Cuando usted toma un taxi y el conductor le dice
“Jesús te ama”, quizás pueda molestarle la soberbia o el sentimiento de
superioridad contenido en esa frase.
“¿Qué se habrá creído este señor –podrá pensar usted- para creer que
Dios ha puesto sus ojos en él y lo ha
convertido en portador del mensaje de salvación?” Esa sensación suya se
parece mucho a la que tuvieron los romanos en el año 63 antes de Cristo cuando
Pompeyo el Grande tomó Jerusalén y escuchó el discurso de los sacerdotes
judíos.
¿Qué hace que un personaje anónimo, pobre, inculto o
insignificante en las convenciones de nuestra sociedad empiece de un momento a
otro a presumir de inspirado, todopoderoso, genial, hijo de Dios y trate a los
demás como descarriados, miserables o ciegos que todavía no han visto la
luz? Tal vez ese conductor de taxi esté loco,
podría pensar usted, como los judíos hace dos mil años consideraban a los seguidores
de un crucificado.
El buen hombre del taxi, que más parece un esclavo por
las condiciones de su trabajo, quizá no habla sino que es hablado por otro; es
como un muñeco de ventrílocuo que repite el archivo gravado por alguien en su
cerebro. No es él quien habla; es el
pastor o la comunidad cristiana de su barrio quien se expresa por medio de sus
labios. Ese mensaje o paradigma que
flota en su iglesia ha tomado posesión, como un espíritu maligno, del
imaginario del conductor.
Por primera vez en la vida él piensa con gran emoción
que es “alguien”, un sujeto, una persona.
Es ajeno a sí mismo; está alienado en una doctrina, en una palabra, en
un significante, en un rol. Se montó en
un drama y está convencido de que la puesta en escena es real y que su libreto
es toda la verdad que necesitaba.
Delira. Está paranoico.
Mas su condición no es excepcional. Todos venimos a este valle de lágrimas a
representar un personaje de telenovela barata, a protagonizar un papel escrito
por otros. Este fenómeno es lo que los
psicoanalistas llaman la “primacía del significante” o del libreto. Ese significante, palabra o libreto dado nos
permite ser personas o sujetos; sin un
mediocre rol no somos nada. Por eso nos
emocionamos y salimos como locos a repetir el dictado.
Pues bien, la noticia es esta: ya no somos sujeto, yo,
alma o persona. Ahora soy solo cuerpo.