martes, 25 de mayo de 2021

Es una guerra generacional

 

De un lado están los jóvenes entre 18 y 28 años, perfectamente bien perfilados por las encuestas y las pruebas de conocimientos. Más del 80 por ciento de ellos prefieren una dictadura a una democracia y votaron por Petro en las últimas elecciones; no leen y cuando lo hacen no entienden lo que leen y confunden una opinión con un hecho; no tienen capacidad de análisis, empatía ni concentración. Por eso son los protagonistas de la misma tragedia que ya vivieron Italia, Venezuela, Brasil y Chile.

Crecieron en el mundo del internet en el que es permitido cambiar de identidad sin ninguna consecuencia; en los juegos virtuales se convierten en asesinos; la sexualidad por celular les permite cambiar de género o de aberración sin las implicaciones del mundo de carne y piel; aprendieron su jerga en las cloacas de las redes sociales; su “realidad” se construye con noticias falsas, calumnias y odio. Una vida sin moral e infeliz, que solo encuentra paz en las drogas o en la tumba.

Desprecian la Nación, el cristianismo, la cultura que les dimos y nuestras instituciones; ven a sus padres como culpables de las injusticias sociales, la destrucción del Planeta y la corrupción de los políticos. Todo ello porque el espejo negro o sus viajes les mostraron otras formas de ser o de vivir sin la cursilería de este país despreciable y uribista.

Están en la edad de “matar al padre simbólico”, el portador de las normas, para cambiarlo por la ilusión de una libertad que pierden al identificarse con una ideología que les dan sus maestros y que habla de destruir la familia, la sociedad capitalista y a esa manada de ricos y políticos que “nos tienen en la inmunda”. Les dimos lo que nunca tuvimos; pero cuando fueron a la universidad se sintieron importantes y aprendieron a repudiar todo lo que somos.

Nacieron después de la caída del Muro de Berlín; de historia solo conocen la tergiversada por sus maestros llenos de envidia y resentimiento. No saben de ternura o de los detalles que hacían felices a sus padres, porque para ocultar su mediocridad se creen Adán que llega a construir el mundo; ignoran el placer de compartir un café con un amigo sin el estorbo maligno de un celular.  

El otro bando somos los viejos. Con unas identidades aprendidas desde niños que daban sentido y felicidad a nuestras vidas antes de que internet las destruyera. Somos cristianos o agnósticos; amantes de una democracia que ya sabíamos injusta y corrupta, pero que nunca pensamos en destruir para remplazarla por la ilusión de hacer algo distinto que siempre termina en totalitarismo. Confiábamos en que la lógica del desarrollo económico resolviera la corrupción y las desigualdades hasta convertir en realidad el sueño imposible de los derechos humanos. “Nuestros” hijos no han entendido que todas las ideologías son falsas. Ahora son los hijos de las FARC.

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