En el campo político, la identidad de derecha, izquierda o centro es un capricho o una forma de autopercepción espontánea de los partidos para intentar engañar a los potenciales electores. Es algo parecido a lo que nuestra Corte Constitucional ha decidido sobre el género sexual: si yo me percibo como gay, transgénero, bisexual o asexual, lo soy, y lo único que debo hacer para efectuar el cambio es pedirle a un notario que lo certifique.
El Partido Liberal siempre se ha avergonzado de su condición y suele creerse “de izquierda”. Liberal de izquierda es un oxímoron, pero eso no ha sido obstáculo para que partidos liberales, como el demócrata gringo, se hallan apropiado de lo políticamente correcto marxista para crear un lenguaje inclusivo, inventar un nuevo léxico, revisar la historia, destruir estatuas y “corregir” libros, películas o cuentos infantiles. Algo muy cercano al fascismo o a la teocracia talibán.
En esa lógica, el partido izquierdista de la comunidad LGBTI, la Alianza Verde, “se percibió” de centro con el lema de Angélica Lozano: “A vacunarse contra los extremos para el 2022”. Esa ha sido su estrategia en todos los debates electorales para seducir al pueblo que tiene otras prioridades distintas al feminismo marxista del enfoque de género, al ecologismo ideológico, al animalismo de las tiernas mascotas o a la lucha contra la corrupción de la alcaldesa que más derrocha dineros públicos para mejorar su imagen o para llenar de contratos públicos a la familia de su esposa.
Los, las y les Verdes se autopercibieron como la alianza de la Esperanza. El más ingenuo de los hijos de Luis Carlos Galán, Juan Manuel, se apresuró a alinearse en ese combo con liberales viejos y del Nuevo Liberalismo (también de la tercera edad). Todo el montaje apuntaba a la candidatura de Sergio Fajardo; pero el santismo y el liberalismo decidieron remplazarlo por Alejandro Gaviria según el viejo truco de poner un “payaso” decente o sin antecedentes sucios para que gobiernen los corruptos de izquierda y derecha tras el trono.
El liberalismo auténtico ha sido la antítesis de la izquierda pues ha sido adalid de las reformas mientras la izquierda va por todo. El liberalismo, por ejemplo, siempre ha buscado superar la corrupción con desarrollo económico; en cambio, la izquierda, cree ingenuamente que la solución reside en castigos más severos o en un régimen tipo Maduro, Castro u Ortega.
Asimismo, cuando la Primera Línea va por el poder, los sindicatos sólo buscan beneficios para sus afiliados. Los congresistas de la izquierda bloquean el Congreso cuando se discuten reformas de interés nacional y, más bien, se dedican, con el Uribismo, a aprobar reformas populistas, sin mayor trascendencia, para mantener contentas sus clientelas: más “derechos” para las damas, la comunidad LGBTI, los niños, el medio ambiente o las mascotas, “reformas” en las que casi todos estamos de acuerdo y que solo habrían requerido un acto administrativo. Ganan $32 millones mensuales por nada.
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