Quienes
fueron sorprendidos por las recientes expresiones de las masas encontraron una
rápida y fácil explicación que consistió en señalar al otro como el ignorante, miembro
de la extrema derecha o el imbécil que se dejó engañar. De esta forma se sintieron autorizados para
identificar a Donald Trump, a Álvaro Uribe Vélez y a quienes encabezaron la
campaña en Inglaterra para separarse de la unión europea con Hitler o con lo
peor de la especie humana, en lo que Moisés Wasserman llama la falacia ad hitlerum y que en una de mis notas de
prensa llamé la amalgama.
Ya el pueblo,
el hombre de a pie, los mugrosos y todos aquellos que se mueven en las redes
sociales se guían por las mentiras o por los sentimientos –no siempre los
mejores- y han terminado con una era en la que la verdad, los paladines de la
historia y los cultos orientaban plebiscitos y elecciones para conducir la
democracia por la senda correcta. Los
ingleses, los norteamericanos y los colombianos se equivocaron. La mentira domina ahora el mundo entero.
Estábamos en
ese derroche de histeria colectiva cuando estalló el escándalo Odebrecht que
compromete a los últimos presidentes del Perú, a muchos gobernantes brasileros
–entre ellos a los impolutos de la izquierda- y a los candidatos que se
disputaron las últimas elecciones presidenciales en Colombia. No solo los
uribistas mienten; Santos y sus amigos también.
Por otro
lado, el mito de la posverdad se desbarata también, al menos aquí, cuando se
empiezan a denunciar las dificultades y farsas del proceso de paz: las FARC se
burlan del país y no explican la forma como se deshicieron de más de 400 secuestrados;
se niegan a entregar los niños guerrilleros mientras se ingenian la forma de
hacerlos desaparecer o los entregan directamente a sus familias; la desbandada
de guerrilleros tiende a aumentar por las mejores ofertas de bandas criminales;
¿dónde están los 9 mil milicianos que había calculado el Ejército?; ante la
avalancha de críticas que recibe la JEP, ya se renueva el chantaje de los
áulicos del Gobierno y las FARC: “si no hay JEP, no hay proceso de paz”. “Si gana el NO…”
Hay otro
aspecto de la posverdad mucho más dramático y doloroso. Canales de televisión, periódicos, revistas,
cadenas de radio sostenidos por los jugosos contratos del Gobierno son los
voceros de esta nueva mitología; con el dinero recibido para que acomoden,
enfaticen o distorsionen la información pagan a columnistas y locutores
expertos en engañar.
Mas el pueblo
ha encontrado el medio para recibir y entregar nuevas versiones de la
verdad. Sí, circulan muchas mentiras en
las redes, pero son gratis. Ahora, la
mentira no es patrimonio exclusivo del clero, los medios, los intelectuales y
los poderosos. Con todos sus aspectos
negativos las redes sociales están definiendo el futuro.
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