sábado, 10 de diciembre de 2016

SICÓPATA.



Cuando suceden casos tan espantosos como el de Yuliana parece que todos perdemos el juicio y empezamos a expresar en las redes sociales todo tipo de insensateces, en particular los políticos oportunistas con sus propuestas de incrementar las penas o recurrir a castigos medievales para resolver esta desesperante violencia contra los niños, medidas que no han servido mucho.

Como siempre pasa, el abogado defensor dirá que el imputado actuó bajo los efectos de alguna droga o que es un enfermo mental y por lo tanto no puede ser condenado a pena de prisión.  El problema es más serio de lo que parece porque sin duda muchos de estos delincuentes son realmente antisociales o sicópatas.

En nuestro ordenamiento jurídico se ha establecido que algunas patologías mentales graves como la esquizofrenia y la enfermedad bipolar son causales de inimputabilidad; pero la personalidad antisocial no lo es a pesar de que recientes estudios mostraron que la reclusión en un centro carcelario no afecta para nada el comportamiento de quienes la tienen.  Además, se han encontrado en ellos alteraciones cerebrales por medio de tomografías funcionales que exigen en nuevo tratamiento penal.

Mientras pasa la semana necesaria para que todo el país se olvide de Yuliana, aprovechemos para analizar un poco la responsabilidad de la familia del agresor en estos casos cuando realmente se trata de un sicópata.  En una de mis notas de prensa había señalado las características que el siquiatra debe tener en cuenta para hacer este diagnóstico.  Una de ellas es la habilidad de estos pacientes para engañar o seducir a sus víctimas y a sus familiares.  Padres y hermanos dirán que el pobre es un poco loco pero que es una excelente persona y agregarán que es una víctima de personas envidiosas o mal intencionadas.  O como en el caso de Yuliana, alterarán la escena del crimen para enredar la investigación, aunque desconocemos la patología del sospechoso.

El sicópata no respeta normas ni personas; actúa con una frialdad inimaginable; es un excelente actor en el engaño; hace sufrir a familiares y amigos sin el menor remordimiento.   Cualquiera de nosotros puede estar conviviendo, sin saberlo, con un o una sicópata que en unos días cometerá un asesinato o maltratará a un niño.  Papá, mamá o un hijo puede ser un enfermo mental grave y no lo sabemos.

Como puede deducirse de lo anotado, el problema es muy difícil para una sociedad como la nuestra, tolerante con todo tipo de criminales a los que en muchos casos -narcos y guerrilleros, por ejemplo- hemos convertido en héroes.  El Congreso de la República acaba de aprobar, contra la voluntad del pueblo, un convenio con las guerrillas para perdonar los delitos atroces cometidos por sus miembros, muchos de los cuales son verdaderos

Como aquí no juega la “mermelada”, muy probablemente nuestros congresistas no harán nada para mejorar el Código de Procedimiento Penal en la judicialización de estos casos tan tristes, saquemos una conclusión práctica: consultemos al siquiatra ante cualquier duda personal o familiar.

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