domingo, 26 de abril de 2020

LA PÁGINA DE LAJE Y MÁRQUEZ




En otra columna hice una reseña de El libro negro de la nueva izquierda, escrito por los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez. Ellos se han consagrado en todo el mundo de habla hispana como los líderes de la lucha contra el enfoque o ideología de género, doctrina de carácter marxista y posmoderna implantada en países como España, Perú y Argentina para adoctrinar y pervertir a los niños. No ha logrado pegar en Colombia a pesar de que ese enfoque fue implementado por Gustavo Petro como alcalde de Bogotá e impulsado por Gina Parody, Ministra de Educación en el mandato de Juan Manuel Santos.

En mi comentario resalté la seriedad y los logros de estos líderes en una labor que ha puesto en peligro sus vidas, ya que se enfrentan a la izquierda internacional avalada por las Naciones Unidas y financiada por grandes multinacionales de la pornografía, las clínicas abortistas y las organizaciones que buscan legalizar la pedofilia en todo el mundo. También escribí que Laje y su coequipero ignoran el discurso filosófico del enfoque de género, hecho que les ocasiona muchas dificultades en sus entrevistas, debates y conferencias.

Con el único propósito de contribuir con esa filosofía me vinculé a su página en Facebook. Mi sorpresa fue monumental porque me encontré con una secta fundamentalista cristiana que tiene en Laje el sumo sacerdote que “autoriza” todas las expresiones de condena o de odio contra los ateos y las minorías sexuales, aunque no tengan relación alguna con la “herejía” marxista.

“Yo pensé que esta era una página seria, pero me equivoqué y me retiro”, dijo uno de los recién llegados que vio la logia espantosa que se mueve en esa tribuna. Otro miembro comentó con ánimo crítico: “¿qué sentido tiene combatir una ideología política como el enfoque de género con otra ideología religiosa?” Cuando propuse que se estudiaran algunos conceptos de Yuval N. Harari que coinciden con las bases estructuralistas del enfoque de género, algunos comentaron, palabras más o menos: “No aceptamos las teorías de un homosexual y ateo que busca con ellas justificar sus aberraciones”.

No me sorprendió encontrar jóvenes latinoamericanos que viven todavía en la Edad Media y que piensan como los monjes de la santa Inquisición porque estoy seguro de que muchos de ellos no entienden lo que leen o confunden una opinión con un hecho, como se ha demostrado en variados estudios. Cuando les recordé las palabras del Papa Francisco “¿Quién soy yo para condenar a un homosexual?”, descalificaron al Papa por su supuesto marxismo.

Los niños neonazis seguidores de Laje me recordaron la sentencia de L. Feuerbach: “El sujeto sin amor es el fantasma del fanatismo religioso”. Perder el amor de quien da sentido y valor a la vida equivale, para el fanático, a perder su relación con Dios. Un ateo o un gay los atormenta como su ridículo demonio imaginario.

martes, 21 de abril de 2020

LA MÁSCARA



El psicoanálisis nos enseña una pregunta muy útil para entendernos a nosotros mismos: ¿Quién es el que por tu boca habla? En las relaciones amorosas, por ejemplo, representamos a diversos personajes. Es muy común que un hombre busque en su esposa el sustituto de su madre y que quien hable por su boca sea el “niño” que necesita el amor incondicional de ella; también puede ser que asuma la voz del macho alfa o prepotente en su plan seductor. Por supuesto, la dama responderá al seductor con las opciones que su patología o su salud mental le permita. Si en su inconsciente asume el rol de madre aceptará al “hijo” que busca una mamá.

Aquella pregunta tiene otra fórmula: ¿En qué lugar estás parado cuando hablas? Los lugares de los que hablamos son muchos. Algunos seres humanos hablan desde el cielo o desde un mundo imposible donde todo es armonía y amor; otros creen estar en un púlpito dando clases de moral o en la cátedra de una universidad enseñando lo que nunca estudiaron. Es muy distinto el punto en el que se posesionan Petro y Uribe, el creyente y el ateo, el victimario y la víctima.

