Matthew
Kneale es un historiador de la universidad de Oxford, autor de un libro
publicado por Santillana en el 2013, titulado Historia de las creencias contada
por un ateo. El texto muestra de una
manera sencilla la manera como el cristianismo se formó a través de un proceso
de adaptación muy peculiar. Cuando su
líder fue crucificado, sus seguidores no aceptaron el fracaso de su movimiento
y 20 años después Pablo se inventó la resurrección en la primera carta a los
corintios; como los judíos no aceptaron el mensaje de Jesús como hijo de Dios y
redentor, Pablo se fue a convencer a los gentiles quienes no le vieron problema
al cuento; tan pronto como se percataron de que el retorno del crucificado se
estaba demorando, entonces acomodaron los textos y lo pospusieron para “el fin
de los tiempos”.
Ese proceso
del lenguaje ambiguo continúo durante toda la historia del cristianismo, sobre
todo en los primeros cuatro siglos hasta cuando en el emperador romano de
oriente, el español Teodosio el Grande, se puso furibundo y decretó que la
única religión aceptada en sus territorios era el cristianismo y amenazó con
persecuciones y discriminaciones a los que no lo aceptaran.
En los
últimos años, a medida que aumentaba el escepticismo, que muchos católicos
pobres decidieron abandonar su iglesia romana para seguir las evangélicas o
protestantes y que, además, los ateos se tornaban agresivos, el discurso del
clero empezó a aceptar algunas de las doctrinas de sus hermanos separados. Fue
así como admitieron que los evangelios no son historia; que la virginidad de
María no es dogma y que la resurrección de Cristo no era lo que todos
pensábamos.
El domingo de
ramos, el padre Pacho escribió en El Diario: “La resurrección no es la
reanimación de un cadáver”; en los mismos términos se expresó el padre Francisco
De Roux en entrevista con Yamid Amat. El
padre Alfonso Llano Escobar nos había adelantado en el año 2008, en su libro Confesiones
de fe crítica, que los teólogos no hablaban ahora de resurrección, sino de
exaltación, en una doctrina más confusa todavía y muy próxima a viejas herejías
como el adopcionismo o el arrianismo.
No se volvió
a decir que Jesús había resucitado en otro cuerpo, el astral, que atravesaba
paredes y podía aparecer o desaparecer a discreción. Fue esta la versión que
más gustó a los esotéricos y brujos de las sectas de garaje, quienes vieron en
la mecánica cuántica la mejor explicación de la resurrección. Cuando Jesús
regresó, venía de otra dimensión; sí, la ciencia moderna confirmaba el milagro,
¡aleluya!
Claro está
que las mayorías cristianas no se percatan de estas sutilezas o no les interesan
porque para ellas no importa lo que digan los teólogos: su fe es ciega, y la teología es un juego de
metáforas.
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