Al Presidente
Santos, como a todos los políticos, le gusta recurrir en sus discursos a la
expresión “nuestros soldados no murieron en vano” en su lucha contra las FARC,
con el propósito de darle sentido a una guerra que no lo tiene. El fundamento de tal afirmación es la
mitología de nuestra aparente democracia que habla de libertad, derechos y
gobiernos honestos interesados en la justicia social. A su vez, los crímenes cometidos durante
medio siglo por los guerrilleros también se legitiman para ellos en una
ideología etérea que se sostiene a pesar de sus reiterados fracasos.
Siempre un
relato fantástico, un cuento, mantiene vivas las ilusiones para darle gusto y
tranquilidad a alguien que no existe, a mi yo individual. Mientras más sacrificios me exija una
mitología, más me apego a ella por razones obvias. Ese es el truco de todas las
religiones, de las ideologías políticas, del matrimonio y hasta de las empresas
que alguna vez intentamos. Después de
que usted ha aceptado unas creencias e invierte dinero, tiempo y vida para
reafirmarlas por muchos años, es muy difícil que acepte su equivocación. Es el síndrome de “los muchachos no mueren en
vano”
Sí, hasta en
el matrimonio y los negocios usamos el mismo artificio para mantener una
relación que ya no funciona o una empresa que solo da pérdidas. Y nos inventamos mil disculpas o
racionalizaciones para seguir ahí. La
institución matrimonial y la economía sobreviven gracias a un cuento imaginario
como la patria que exige el sacrificio de nuestros hijos o los dioses que nos
engañan con sus promesas ultraterrenas.
Tiene usted
que transitar por un camino largo y difícil para darse cuenta de que las
promesas de todas las ideologías son tan ilusorias como cuentos infantiles. Tan
difícil es convencer a un cristiano de que Cristo no resucitó como a alias “Iván
Márquez” de que el marxismo con que adoctrinaron a sus muchachos es un fraude
más sin futuro. Si algo nos trae el
posmodernismo es el fin de todas esas quimeras, incluidas las que sustentan la
democracia y el humanismo liberal.
Conceptos imaginarios como “alma”, “nación”, “libertad”, “yo”, “derechos
humanos” e “igualdad” no serán suficientes para evadirnos de la realidad y dar
un supuesto sentido a la vida.
En unas pocas
décadas tendremos una sociedad completamente distinta a la nuestra: la
inteligencia artificial, el robot, un nuevo sistema económico y la desaparición
de casi todas las profesiones y oficios; la consolidación del ateísmo y la
ratificación que los hombres no somos tan especiales como creíamos, y en fin, el
algoritmo como el nuevo paradigma de la cultura, el incremento exagerado de las
desigualdades sociales, la incertidumbre sobre el futuro del planeta, la
generación de una multitud de seres humanos inútiles y sin posibilidad de
encontrar un trabajo que los aleje del suicidio…
Nota: este
artículo se inspiró en el texto Homo Deus, Breve historia del mañana, de Yuval
Noah Harari, editorial Debate, octubre de 2016.
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