martes, 10 de septiembre de 2024

La hija transgénero de Elon Musk

 

“Tras la muerte de su primera hija Nevada, Justine y Elon Musk decidieron enseguida tener otro hijo. Fueron a una clínica de fertilidad para hacer un tratamiento in vitro y en 2004 Justine dio a luz a gemelos, Griffin y Xavier”. La cita es tomada de la biografía de Elon Musk escrita por Walter Isaacson. 

Xavier tiene 20 años, pero su nombre es hoy Vivian Jenna Wilson porque fue sometida a un tratamiento de conversión de género con bloqueadores de pubertad y adoptó el apellido de su madre. Ese hecho llevó a su padre a declarar en una entrevista con el psicólogo Jordan Peterson: “Mi hijo está muerto, asesinado por el virus Woke”. 

No es un virus, es el movimiento político o la ideología Woke. Woke” es el pasado del verbo inglés to wake que significa “despertar”. Para tener una referencia colombiana recordemos a Lucas Villa, el estudiante de 38 años de la UTP y miembro de la primera línea, asesinado en el Viaducto César Gaviria el 5 de mayo de 2021 cuando gritaba “despierta”. 

“Los desacuerdos con Jenna –cuenta Musk— se intensificaron cuando ella se fue más allá del socialismo y se convirtió en una comunista total que piensa que cualquier persona rica es mala’. Culpa en parte de lo que llama adoctrinamiento progresista y woke que imperaba en colegio privado de Los Ángeles al que ella asistió (...) El distanciamiento con Jenna, dice Musk, le produjo más dolor que ninguna otra cosa en su vida desde la muerte de Nevada. 

Los reclamos de Jenna son impactantes: “Mi padre no sabe cómo era yo cuando era niña porque simplemente no estaba allí, y en el poco tiempo que estuvo fui acosada implacablemente por mi feminidad y mi homosexualidad”. Sin duda, las relaciones entre padre e hija se vieron afectadas por el Asperger de Elon y los rasgos autistas de Jenna (Xavier). 

Muchos niños y adolescentes autistas, esquizofrénicos o con otros trastornos mentales son erróneamente definidos como transgéneros cuando dicen vivir en un cuerpo equivocado. Las redes sociales también han aumentado mucho el número de niños que se creen transgéneros desde la década pasada, pero pocos lo son.  

Y si agregamos el adoctrinamiento woke o del enfoque de género de la izquierda en universidades y colegios gringos y europeos, el problema se complica porque muchos de estos niños y adolescentes con terapia de conversión terminan arrepentidos del cambio, presentan trastornos mentales graves o se suicidan (véase el libro de Elisabeth Roudinesco, El yo soberano). 

“Las operaciones fueron un desastre –dice Roudinesco-, precisamente porque la realidad biológica nunca podía erradicarse para dar paso a una mera construcción psíquica o social”.  A las niñas o adolescentes supuesta o realmente transgéneros se les amputa el pene y los testículos, se les construye una vagina y no volverán a sentir ningún placer sexual (orgasmo).  Supone Roudinesco que su goce sería similar al de las místicas en éxtasis.  

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