era de seis años (1886 -1892). Convocó una asamblea para acordar una nueva Constitución Nacional, muy conservadora y favorable a los intereses de la iglesia católica, vigente hasta el año de 1991 con algunas reformas.

Núñez fue reelegido en 1892, pero murió dos años después, y asumió la vicepresidencia Miguel Antonio Caro. Como los liberales radicales no tenían participación en el gobierno, es decir, no habían recibido “mermelada”, se rebelaron, llevaron al país a la “Guerra de los mil días” (1899 -1902) y fueron derrotados. Para evitar este tipo de guerras civiles, en 1910 una modificación de la Carta estableció que el partido derrotado recibiría su tajada del pastel con un tercio de las curules. Sí, la mermelada trajo la paz.

Esa reforma facilitó que el Partido Conservador siguiera en el poder hasta 1930. Cabe señalar que en 1926 apareció un nuevo protagonista en la pelea por el poder, el partido comunista, que entonces se llamó Partido Socialista Revolucionario, PSR. Como tal agrupación había sido creada por un grupo de intelectuales sin arraigo sindical, la Internacional Socialista no lo recibió de buena gana.

El PSR promovió una huelga en la zona bananera del norte del país, como primer paso para tomar el poder en tres departamentos de la costa y luego en Bogotá. La huelga fue reprimida, el ejército enfrentó a huelguistas armados y unos cien de ellos murieron, aunque un mamerto llamado Gabriel García Márquez diría en Cien años de soledad que fueron como tres mil.  Los guerrilleros de las FARC crearían el mito de la masacre de las bananeras como el principio de la Colombia socialista que ellos iban a fundar.

Los comunistas se aliaron con el Partido Liberal hasta el año 1946.  Ese año las elecciones del nuevo presidente prometían ser muy interesantes porque se lanzó el “caudillo de pueblo”, un excelente orador no muy inteligente, llamado Jorge Eliécer Gaitán y apodado “el negro”, en franca confrontación con la oligarquía de los dos partidos tradicionales, a la que calificaba de corrupta con la misma emoción patriótica como lo haría en el año 2018 una señora llamada Claudia López. El otro candidato de los liberales se llamaba Gabriel Turbay, mejor conocido entre el pueblo como “el turco” y que había sido uno de los fundadores del comunista PSR.  Los conservadores se marginaron de la contienda y en una jugada genial lanzaron a última hora a Mariano Ospina Pérez y derrotaron a los liberales divididos.

Un acuerdo de paz con las FARC también sería pagado con mermelada. El negro Gaitán había rencarnado en Gustavo Petro.

Nota. Este artículo se inspiró en la lectura del libro Historia mínima de Colombia, de Jorge Orlando Melo.


viernes, 24 de agosto de 2018

NUESTRA HISTORIA



Si en las elecciones presidenciales de este año, más de ocho millones de colombianos se mostraron partidarios de una eventual dictadura soportada en el Foro de Sao Paulo y amiga de los regímenes de Maduro, Ortega y Lula, entre otros, es completamente comprensible que la mayor parte de nuestros antepasados, con un 48 por ciento indígenas y un 25 por ciento de mestizos, apoyara el restablecimiento de la monarquía española ante la incertidumbre de un nuevo régimen controlado por una minoría de criollos o hijos ricos de españoles, en los tiempos de lo que se llamó, sin justificación, “la patria boba”.

De la misma forma, podemos establecer analogías con la actual situación fiscal del país y la reacción de la población humilde al anuncio de nuevos impuestos con los eventos que desencadenaron la rebelión de los comuneros de Charalá y Socorro por allá en 1781. Para ello, debemos recordar que los asesores del rey de España, Carlos III (1759 – 1788), habían iniciado una serie de reformas tomadas de los pensadores de la Ilustración que en materia tributaria habían producido muy buenos resultados en la economía de la colonia mexicana.

La reforma tributaria, como decimos hoy, creaba varios impuestos y el monopolio de la metrópoli sobre el negocio del aguardiente y el tabaco, lo que obviamente disgustó a quienes hoy llamamos santandereanos, grandes productores de tabaco. Era una rebelión de los ricos contra España. Como sucede hoy, los acuerdos de paz se acompañaron de decisiones bajo la mesa, aunque entre los negociadores no había ningún tahúr aspirante al premio Nobel que no existía. Como los paramilitares de hoy, las autoridades españolas descuartizaron a los líderes de la revuelta.

Si usted quiere más reflexiones sobre nuestra historia, preguntemos por el momento en que se oficializó la “mermelada” y los efectos que produjo. La asamblea constituyente de 1910 buscó mecanismos para detener la eterna guerra entre liberales y conservadores y estableció la representación proporcional de los partidos, que luego se reglamentó y ordenó dar un tercio de las curules al partido minoritario.  La “mermelada” logró carta de ciudadanía y trajo como consecuencia lógica la paz entre los partidos hasta 1948. Cuando la “mermelada” alcanzó rango constitucional, se acabaron las guerras civiles.  Tal vez en eso estaba pensando el expresidente Santos cuando llamó a las FARC para que se quedaran con una buena porción de mermelada (impunidad, curules en el Congreso, la JEP y una reforma rural que les garantiza el control de los campesinos) a cambio de que entregaran sus armas.

