Cada evento importante con repercusiones mundiales, como la
crisis financiera del 2008, el ataque terrorista de las Torres Gemelas o el
desastre humanitario y económico del Covid-19, es aprovechado por los últimos
representantes del marxismo para salir a proclamar, con mucho entusiasmo, el
fin del capitalismo. Desde el genial Slovej Zizek con sus argumentos lacanianos
(de Jacques Lacan) hasta la colombiana Aída Avella, que no se cansa de repetir
su estribillo sesentero de “necesitamos un cambio de estructuras”, todos los
mamertos viven de fiesta en fiesta porque la profecía de Carlos Marx se va a
cumplir.
Lo que no han podido entender los progres, decentes y las
feminazis del enfoque de género es que su discurso revolucionario se volvió
obsoleto desde cuando sus camaradas inventaron los campos de concentración,
quisieron crear el “hombre nuevo” (soñado por el Che Guevara y Adolfo Hitler) y
provocaron la muerte de más de 160 millones de persona en la URSS y en la cuna
de todas las pandemias, la China de Mao Zedong.
Tampoco han podido entender el anuncio de otro judío, Yuval
Noah Harari: “En su forma actual, la democracia no sobrevivirá a la fusión de
la biotecnología y la nanotecnología”. Este mismo autor ya nos había enseñado
que todos, TODOS, los relatos religiosos y políticos son engañosos o montados
sobre mitos. Afirmaciones como la anterior han caído como una cascada de agua
fría entre los amigos de la izquierda, tal como los achantó el texto de
Fukuyama sobre el fin de la historia, publicado cuando acababa de caer el Muro
de Berlín.
Antes de Harari ya sabíamos que nuestro sistema político y
económico andaba de capa caída. Era evidente la farsa de las elecciones. Aprendimos
que no existía tal ciudadano “libre” imaginado por la Ilustración; que los
grandes capitales y las mafias de la política manejan los hilos del poder; que
bastaba un discurso de promesas populistas para que los zombis del celular
corrieran a votar por charlatanes de izquierda o de derecha, y lo que es peor,
aprendimos que los algoritmos rusos eligieron a Donald Trump y que los trinos
pagados por Maduro convocaron las marchas de universitarios colombianos para
montar una parodia de la revolución molecular chilena y destruir nuestra
economía.
En efecto, ya sabemos que el sujeto democrático, la persona
humana preñada de derechos, era una ilusión sobre la cual habíamos construido
un tipo de sociedad, la mejor de todas las conocidas; también, que nos espera,
o que ya está aquí, el poder de los algoritmos, el orden de las máquinas, el
fin de la era del homo sapiens; que necesitamos un nuevo relato, seguramente
tan mitológico como el que dejamos.
Ya no habrá proletariado porque las máquinas y la
inteligencia artificial harán todo por nosotros. El nuevo Marx gritará:
“inútiles zombis del mundo, uníos”.
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