Asimismo, todos tenemos una colección de máscaras que nos cambiamos permanentemente. No hay mejor ejemplo que los políticos, los psicópatas o los políticos psicópatas. Su patología es tan arraigada que en una misma presentación en televisión se ocultan tras cuatro o cinco antifaces sin que la audiencia se percate. El defensor de los derechos humanos, la fascista que intentará matar de hambre a los maltratadores pobres en cuarentena, el defensor de los derechos de las mujeres y el dictador marxista que no soporta que los burgueses se hayan ido el fin de semana para su casa de campo en tiempos de la pandemia: son todas máscaras.

El filósofo Michel Onfray tiene una cuarta modalidad para explicar el mismo fenómeno; define el sujeto en relación con la institución o el relato que lo hace posible. Así, mi identidad de sujeto musulmán es dada por esa religión o por esa doctrina; mi identidad de persona conservadora o marxista es creada en mi mente por el respectivo partido. Ser sujeto es estar sujetado por una institución o una ideología porque no hay un yo que decida inscribirse en una u otra. Las identidades políticas o religiosas son como máscaras que hoy me pongo y que un año o tres meses después puedo cambiar. Son las voces que hablan por mi boca o los lugares que ocupo cuando expreso el que creo que es mi pensamiento, pero que en realidad es mi rollo cerebral grabado por los otros.

¿Quién es el que por tu boca habla? ¿Cuál es tu papel en cada drama o comedia en que participas? No soy más que máscaras, identidades, relatos y roles sin un yo o actor oculto atrás.

domingo, 5 de abril de 2020

EL FINAL DEL CAPITALISMO




Cada evento importante con repercusiones mundiales, como la crisis financiera del 2008, el ataque terrorista de las Torres Gemelas o el desastre humanitario y económico del Covid-19, es aprovechado por los últimos representantes del marxismo para salir a proclamar, con mucho entusiasmo, el fin del capitalismo. Desde el genial Slovej Zizek con sus argumentos lacanianos (de Jacques Lacan) hasta la colombiana Aída Avella, que no se cansa de repetir su estribillo sesentero de “necesitamos un cambio de estructuras”, todos los mamertos viven de fiesta en fiesta porque la profecía de Carlos Marx se va a cumplir.

Lo que no han podido entender los progres, decentes y las feminazis del enfoque de género es que su discurso revolucionario se volvió obsoleto desde cuando sus camaradas inventaron los campos de concentración, quisieron crear el “hombre nuevo” (soñado por el Che Guevara y Adolfo Hitler) y provocaron la muerte de más de 160 millones de persona en la URSS y en la cuna de todas las pandemias, la China de Mao Zedong.  

Tampoco han podido entender el anuncio de otro judío, Yuval Noah Harari: “En su forma actual, la democracia no sobrevivirá a la fusión de la biotecnología y la nanotecnología”. Este mismo autor ya nos había enseñado que todos, TODOS, los relatos religiosos y políticos son engañosos o montados sobre mitos. Afirmaciones como la anterior han caído como una cascada de agua fría entre los amigos de la izquierda, tal como los achantó el texto de Fukuyama sobre el fin de la historia, publicado cuando acababa de caer el Muro de Berlín. 

Antes de Harari ya sabíamos que nuestro sistema político y económico andaba de capa caída. Era evidente la farsa de las elecciones. Aprendimos que no existía tal ciudadano “libre” imaginado por la Ilustración; que los grandes capitales y las mafias de la política manejan los hilos del poder; que bastaba un discurso de promesas populistas para que los zombis del celular corrieran a votar por charlatanes de izquierda o de derecha, y lo que es peor, aprendimos que los algoritmos rusos eligieron a Donald Trump y que los trinos pagados por Maduro convocaron las marchas de universitarios colombianos para montar una parodia de la revolución molecular chilena y destruir nuestra economía.

En efecto, ya sabemos que el sujeto democrático, la persona humana preñada de derechos, era una ilusión sobre la cual habíamos construido un tipo de sociedad, la mejor de todas las conocidas; también, que nos espera, o que ya está aquí, el poder de los algoritmos, el orden de las máquinas, el fin de la era del homo sapiens; que necesitamos un nuevo relato, seguramente tan mitológico como el que dejamos.

Ya no habrá proletariado porque las máquinas y la inteligencia artificial harán todo por nosotros. El nuevo Marx gritará: “inútiles zombis del mundo, uníos”.