Para la
tradición católica, en la misa se reúnen los fieles para participar en un
banquete en el que se consumen el cuerpo y la sangre de Cristo, realmente
presentes en la hostia. No se trata de
un mero simbolismo como lo consideran otros cristianos o cualquier otro ser
humano ajeno a la teología; se trataría, pues, de cierto “canibalismo”
socialmente aceptado.
Otra
expresión cultural nuestra y prácticamente universal es la prisión que si le
creemos a Michel Foucault se empezó a utilizar como castigo penal en las
postrimerías del siglo XVIII, hace apenas un poco más de dos siglos, en un
claro intento de imitar el retiro monacal para facilitar el encuentro con Dios
como también la reivindicación, la resocialización y la “salvación” del reo. Es
inexplicable que nuestra sociedad siga usando ese castigo a pesar de su
barbarie, sus torturas y la conclusión científicamente demostrada de que no
produce los efectos buscados, incrementa el delito y es abiertamente discriminatorio
e injusto.
Un tercer
ejemplo de tradiciones consideradas respetables y legítimas por todos los
ciudadanos y nuestro orden legal es el de los procedimientos sancionatorios de
las comunidades indígenas para los infractores de sus leyes. Mientras se recogen firmas en Colombia para
intentar establecer la cadena perpetua para los violadores, el código penal
indígena considera que unos pocos azotes son suficiente castigo. ¿Quiénes son los bárbaros?
Podemos
enumerar muchas otras variables culturales, como la que desencadenó la polémica
nacional en torno a las cartillas de educación sexual elaboradas por Colombia
Diversa y respaldadas por las Naciones Unidas.
Si el género es definido por la cultura, ¿por qué no dejar que cada niño
escoja libremente, sin la injerencia dañina de la sociedad machista, su forma
de vestir, sus juegos y sus compañeros sexuales? Ese parece haber sido el centro de la
discusión que los defensores del viejo esquema familiar convencional
consideraron inaceptable. ¿Quiénes son
los bárbaros?
Imaginemos
que los ateos se toman las calles de nuestras ciudades para exigir la abolición
de la misa católica por sus crueles raíces caníbales o para demandar la
prohibición de todas las religiones, consideradas por ellos “un insulto para la
inteligencia humana”. ¿Qué pasará el día
en que muchos ciudadanos exijan el cierre de todos los criaderos y mataderos de
animales o, con sobradas razones, se tomen las cárceles infames? El abuso de las mayorías, ya sean cristianas
o animalistas, no puede distorsionar nuestra democracia. Es absurdo que gracias al movimiento animalista
nuestros jueces estén dedicados a enviar a la cárcel a los maltratadores de
animales o a los zoófilos, cuando más del 90 por ciento de los homicidios
permanecen en la impunidad. Empleemos la
rabia, la agresividad y el fundamentalismo de los antitaurinos para salvar los
niños de la Guajira o los niños reclutados, adoctrinados y violentados por los
guerrilleros. ¿Quiénes son los bárbaros?
¿Quiénes son
los bárbaros?
Iván Tabares
Marín
Para la
tradición católica, en la misa se reúnen los fieles para participar en un
banquete en el que se consumen el cuerpo y la sangre de Cristo, realmente
presentes en la hostia. No se trata de
un mero simbolismo como lo consideran otros cristianos o cualquier otro ser
humano ajeno a la teología; se trataría, pues, de cierto “canibalismo”
socialmente aceptado.
Otra
expresión cultural nuestra y prácticamente universal es la prisión que si le
creemos a Michel Foucault se empezó a utilizar como castigo penal en las
postrimerías del siglo XVIII, hace apenas un poco más de dos siglos, en un
claro intento de imitar el retiro monacal para facilitar el encuentro con Dios
como también la reivindicación, la resocialización y la “salvación” del reo. Es
inexplicable que nuestra sociedad siga usando ese castigo a pesar de su
barbarie, sus torturas y la conclusión científicamente demostrada de que no
produce los efectos buscados, incrementa el delito y es abiertamente discriminatorio
e injusto.
Un tercer
ejemplo de tradiciones consideradas respetables y legítimas por todos los
ciudadanos y nuestro orden legal es el de los procedimientos sancionatorios de
las comunidades indígenas para los infractores de sus leyes. Mientras se recogen firmas en Colombia para
intentar establecer la cadena perpetua para los violadores, el código penal
indígena considera que unos pocos azotes son suficiente castigo. ¿Quiénes son los bárbaros?
Podemos
enumerar muchas otras variables culturales, como la que desencadenó la polémica
nacional en torno a las cartillas de educación sexual elaboradas por Colombia
Diversa y respaldadas por las Naciones Unidas.
Si el género es definido por la cultura, ¿por qué no dejar que cada niño
escoja libremente, sin la injerencia dañina de la sociedad machista, su forma
de vestir, sus juegos y sus compañeros sexuales? Ese parece haber sido el centro de la
discusión que los defensores del viejo esquema familiar convencional
consideraron inaceptable. ¿Quiénes son
los bárbaros?
Imaginemos
que los ateos se toman las calles de nuestras ciudades para exigir la abolición
de la misa católica por sus crueles raíces caníbales o para demandar la
prohibición de todas las religiones, consideradas por ellos “un insulto para la
inteligencia humana”. ¿Qué pasará el día
en que muchos ciudadanos exijan el cierre de todos los criaderos y mataderos de
animales o, con sobradas razones, se tomen las cárceles infames? El abuso de las mayorías, ya sean cristianas
o animalistas, no puede distorsionar nuestra democracia. Es absurdo que gracias al movimiento animalista
nuestros jueces estén dedicados a enviar a la cárcel a los maltratadores de
animales o a los zoófilos, cuando más del 90 por ciento de los homicidios
permanecen en la impunidad. Empleemos la
rabia, la agresividad y el fundamentalismo de los antitaurinos para salvar los
niños de la Guajira o los niños reclutados, adoctrinados y violentados por los
guerrilleros. ¿Quiénes son los bárbaros?