martes, 6 de agosto de 2024

Terapias de conversión

 

Es sorprendente que un asunto de tanta trascendencia como el proyecto de ley que prohibía las terapias de conversión haya pasado desapercibido y que solo nos enteramos de su debate cuando algunos fanáticos religiosos celebraban su hundimiento en las redes sociales.

Las terapias de conversión se fundamentan en un mito, según el cual, la identidad de género de una persona puede y debe cambiarse por las únicas identidades de género aceptadas en una tradición religiosa o cultural. Distinta es la terapia aplicada a un transgénero después de que la solicita cuando adquiere consciencia de que su sexo, genitales o identidad de género asignada no coinciden con su identidad psicológica.

Por ejemplo, algunos niños con genitales femeninos son criados como niñas, pero después de los cuatro años o en la adolescencia comentan a sus padres que viven con un cuerpo equivocado o que no han menstruado como sus compañeras de curso en el colegio. Estudios médicos, muestran que, en algunos casos, tienen un trastorno enzimático que impidió la acción de la testosterona sobre sus genitales en el período embrionario para masculinizarlos.

Muchos fanáticos religiosos creen que ser homosexual es un pecado contra la naturaleza y, por eso, en diversos países se han creado escuelas o cursillos para la terapia de conversión y, mediante ejercicios, conferencias y un lavado de cerebro, se intenta transformar en heterosexual a quien no lo es, con terribles consecuencias, incluido el suicidio de los jóvenes.

A propósito del proyecto de ley, me preguntaba sobre la discusión teniendo en cuenta que 44 parlamentarios del Pacto Histórico nunca recibieron formación universitaria y que no se sabe si terminaron bachillerato, mientras que muchos congresistas de la oposición fundamentaban su defensa de las terapias de conversión en la Biblia. Era un debate de sordos o mal informados. Los mamertos votan como manda su jefe Gustavo Petro; los cristianos, por su fe. Nunca habíamos visto un Congreso más mediocre.

Pero no podemos quejarnos porque todos somos ignorantes cuando de identidad de género se habla, desde el más humilde de los colombianos hasta los magistrados de la Corte Constitucional y los presidentes de la República, incluido Juan Manuel Santos, quien firmó el Acuerdo de paz sin leerlo o sin saber qué era esa vaina del enfoque de género como él mismo lo reconoció: “Esa ideología de género no existe”.

La homosexualidad no es un pecado y, mucho menos, una enfermedad mental o disforia de género. Este último fue el diagnóstico que le dieron los psiquiatras a Paul Beatriz Preciado por su condición de transgénero y, por eso, su último libro se titula Dysphoria Mundi (Disforia del mundo), para significar que la disforia no es de él, sino del mundo que ha discriminado y maltratado injustamente a los miembros de la comunidad LGBTIQ+.

Los mamertos no supieron sustentar el proyecto que prohibía las terapias de conversión. O se les acabó el dinero que robaron, por orden de Gustavo Petro, de los sobrecostos de los carrotanques de la Guajira.

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