Esta columna ha tenido con frecuencia una influencia filosófica, necesaria para entender el mundo de hoy, en particular los gobiernos románticos y populistas como los que hoy hacen tanto daño a Cuba, Venezuela, Nicaragua, México y, por supuesto, a Colombia. Por eso, en la revisión diaria de la opinión de diversos periódicos colombianos, me interesó en El Espectador una columna titulada ¿Para qué sirve la filosofía?, publicada el 13 de junio de este año.
La columna citada no responde a la pregunta y, más bien, se dedica a comentar la ignorancia generalizada sobre la muerte. El columnista desconoce los avances aportados por la ciencia en este campo que han ocupado el interés de los filósofos desde el siglo XVII y lograron un inmenso desarrollo en el siglo pasado gracias a los aportes de la lingüística y la semiología. Entre los grandes estudiosos de estos temas debo citar a Martín Heidegger, Ferdinand de Saussure, Claude Lévy-Strauss y el genial Jacques Lacan.
En el campo de la neurología, aprendimos mucho de un accidente sufrido por un trabajador ferroviario llamado Phineas Gage al que una barra de hierro le atravesó la corteza cerebral prefrontal y la corteza orbitofrontal izquierdas. El resultado fue el cambio completo de la moral y el comportamiento de Phineas a tal punto que su mujer se divorció. Aunque el Nobel de Fisiología y Medicina, Erich R. Kandel enfatiza los cambios morales del hombre, es evidente que empezó a ser “otro” después del accidente.
En el campo de la ciencia, es importante citar el libro del neurólogo colombiano Rodolfo Llinás, El cerebro y el mito del yo (2003), sobre la inexistencia del yo o del sujeto de la especie humana. En consonancia con estos avances científicos, la lingüística y el psicoanálisis de Lacan marcaron todo el pensamiento filosófico del siglo pasado. Puedo afirmar que la filosofía del siglo XX fue una discusión sobre el psicoanálisis y el marxismo. El primero, renovado por Lévy-Strauss y Lacan; el segundo, no solo fue cuestionado por grandes académicos como Karl Popper sino que también fracasó en la URSS y China, aunque los mamertos colombianos no se enteraron, probablemente porque viven muy mal informados.
El sujeto no existe; el “ser” humano no muere, pero sí su cuerpo; se borra el algoritmo que nos define y que tenemos gravado en el cerebro. No hay nada después de la muerte. La creencia de que somos sujetos se determina por el lenguaje que nos lleva a vivir en un mundo simbólico conformado por las doctrinas, ideología o narrativas en las que los otros y los libros nos obligan a creer.
Ahora bien, si agregamos los descubrimientos de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad confirmamos lo anotado. Vivimos en el espacio-tiempo relativo y en un mundo constituido por energía y materia. Antes del Big Bang no había espaciotiempo ni energía. Por eso no podemos hablar de eternidad. Dime qué lees y te diré quién eres.
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