Cuando empecé
a estudiar psicoanálisis en la versión moderna y lingüística del médico Jacques
Lacan (1901 – 1981) comprendí que el padre real no cuenta para el desarrollo
emocional y moral del hijo, sino el padre simbólico, aunque generalmente
coinciden.
El padre
simbólico es quien cumple su función, no necesariamente el padre real o quien
concibió al hijo. En nuestra tradición el padre simbólico representa la norma,
la disciplina o la orientación moral del hijo; en cambio, la madre simbólica, que
generalmente coincide con la real o biológica, tiene otras funciones, como la
iniciación del crío en la sexualidad, el amor y el descubrimiento del “otro”.
Muchas veces los libretos del padre y la madre se cruzan o complementan.
Por el hecho
de que lo importante es la función o el rol del padre, poco importa quién lo
cumple. Puede ser la misma madre, el padrastro, el abuelo o cualquier otra
persona. A su vez, la función de la madre puede cumplirla el mismo padre u otra
persona.
Todo lo dicho
en esta nota es una ampliación de uno de los asuntos a que he estado dedicado
en los últimos cuatro años: nuestra “realidad” es simbólica, conformada por
palabras o significantes y significados, por metáforas y metonimias. En nuestro
mundo no cuenta mucho lo real; cuenta la relación con los otros o esa dimensión
imaginaria que estructura nuestra mente. Y aunque resulta muy difícil entender
que el yo o sujeto no existe, el padre y la madre como funciones simbólicas o
roles nos ayudan a entenderlo mejor.
Esta
perspectiva nos sirve no solo para comprender la crisis por la que pasa la
familia de Gustavo Petro ante las presuntas irregularidades en que ha incurrido
su hijo Nicolás, sino también para que miremos nuestras relaciones familiares
en este enfoque contemporáneo.
Varios
centenares de miles de colombianos (padres y madres) se han ausentado de sus
familias para buscar mejores posibilidades económicas en el extranjero. Además,
los divorcios o separaciones de parejas vienen aumentando. Las implicaciones de
estas circunstancias en los niños pequeños se pueden entender mejor para no
caer en la vieja lógica de buscar culpables o señalar al padre o a la madre
como responsables de los errores de los hijos.
Felipe Zuleta
dijo en su columna de prensa que Gustavo Petro mintió —algo usual en él— cuando
afirmó que no crió a su hijo por estar en la clandestinidad. Quie haya leído el
libro de Petro, Una vida, muchas vidas, sabe que Zuleta tiene razón. Nicolás
nació en 1986, y el M-19 firmó la paz en 1990. Su madre también era
guerrillera.
No importa,
para Nicolás, que su padre lo haya olvidado. Lo importante es quién fue la
metáfora del nombre del padre o el padre sustituto, aunque no debemos olvidar
que la genética y la influencia de otras personas también condicionan la
conducta del muchacho. La mayor parte de lo que enseñamos a los hijos se trasmite
de forma inconsciente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario