En otra columna hice una reseña de El libro negro de la nueva
izquierda, escrito por los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez. Ellos se
han consagrado en todo el mundo de habla hispana como los líderes de la lucha
contra el enfoque o ideología de género, doctrina de carácter marxista y
posmoderna implantada en países como España, Perú y Argentina para adoctrinar y
pervertir a los niños. No ha logrado pegar en Colombia a pesar de que ese
enfoque fue implementado por Gustavo Petro como alcalde de Bogotá e impulsado
por Gina Parody, Ministra de Educación en el mandato de Juan Manuel Santos.
En mi comentario resalté la seriedad y los logros de estos
líderes en una labor que ha puesto en peligro sus vidas, ya que se enfrentan a
la izquierda internacional avalada por las Naciones Unidas y financiada por
grandes multinacionales de la pornografía, las clínicas abortistas y las
organizaciones que buscan legalizar la pedofilia en todo el mundo. También
escribí que Laje y su coequipero ignoran el discurso filosófico del enfoque de
género, hecho que les ocasiona muchas dificultades en sus entrevistas, debates
y conferencias.
Con el único propósito de contribuir con esa filosofía me
vinculé a su página en Facebook. Mi sorpresa fue monumental porque me encontré
con una secta fundamentalista cristiana que tiene en Laje el sumo sacerdote que
“autoriza” todas las expresiones de condena o de odio contra los ateos y las
minorías sexuales, aunque no tengan relación alguna con la “herejía” marxista.
“Yo pensé que esta era una página seria, pero me equivoqué y
me retiro”, dijo uno de los recién llegados que vio la logia espantosa que se
mueve en esa tribuna. Otro miembro comentó con ánimo crítico: “¿qué sentido
tiene combatir una ideología política como el enfoque de género con otra
ideología religiosa?” Cuando propuse que se estudiaran algunos conceptos de
Yuval N. Harari que coinciden con las bases estructuralistas del enfoque de
género, algunos comentaron, palabras más o menos: “No aceptamos las teorías de
un homosexual y ateo que busca con ellas justificar sus aberraciones”.
No me sorprendió encontrar jóvenes latinoamericanos que viven
todavía en la Edad Media y que piensan como los monjes de la santa Inquisición
porque estoy seguro de que muchos de ellos no entienden lo que leen o confunden
una opinión con un hecho, como se ha demostrado en variados estudios. Cuando
les recordé las palabras del Papa Francisco “¿Quién soy yo para condenar a un homosexual?”,
descalificaron al Papa por su supuesto marxismo.
Los niños neonazis seguidores de Laje me recordaron la
sentencia de L. Feuerbach: “El sujeto sin amor es el fantasma del fanatismo
religioso”. Perder el amor de quien da sentido y valor a la vida equivale, para
el fanático, a perder su relación con Dios. Un ateo o un gay los atormenta como
su ridículo demonio imaginario.
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