Una página virtual publicó esta nota acompañada de la imagen de un bebé: “Tan pronto como nace se le asignan un nombre, una religión, una nacionalidad, un equipo de fútbol y una raza… Pasará el resto de su vida defendiendo una identidad ficticia”. Esa sentencia me permite profundizar su contexto seguramente desconocido por muchas de las personas que la reproducen en las redes sociales.
El escrito,
parcialmente cierto, incluye numerosas falacias que sirven para promover un
producto, un negocio, una pirámide, una nueva identidad o una ideología. En
otras palabras, se usa para lavar cerebros o para reprogramarlos e introducirles
un nuevo chip o relato. Es cierto que cuando llegamos al hogar se nos asignan
numerosas identidades a través de las palabras que aprendemos, gracias al poder
con que la ideología de una sociedad cualquiera dota a la familia. Para que eso
no sea así, tendríamos que aislar al recién nacido, abandonarlo en la selva
para que no hable y sea criado por una manada de animales. No podemos renunciar
al lenguaje porque es lo que nos diferencia de los animales o nos humaniza, y
con el lenguaje vienen las identidades.
No es cierto
que nos pasamos la vida defendiendo una identidad ficticia. Porque las
identidades son muchas y hoy, más que nunca, los jóvenes tienden a rechazarlas
por la condición emocional de su edad, porque son adoctrinados en colegios o
universidades y porque crecieron en internet, un mundo sin identidades.
Para muchos
jóvenes, las identidades referidas en el escrito inicial y recibidas de la
familia o las instituciones sociales democráticas son repugnantes. Entonces
buscan otras: izquierdista, activista de la primera línea, drogadicto, negociante,
guerrillero, narcotraficante, etc.; pero ignoran que toda identidad implica una
relación de poder. El “sujeto” (identidad) se define por la institución que lo hace
posible, lo domina y le lava el cerebro. Una relación de poder o una orden de
una institución me define como cristiano, marxista, vendedor o delincuente.
Identidad es la máscara que le pongo a mi yo imaginario.
Hablar de
identidades ficticias supone que hay otras que son “reales”, y esa es otra gran
mentira. Todo nuestro mundo es un relato, un discurso, virtual o, como decía
Jaques Lacan, está conformado por tres registros: lo Real, lo imaginario y lo
simbólico. Lo Real no es lo que está afuera; es lo no simbolizado, el mundo
animal, de la biología y los genes, la naturaleza humana, que también nos
condiciona y modifica nuestras identidades. Lo simbólico es el mundo virtual en que
vivimos y en el que recibimos las identidades al aprender a hablar (distinto al
mundo virtual de internet) y que siempre tiene un componente imaginario.
La vida es el intento siempre fallido de convertir la ilusión de “ser uno mismo” en una “realidad”. Esa ilusión es la condición de posibilidad del amor, guerras, negocios, política, religión, poesía y locura. Es la vida. Es lo que hay.
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