La semántica
es la rama de la lingüística que estudia el significado de las palabras. La
ideología de los partidos de izquierda se puede resumir así: todos los
problemas sociales tienen una solución semántica.
“Si logramos
que una serie de actividades de la sociedad colombiana que hasta ahora se
consideran crímenes, no se consideren crímenes”, ya no lo serán. Si borramos la
palabra, su realidad desaparece, como dijo Petro para que todo el mundo se burlara
de Colombia. Ignora el dictador la razón democrática de los delitos definidos
por el Congreso.
La paz total
también es semántica. Si inventamos una palabreja para aplicarla a las disidencias
de las Farc o a quienes no se acogieron al Acuerdo Farc-Santos, lograremos
perdonar todos sus crímenes y premiarlos con algunas curules en el Congreso
para que voten las facultades extraordinarias del dictador.
El Acuerdo de
paz es verborrea. Todos los delitos de los guerrilleros son “conexos” con el
delito político (reclutar, violar y asesinar a una menor de edad son actos
revolucionarios); Colombia y las Farc son “naciones en guerra” y por eso estamos
legitimados para aplicar las normas del Derecho Internacional. Ahora, para la
JEP, las Farc no son un “Estado” en guerra contra el nuestro, sino “víctimas”
del Estado.
Para sacar de
la cárcel a los criminales a cambio de que sigan aportando dólares a la campaña
y obligando a los campesinos a votar por el Pacto Histórico, se han inventado
varias palabras ante el desconcierto de los colombianos y la complaciente actitud
de las altas cortes: “gestores, facilitadores y garantes de paz ”, “las
guerrillas son organizaciones políticas”, “entrampado”, “víctimas del ESMAD”, “derecho
a la protesta de los terroristas de la Primera Línea”, “cerco humanitario” a
policías con degollamiento incluido”.
Como Dios
dijo “Hágase la luz”, el dictador proclama “hágase la paz total como por arte
de magia”. A propósito de magia, Moisés Wasserman nos enseñó en su columna de
prensa la etimología de la palabra “abracadabra” en hebreo: “decir es hacer”.
Los lectores recordarán mi insistencia en lo que se ha llamado “la función
performativa del lenguaje”, definida exactamente como la magia o la expresión “abracadabra”.
Petro y los
mamertos son magos convencidos de que las palabras crean realidad —lo cual es
cierto en algunas circunstancias— pero en su caso es un un engaño para los
ingenuos fanáticos de su culto en las redes sociales, desorientados por delincuentes
como el cónsul Sebastián Guanumen y la congresista Isabel Cristina Zuleta o por
sus millares de bodegas bien remuneradas por narcos, Venezuela, Rusia e Irán. La
Fiscalía y las cortes ni se enteran.
Con mentiras repetidas
hasta el cansancio han logrado convencer a millones de ingenuos de que ellos son
pacíficos, progresistas y decentes, y que la mitad de los colombianos (la clase
media, soporte de la democracia) somos enemigos de la paz, nazis, neoliberales,
oligarcas, mafiosos y paracos. Palabras, solo palabras. La dictadura semántica o el abuso de la
función performativa del lenguaje.
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