Cuando se
publicó “el mejor acuerdo posible con las FARC”, pensamos que eran necesarios
al menos un abogado, un economista, un politólogo y un sociólogo, entre otros
expertos, para poder alcanzar un criterio serio en el momento de votar el
plebiscito; pero nos olvidamos de incluir a un lingüista, especializado en la
ciencia de la semántica o del significado de las palabras, para no ser
engañados.
Si no tengo
la suficiente formación para entender palabras como “estructura”, “integral” o
“garantía” y lo que implican para el país en el contexto de la Reforma Rural
Integral, es muy posible que me haya equivocado en el momento de votar el
plebiscito, aunque esto no signifique mucho porque de todas maneras el Sí fue impuesto
a las malas por el Congreso obeso con el respaldo de una Corte politiquera y
corrupta.
Partamos del
hecho de que los acuerdos se elaboraron con conceptos ideológicos sin soportes
técnicos o económicos que los hicieran viables.
En particular, la RRI es el programa del nuevo partido de los
guerrilleros, convertido en nuestra nueva Constitución Nacional para
facilitarles la toma del poder, ya que ningún campesino o campesina va a ser
tan pendejo como para negar el voto a un proyecto que le garantiza todo tipo de
subsidios del Estado en el futuro sin ninguna limitación.
En el
capítulo de la RRI se usa al menos siete veces el término “estructural” o
“desarrollo estructural”, definido de manera errónea como “transformación de la
realidad rural con equidad, igualdad y democracia”. La estructura es otra cosa: es un todo, una
organización, un conjunto cuyos componentes se implican mutuamente. No es estructural un programa elaborado para
beneficiar a menos del 30 por ciento de los colombianos y que se olvida de las
mayorías urbanas, como también de los tratados comerciales suscritos por
Colombia y las leyes del mercado.
Para que la
economía rural sea competitiva, se requieren enormes inversiones y modernas tecnologías
que el Estado no es capaz de subsidiar.
Por eso, la RRI será un fracaso tal como lo pronosticó James A.
Robinson, el profesor de Harvard. Ese proyecto solo es aceptable en un país
como Venezuela, en el que las tierras han sido expropiadas, las grandes
inversiones privadas salieron del país y se contaba con enormes recursos de la
bonanza petrolera; pero eso no es estructural, es una dictadura.
“Integral”, concepto
imaginario que significa totalidad u holístico y es repetido hasta 3 veces en
un mismo párrafo y más de diez en la RRI.
Lo único total o absoluto es la mirada de Dios o la ideología de las
dictaduras. Los mortales y la ciencia vemos aspectos o interpretaciones. Lo que
no esté en los acuerdos será agregado gracias a esa palabreja. Otro término
peligroso y repetido es “garantía”, con el que Santos compromete los próximos
gobiernos, nuestra economía y las instituciones. Es la semántica, estúpido.
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