sábado, 29 de octubre de 2016

EL ESPEJO



Hacia los nueve meses el crío de la especie humana se para frente a un espejo y lanza una expresión de satisfacción o alegría porque por primera vez se da cuenta o comprende que ese que aparece en el espejo es él mismo, por lo que exclama, mientras su dedito apunta a la imagen: “¡nene!”.   Mira luego a su mamá para tener la confirmación.  “Sí  -dice la madre comprensiva- ese es el nene; eres tú, mi niño”. 

Momento supremo de la condición humana es ese cuando tenemos conciencia de nosotros mismos, cuando sabemos que existimos, cuando somos reconocidos como sujetos o personas a través de la mirada de la madre.  Nada es más satisfactorio porque de esta forma somos constituidos como personas autónomas.  La misma escena se repetirá cuando nos miremos en el espejo que nos ofrecen los amigos, las personas que amamos, cuando pensamos que somos mirados o interpelados por el mismo Dios o cuando suponemos que el movimiento de la cola de mi mascota es expresión de que nos reconoce. 

Amamos a quien aparece como especial o distinto a todos.  El “yo te amo” se convierte en una interpelación que puede significar muchas cosas pero que en último término cumple la misma función del espejo primigenio.  El otro o la otra se alegrará, podrá sentir nuevamente una mirada que es la promesa de estar vivo, de ser humano, de ser reconocido como único y valioso.  Saltará de alegría como el bebé frente al espejo, se sentirá feliz, pleno, y comenzará a delirar como un loco porque se ha encontrado consigo mismo por medio de la mirada de otro.  Entonces podrá responder a la propuesta recibida: “yo también te amo”.

Ese que nos interpela puede ser real o imaginario.  La tía que se quedó sola guarda un recuerdo, una foto quizás, de ese muchacho que alguna vez le habló o la miró de tal forma que ella adivinó un poco de amor, ilusión permanente que todavía hoy llena su vida de sentido.   Son, además, muchas las personas que soportan con gran resignación esta vida porque se convencieron de que los ojos de Dios se posan sobre cada una de sus actividades para evaluarlas en el examen final.

Pasamos de la ilusión del yo transmitida por el espejo a la locura del amor, a la fe en Dios y a la alegría desencadenada por la cola del perro.   Todo es imaginación.  Todo es poesía.

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