lunes, 16 de enero de 2017

NOS CAMBIARON EL LIBRETO





Las cosas se empezaron a enredar en el siglo XIX. Un tal Carlos Darwin nos dejó medio mareados cuando concluyó que los seres humanos somos el producto de la evolución animal, lo que dejaba sin piso el cuento del alma que Dios creaba en el momento del “aquello”.  Al mismo tiempo un alemán, también llamado Carlos, pero de apellido Marx, sentenció que nuestra cultura, lo que él llamó “superestructura”, era un cuento chino de los dueños de los medios de producción para facilitar la explotación de los oprimidos, es decir, que la religión, la filosofía, el derecho y las ciencias sociales no tenían otro propósito que engañarnos.

También apareció otro alemán, Federico Nietzsche, denunciando a la bella moral cristiana como una ética de esclavos, se burlaba del Crucificado y declaraba formalmente la muerte de Dios. Y cuando apenas empezaba el siglo XX, a un médico residente en Viena le dio por escudriñas nuestras intimidades mentales para descubrir un demonio llamado “inconsciente” que jugaba con nuestro yo como le daba la gana y era el responsable de los delitos y aberraciones más crueles.  Hablo de Sigmund Freud.

Entonces llegó Albertico.  Que no, que ese cuentico de la manzana de Newton estaba mal echado; que el espacio es curvo, que el tiempo está relacionado con la velocidad; que el mundo es otro si viajamos a la velocidad de la luz.  Al mismo tiempo surgieron otros para escandalizarnos con la fantasía de que el electrón es caprichoso y a veces se comporta como partícula y otras como una onda de energía, como si supiera que lo estamos mirando. A eso lo llamaron mecánica cuántica y fue la base para los descubrimientos que ahora nos tienen como zombis pegados de un celular y para que los duros de la ciencia nos prometan un mundo completamente distinto al que hasta ahora habíamos conocido y en el que estábamos relativamente cómodos a pesar de Claudia López.

Apenas la semana pasada me enteré, absolutamente deprimido, de que los buenos de la película no somos los cristianos; no, los “chachos” son los musulmanes.  Europa y Estados Unidos no son el centro del universo; el corazón del mundo es Asia Central y los seguirá siendo, gracias a que los rusos y los chinos están jugando mejor que los gringos y Ángela Merkel. Esa es la tesis de Peter Frankopan, de Oxford, en el libro El Corazón del mundo, Planeta, noviembre de 2016.

Toda esa locura puede explicar algunos hechos.  Al hombre que dividió a Colombia le dieron el Nobel de paz; en televisión apareció un locutor moreno: “Perdón, el plebiscito no lo ganó el No; ganó el Sí”; la mitad de los colombianos consideran estúpida a la otra mitad, y cada vez que la ONU nos asesora en algo desencadena un escándalo.

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