Cuando suceden
casos tan espantosos como el de Yuliana parece que todos perdemos el juicio y
empezamos a expresar en las redes sociales todo tipo de insensateces, en
particular los políticos oportunistas con sus propuestas de incrementar las
penas o recurrir a castigos medievales para resolver esta desesperante
violencia contra los niños, medidas que no han servido mucho.
Como siempre
pasa, el abogado defensor dirá que el imputado actuó bajo los efectos de alguna
droga o que es un enfermo mental y por lo tanto no puede ser condenado a pena
de prisión. El problema es más serio de
lo que parece porque sin duda muchos de estos delincuentes son realmente
antisociales o sicópatas.
En nuestro
ordenamiento jurídico se ha establecido que algunas patologías mentales graves
como la esquizofrenia y la enfermedad bipolar son causales de inimputabilidad;
pero la personalidad antisocial no lo es a pesar de que recientes estudios
mostraron que la reclusión en un centro carcelario no afecta para nada el
comportamiento de quienes la tienen.
Además, se han encontrado en ellos alteraciones cerebrales por medio de
tomografías funcionales que exigen en nuevo tratamiento penal.
Mientras pasa
la semana necesaria para que todo el país se olvide de Yuliana, aprovechemos
para analizar un poco la responsabilidad de la familia del agresor en estos
casos cuando realmente se trata de un sicópata. En una de mis notas de prensa había señalado
las características que el siquiatra debe tener en cuenta para hacer este
diagnóstico. Una de ellas es la
habilidad de estos pacientes para engañar o seducir a sus víctimas y a sus
familiares. Padres y hermanos dirán que
el pobre es un poco loco pero que es una excelente persona y agregarán que es
una víctima de personas envidiosas o mal intencionadas. O como en el caso de Yuliana, alterarán la
escena del crimen para enredar la investigación, aunque desconocemos la
patología del sospechoso.
El sicópata
no respeta normas ni personas; actúa con una frialdad inimaginable; es un
excelente actor en el engaño; hace sufrir a familiares y amigos sin el menor
remordimiento. Cualquiera de nosotros
puede estar conviviendo, sin saberlo, con un o una sicópata que en unos días
cometerá un asesinato o maltratará a un niño. Papá, mamá o un hijo puede ser un enfermo
mental grave y no lo sabemos.
Como puede
deducirse de lo anotado, el problema es muy difícil para una sociedad como la
nuestra, tolerante con todo tipo de criminales a los que en muchos casos -narcos
y guerrilleros, por ejemplo- hemos convertido en héroes. El Congreso de la República acaba de aprobar,
contra la voluntad del pueblo, un convenio con las guerrillas para perdonar los
delitos atroces cometidos por sus miembros, muchos de los cuales son verdaderos
Como aquí no
juega la “mermelada”, muy probablemente nuestros congresistas no harán nada
para mejorar el Código de Procedimiento Penal en la judicialización de estos
casos tan tristes, saquemos una conclusión práctica: consultemos al siquiatra
ante cualquier duda personal o familiar.
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