martes, 14 de septiembre de 2021

Es lo que hay


Una página virtual publicó esta nota acompañada de la imagen de un bebé: “Tan pronto como nace se le asignan un nombre, una religión, una nacionalidad, un equipo de fútbol y una raza… Pasará el resto de su vida defendiendo una identidad ficticia”. Esa sentencia me permite profundizar su contexto seguramente desconocido por muchas de las personas que la reproducen en las redes sociales.

El escrito, parcialmente cierto, incluye numerosas falacias que sirven para promover un producto, un negocio, una pirámide, una nueva identidad o una ideología. En otras palabras, se usa para lavar cerebros o para reprogramarlos e introducirles un nuevo chip o relato. Es cierto que cuando llegamos al hogar se nos asignan numerosas identidades a través de las palabras que aprendemos, gracias al poder con que la ideología de una sociedad cualquiera dota a la familia. Para que eso no sea así, tendríamos que aislar al recién nacido, abandonarlo en la selva para que no hable y sea criado por una manada de animales. No podemos renunciar al lenguaje porque es lo que nos diferencia de los animales o nos humaniza, y con el lenguaje vienen las identidades.

No es cierto que nos pasamos la vida defendiendo una identidad ficticia. Porque las identidades son muchas y hoy, más que nunca, los jóvenes tienden a rechazarlas por la condición emocional de su edad, porque son adoctrinados en colegios o universidades y porque crecieron en internet, un mundo sin identidades.

Para muchos jóvenes, las identidades referidas en el escrito inicial y recibidas de la familia o las instituciones sociales democráticas son repugnantes. Entonces buscan otras: izquierdista, activista de la primera línea, drogadicto, negociante, guerrillero, narcotraficante, etc.; pero ignoran que toda identidad implica una relación de poder. El “sujeto” (identidad) se define por la institución que lo hace posible, lo domina y le lava el cerebro. Una relación de poder o una orden de una institución me define como cristiano, marxista, vendedor o delincuente. Identidad es la máscara que le pongo a mi yo imaginario.

Hablar de identidades ficticias supone que hay otras que son “reales”, y esa es otra gran mentira. Todo nuestro mundo es un relato, un discurso, virtual o, como decía Jaques Lacan, está conformado por tres registros: lo Real, lo imaginario y lo simbólico. Lo Real no es lo que está afuera; es lo no simbolizado, el mundo animal, de la biología y los genes, la naturaleza humana, que también nos condiciona y modifica nuestras identidades.  Lo simbólico es el mundo virtual en que vivimos y en el que recibimos las identidades al aprender a hablar (distinto al mundo virtual de internet) y que siempre tiene un componente imaginario.

La vida es el intento siempre fallido de convertir la ilusión de “ser uno mismo” en una “realidad”. Esa ilusión es la condición de posibilidad del amor, guerras, negocios, política, religión, poesía y locura. Es la vida. Es lo que hay. 

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