En las postrimerías del siglo XIX apareció Rafael Núñez, como una encarnación anterior de Álvaro Uribe, un liberal que se volvió godo y logró un acuerdo entre los liberales moderados y los conservadores para tomarse el poder no solo con un articulito sino con la nueva Constitución Nacional de 1886.

Todo colombiano debe leer la Historia Mínima de Colombia, de Jorge Orlando Melo.

martes, 21 de agosto de 2018

LOS "INTELECTUALES"




Toda mi vida he guardado cierta bronca a los personajes que se autodenominan “intelectuales”, que también se aplican el remoquete de “progresistas” y presumen ser los paladines de la humanidad, los mejores, los especiales, a quienes el resto debemos escuchar y seguir con devoción. Con frecuencia leemos sus comunicados en los medios; pero si examinamos la lista, constatamos que son literatos, artistas, actores, profesores universitarios y estudiosos de las ciencias sociales, entre otros. Casi nunca aparecen auténticos científicos en el grupo.

Son defensores de lo políticamente correcto o de los postulados de la izquierda, como también admiradores de líderes políticos ignorantes como el chofer de bus venezolano, Evo-que-no-lee o el genocida dictador de Nicaragua.  Aunque se llaman “progresistas” todos ellos odian el progreso.  Desprecian la sociedad burguesa y el dinero, pero casi todos disfrutan de enormes ingresos.

Aunque se llaman intelectuales, desprecian los logros de la ciencia y viven convencidos de que su ideología resolverá los problemas de la humanidad a pesar de que en ningún país ha dado resultados positivos importantes y, por el contrario, solo ha generado hambrunas, injusticia y fracasos.  Tienen una inclinación especial a cuanta teoría de la conspiración se les ocurre y son los maestros del resentimiento y de la mala fe. No tienen ninguna moral a la hora de imponer sus convicciones.

Otro calificativo que los identifica es el de “alternativos” como si llevar la contraria a todos los logros humanos fuera su bandera. Son los obsesivos de la contracultura. Prefieren la acupuntura y la fitoterapia a la medicina convencional; les repugna el tratamiento penitenciario que la sociedad da a los criminales y, más bien, proponen un derecho penal alternativo, con penas irrisorias como los aplicadas por Santos a los crímenes de lesa humanidad de las FARC.  Claro que todo eso es de dientes para afuera porque cundo sienten el dolor opresivo precordial corren a pagar la mejor clínica de la ciudad y, cuando se ven involucrados en procesos penales, exageran el debido proceso que no reconocen a sus adversarios.  

Todos ellos han sabido aprovechar las oportunidades que ofrece nuestra maltrecha democracia y han convertido su actividad en un lucrativo negocio. Revistas, periódicos, canales de televisión, noticieros, fundaciones humanitarias, organizaciones no gubernamentales han sido una excelente oportunidad para enriquecer a estos negociantes de la fatalidad y el resentimiento. En un país con tantas falencias e injusticias, con la tradición religiosa que todo lo espera de la Divina Providencia o de los subsidios del Estado, hacer contracultura vende.

Como es muy fácil identificar los especímenes locales del resentimiento, señalaré los pensadores extranjeros que han inspirado a nuestros intelectuales de la revolución: Carlos Marx, Mao Zedong, Marcuse, Foucault, Nietzsche, Sartre, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Piketty, Stiglitz y todos los profetas de los desastres ecológicos, entre otros.  Algunos de ellos son conocidos como los maestros de la sospecha, calificativo perfectamente aplicable a nuestro “intelectuales” colombianos.

miércoles, 15 de agosto de 2018

RAZONES PARA NO VOTAR LA CONSULTA




Resumo los motivos para no votar la Consulta Anticorrupción según prestantes personajes de la vida nacional.

1.     Es electorera. Como en las pasadas elecciones para presidente, la Alianza Verde intenta ganar el voto del resentimiento en la campaña de Claudia López a la alcaldía de Bogotá y apela a la rabia de personas mal informadas sobre el problema.

2.     La Consulta obedece al “fetichismo” de la norma. Así como un fetiche es un objeto al que se le atribuyen poderes espirituales, la Consulta propone resolver la corrupción con normas que ya existen y han fracasado aquí y en muchos otros países.

3.     Hay propuestas mejores. Tal es el caso de la propuesta de la Fiscalía y el proyecto del Gobierno que ya se presentó en el Congreso y que toma lo rescatable de la Consulta con criterios más técnicos, sensatos y académicos.

4.     Contiene al menos dos “micos”. Se llaman “micos” aquellas cláusulas incluidas en una norma sin ninguna relación con el objeto del proyecto. Este es el caso de las preguntas que buscan disminuir los salarios altos del Estado y la que restringe a tres los períodos de un congresista.

