Las cosas se
empezaron a enredar en el siglo XIX. Un tal Carlos Darwin nos dejó medio
mareados cuando concluyó que los seres humanos somos el producto de la
evolución animal, lo que dejaba sin piso el cuento del alma que Dios creaba en
el momento del “aquello”. Al mismo
tiempo un alemán, también llamado Carlos, pero de apellido Marx, sentenció que
nuestra cultura, lo que él llamó “superestructura”, era un cuento chino de los
dueños de los medios de producción para facilitar la explotación de los
oprimidos, es decir, que la religión, la filosofía, el derecho y las ciencias
sociales no tenían otro propósito que engañarnos.
También
apareció otro alemán, Federico Nietzsche, denunciando a la bella moral
cristiana como una ética de esclavos, se burlaba del Crucificado y declaraba
formalmente la muerte de Dios. Y cuando apenas empezaba el siglo XX, a un
médico residente en Viena le dio por escudriñas nuestras intimidades mentales
para descubrir un demonio llamado “inconsciente” que jugaba con nuestro yo como
le daba la gana y era el responsable de los delitos y aberraciones más
crueles. Hablo de Sigmund Freud.
Entonces
llegó Albertico. Que no, que ese
cuentico de la manzana de Newton estaba mal echado; que el espacio es curvo,
que el tiempo está relacionado con la velocidad; que el mundo es otro si
viajamos a la velocidad de la luz. Al
mismo tiempo surgieron otros para escandalizarnos con la fantasía de que el
electrón es caprichoso y a veces se comporta como partícula y otras como una
onda de energía, como si supiera que lo estamos mirando. A eso lo llamaron
mecánica cuántica y fue la base para los descubrimientos que ahora nos tienen
como zombis pegados de un celular y para que los duros de la ciencia nos
prometan un mundo completamente distinto al que hasta ahora habíamos conocido y
en el que estábamos relativamente cómodos a pesar de Claudia López.
Apenas la
semana pasada me enteré, absolutamente deprimido, de que los buenos de la
película no somos los cristianos; no, los “chachos” son los musulmanes. Europa y Estados Unidos no son el centro del
universo; el corazón del mundo es Asia Central y los seguirá siendo, gracias a
que los rusos y los chinos están jugando mejor que los gringos y Ángela Merkel.
Esa es la tesis de Peter Frankopan, de Oxford, en el libro El Corazón del
mundo, Planeta, noviembre de 2016.
Toda esa
locura puede explicar algunos hechos. Al
hombre que dividió a Colombia le dieron el Nobel de paz; en televisión apareció
un locutor moreno: “Perdón, el plebiscito no lo ganó el No; ganó el Sí”; la
mitad de los colombianos consideran estúpida a la otra mitad, y cada vez que la ONU nos asesora en algo
desencadena un escándalo.
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