Si algunas
encuestas muestran que los católicos, en general, no conocen o no leen la
Biblia, es muy probable que ignoren la historia de la Iglesia y la manera como
se impusieron sus doctrinas frente a las sectas adversarias en una guerra
ideológica que duró unos cuatro siglos.
Este asunto cobra inusitado interés ahora cuando el Papa Francisco asume
posiciones muy revolucionarias que escandalizan a algunos, pero que son bien
recibidas por amplios sectores, incluidos los no cristianos y los ateos.
En los
últimos años Roma ha modificado sus doctrinas con relación al Limbo, el
Purgatorio y el Infierno, para no hablar de los escritos de sacerdotes, como el
padre Alfonso Llano Escobar, que sostienen que la virginidad de María no es un
dogma y que la resurrección de Jesús es vista por algunos teólogos como
“exaltación” y no como se nos había enseñado en el pasado. Además, han
aparecido en los últimos cuarenta años muchos textos en español que nos
permiten descubrir los muy interesantes estudios arqueológicos o científicos
sobre los libros sagrados.
Acaba de
llegar a nuestras librerías el libro Apóstoles, historia y leyenda de los
discípulos de Jesús, de Tom Bissell, editorial Ariel, 2016. Aunque el libro no es muy original, puesto
que resume los mismos avances que hemos conocido en otros autores, tiene el
mérito de investigar a través de todo el mundo los mitos o fantasías que la
tradición ha creado en torno a los seguidores de Jesús, y lo hace de una manera
muy amena y graciosa, pero, eso sí, bien documentada.
Tiene el
libro un capítulo dedicado a Jesucristo en el que se muestran las discusiones
de los primeros cristianos en torno a los dogmas centrales del cristianismo,
como la condición divina o humana del Crucificado, la Trinidad y el pecado
original. Llama la atención la
resistencia, especialmente en Oriente cristiano, a aceptar que Jesús era Dios o
hijo de Dios; la tendencia de las mayorías favorecía las enseñanzas de Arrio,
un sacerdote que en el año 318 empezó a predicar la doctrina subordinacionista
en Alejandría, Egipto: “Jesús no es coeterno con Dios, sino más bien una
creación de Dios Padre”.
El principal
opositor de Arrio fue Atanasio, también de Alejandría, para quien el Padre y el
Hijo tienen la misma naturaleza o esencia. La discusión fue resuelta en varios concilios
celebrados en Oriente a finales del siglo IV y la primera mitad del siglo V con
la ayuda del poder político, ya que para ese tiempo la corriente protoortodoxa
o romana logró montar como gobernantes a seguidores suyos, siendo el más
importante Teodosio I, un emperador romano de Oriente, nacido en Hispania,
quien prohibió cualquier otra doctrina.
Cuando se
estudia la historia de las religiones, no parece difícil encontrar elementos
que faciliten la conciliación de todas en una doctrina común perfectamente
aceptable para muchos ateos y agnósticos.
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