Es sorprendente que un asunto de tanta trascendencia
como el proyecto de ley que prohibía las terapias de conversión haya pasado
desapercibido y que solo nos enteramos de su debate cuando algunos fanáticos
religiosos celebraban su hundimiento en las redes sociales.
Las terapias de conversión se fundamentan en un mito,
según el cual, la identidad de género de una persona puede y debe cambiarse por
las únicas identidades de género aceptadas en una tradición religiosa o
cultural. Distinta es la terapia aplicada a un transgénero después de que la
solicita cuando adquiere consciencia de que su sexo, genitales o identidad de
género asignada no coinciden con su identidad psicológica.
Por ejemplo, algunos niños con genitales femeninos son
criados como niñas, pero después de los cuatro años o en la adolescencia comentan
a sus padres que viven con un cuerpo equivocado o que no han menstruado como
sus compañeras de curso en el colegio. Estudios médicos, muestran que, en
algunos casos, tienen un trastorno enzimático que impidió la acción de la testosterona
sobre sus genitales en el período embrionario para masculinizarlos.
Muchos fanáticos religiosos creen que ser homosexual
es un pecado contra la naturaleza y, por eso, en diversos países se han creado
escuelas o cursillos para la terapia de conversión y, mediante ejercicios,
conferencias y un lavado de cerebro, se intenta transformar en heterosexual a
quien no lo es, con terribles consecuencias, incluido el suicidio de los
jóvenes.
A propósito del proyecto de ley, me preguntaba sobre
la discusión teniendo en cuenta que 44 parlamentarios del Pacto Histórico nunca
recibieron formación universitaria y que no se sabe si terminaron bachillerato,
mientras que muchos congresistas de la oposición fundamentaban su defensa de
las terapias de conversión en la Biblia. Era un debate de sordos o mal
informados. Los mamertos votan como manda su jefe Gustavo Petro; los cristianos,
por su fe. Nunca habíamos visto un Congreso más mediocre.
Pero no podemos quejarnos porque todos somos
ignorantes cuando de identidad de género se habla, desde el más humilde de los
colombianos hasta los magistrados de la Corte Constitucional y los presidentes
de la República, incluido Juan Manuel Santos, quien firmó el Acuerdo de paz sin
leerlo o sin saber qué era esa vaina del enfoque de género como él mismo lo
reconoció: “Esa ideología de género no existe”.
La homosexualidad no es un pecado y, mucho menos, una
enfermedad mental o disforia de género. Este último fue el diagnóstico que le
dieron los psiquiatras a Paul Beatriz Preciado por su condición de transgénero
y, por eso, su último libro se titula Dysphoria Mundi (Disforia del mundo),
para significar que la disforia no es de él, sino del mundo que ha discriminado
y maltratado injustamente a los miembros de la comunidad LGBTIQ+.
Los mamertos no supieron sustentar el proyecto que
prohibía las terapias de conversión. O se les acabó el dinero que robaron, por
orden de Gustavo Petro, de los sobrecostos de los carrotanques de la Guajira.
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