En aquel
tiempo, Poncio Pilatos convocó al pueblo de Jerusalén para que decidiera
mediante un plebiscito la liberación de un reo como motivo de la pascua. Uno de
los detenidos era un guerrillero, narcotraficante y terrorista conocido con el
alias de Barrabás; el otro, un desconocido con cara de menso, medio jipi, sin
oficio conocido y habilidoso en asuntos de magia que se le pasaba charlando con
los campesinos de Galilea. Aunque el
representante del imperio estaba seguro de que el pueblo votaría en favor del
menso, por un pequeño margen el pueblo decidió que querían liberar al tenebroso
Barrabás. Como en esos tiempos los
plebiscitos se respetaban y los romanos no ponían conejo, Pilatos cumplió su
palabra y dictó sentencia de muerte contra el jipi.
Alias
Barrabás quedó libre después de confesar todos sus delitos ante un tribunal
especial para la pascua o JEP y se volvió al monte a reunir su cuadrilla de malhechores. Pocos años después los guerrilleros
decidieron enfrentarse al poder romano y lograron derrotar a las legiones
acantonados en Palestina. Para ese entonces el emperador era un muchacho
perteneciente a la comunidad LGBTI, según los chismosos, llamado Nerón, quien
dijo que con esos terroristas no negociaba, y envió todas las legiones disponibles
en la zona. El templo de Jerusalén y parte de la ciudad fueron destruidos por
los romanos, para que se cumpliera la escritura que decía que por pendejos los
judíos serían castigados por Yahvé.
Ya hacía como
40 años que el crucificado había muerto.
Los pocos cristianos que había entonces por aquellas tierras sintieron
un gustico por la derrota de los judíos y recordaron el plebiscito en favor de
Barrabás. Pero no se quedaron ahí. Siguiendo las cartas que un tal Pablo había
escrito en medio de sus ataques epilépticos, empezaron a escribir cuatro
versiones, todas distintas, sobre los milagros del crucificado y agregaron que “el
man estaba vivo”, es decir, que había resucitado, cuento que les causó mucha
gracia a los judíos.
La pelea
entre judíos y cristianos ya lleva veinte siglos. Como los cristianos responsabilizaron
de la muerte de su Dios a los judíos, estos tuvieron que soportar veinte siglos
de masacres y persecuciones hasta cuando en el siglo XX otro loco peor que
Nerón, llamado Adolfo, asesinó a más de seis millones de ellos.
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