5.     Crea falsas expectativas. Y eso convierte la Consulta en un fraude. Quien ignora los verdaderos determinantes de la corrupción, discutidos por la academia, cree que los Verdes tienen la solución que faltaba y votarán por ellos en próximas elecciones.

6.     No es seria. “En su irreflexiva obsesión por imponer su sueño, Claudia López y su compañera desoyeron los reparos de varios expertos”, escribió Germán Manga en revista Semana.

7.     Es costosa. La Consulta vale más de $310.000 millones que se perderán por la testarudez y megalomanía de sus impulsoras.

8.     Las preguntas 3 y 4 están mal redactadas, son ambiguas y se prestan para variadas interpretaciones que ponen en peligro nuestra economía y nuestras instituciones.

9.     No superará el umbral. Si usted vota la Consulta facilitará que ese “engañabobos” –como la llamó Mauricio Vargas— alcance el umbral de más de doce millones de votos establecido en nuestro ordenamiento jurídico. El uribismo le quitó el apoyo a la consulta.

10. Una verdadera campaña anticorrupción debe partir de la base de que el problema es estructural y de que los principales determinantes no dependen de plebiscitos o leyes engañosas.  “Estructural” significa que todos los colombianos estamos involucrados.

La corrupción política se da, ente otros motivos, porque el Estado es el principal empleador en estos países subdesarrollados, razón por la cual muchos ciudadanos pobres no tienen otra oportunidad de conseguir el sustento si no se entregan como clientela a los líderes políticos de su barrio.  Por tanto, la mejor y efectiva forma de enfrentar la corrupción es disminuir el tamaño del Estado y estimular la empresa privada. Pero los mamertos Verdes o del Polo, en el poder, hacen lo contrario.

domingo, 12 de agosto de 2018

Iván Tabares Marín: LA EDUCACIÓN SEXUAL ES IMPOSIBLE

El narcisismo de las minoríasIván Tabares Marín: LA EDUCACIÓN SEXUAL ES IMPOSIBLE: Se conoce como el “narcisismo de las minorías” esa tendencia derrochada por estos grupos a creerse mejores que el resto de los ciudadanos...

sábado, 11 de agosto de 2018

UN GODO VERGONZANTE



En una conversación informal con tres chicas jóvenes quedé sorprendido porque dos de ellas desconocían que la expresión “godo” era usada de manera despectiva por los liberales para referirse a los miembros del Partido Conservador, y que estos llamaban a aquellos “cachiporros”.  Por otro lado, se llamaban “ricos vergonzantes” a quienes perdían su fortuna o quebraban, pero se sentían humillados si recurrían a la caridad pública.

En este contexto, “godo vergonzante” es aquel que se siente deshonrado si es catalogado como tal y asume una posición liberal o marxista. Desde mediados del siglo pasado, cuando la izquierda tomó posesión de las universidades públicas y ser comunista era lo caché, lo in o lo culto, cualquier pendejo que leía el librito rojo de Mao o el Qué hacer de Lenin se apuntaba en la nueva onda.  Hasta los liberales sintieron vergüenza de llamarse así, a secas, y se agregaron el remoquete “de izquierda”.

El profesor Mauricio García Villegas se revela en su libro El orden de la libertad como un caso típico de godo vergonzante. Creció en una familia católica, antioqueña, tradicionalista, pero con motivo de la muerte trágica de su padre escribe el libro para demostrarse a sí mismo que es de izquierda, aunque su texto es redactado en “modo mamerto” con el mismo esquema mental o las categorías de cualquier conservador. Tal vez, nadie es tan reaccionario y conservador como un comunista. Su ideología es una versión laica o inmanente del cristianismo.

El libro empieza muy bien rindiendo un homenaje al padre muerto, al portador y símbolo de la ley, para tratar de buscar, como abogado que es García Villegas, los motivos que llevan a los colombianos a desconocer las normas sociales y jurídicas.  Además, hace una interesante recopilación de datos históricos sobre nuestros orígenes españoles e indígenas para escudriñar por allí la genealogía de nuestro incumplimiento.

Sin duda, lo más significativo del libro es la clave que nos da no solo para analizar el texto mismo, sino también la mayor parte de la ideología de izquierda, tan frecuente en nuestros columnistas de todo el país como en las tribunas políticas. Me refiero al “sesgo de confirmación”, definido como “la tendencia que tenemos a defender la información que apoya nuestras creencias”. Todo el libro utiliza ese sesgo.

Sus fuentes son filósofos, poetas, literatos y las enseñanzas de papá o los abuelos; pero no hay referencias al foro de Sao Paulo o a Antonio Gramsci. Es el juego de las palabras, la acomodación simplista y apresurada de las causas; es la teoría basada en las anécdotas, donde gozan de igual jerarquía una frase de Platón y lo que me dijo una amiga francesa. Es un libro para ratificar la ideología del autor, a veces conservadora y otras, contestataria. Es la voz de un godo vergonzante que piensa como el exprocurador Ordoñez y se cree el Che Guevara.