martes, 28 de septiembre de 2021

El fascismo de la papa

 


La discusión sobre las diversas tendencias políticas se centra generalmente en el aspecto ideológico y olvida el más importante, su organización. El fracaso reiterado de la izquierda en su intento por abolir el capitalismo y el régimen democrático ha llevado a sus dirigentes a buscar una opción ideológica que es completamente diferente a la propuesta por sus fundadores.

La izquierda es hoy cualquier cosa: usa las mismas estrategias de la extrema derecha, se ayuda con el discurso democrático de los derechos humanos, juega a controlar el lenguaje recurriendo a la calumnia o a las noticias falsas y, en último término, su ideología queda sometida al capricho de su líder o a sus reacciones cínicas y patológicas.

Si es imposible definir la identidad ideológica de la izquierda, un análisis de su organización, los vínculos nacionales e internacionales, sus medios de financiación y los permanentes cambios de planes y estrategias nos permiten un mejor perfil que la diferencie de nuestros partidos tradicionales.

Comencemos por esto último, los cambios permanentes de planes y estrategias. La izquierda Internacional ha llegado al extremo de montar lo que sigo considerando una revolución molecular, ideada por los marxistas franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari, pero que fue catalogada en su momento (1977) por el maoísta Alain Badiou como “el fascismo de la papa”.

La revolución molecular (RM) se fundamenta en el libro El anti-Edipo que llama “molar” a cualquier forma de sociedad ordenada, disciplinada, en que las partes contribuyen para que el todo funcione. Lo “molecular” se refiere a un rizoma, como la papa, con numerosas raíces que buscan cada una su propio camino, expresan su “deseo” particular y no son solidarias. En la RM esas moléculas o raíces son los estudiantes, la comunidad LGBTI, narcotraficantes, sindicatos, bandas criminales, mercenarios, terroristas y cualquiera frustrado en su deseo.  La RM es el fascismo de la papa.

Además, la izquierda hace parte de una organización que antes se llamaba la Internacional Socialista y hoy, para Latinoamérica, es el Foro de Sao Paulo. A ese Foro pertenecen varios partidos de izquierda como la Alianza Verde, Unión Patriótica, Marcha Patriótica, entre otros. El Foro ordena estrategias, aporta dinero y colabora en los proyectos que cada partido adelanta en su país. Venezuela, por ejemplo, colabora con los bloqueos de la primera línea y financió al partido Podemos de España.

Rusia y China hacen sus aportes en dinero, no porque compartan las ridículas ideas económicas de Petro, Maduro o Pedro Castillo, sino para proteger sus inversiones en este continente. Por otro lado, la izquierda internacional también tiene vínculos con grupos terroristas musulmanes, guerrilleros y mafiosos en todo el mundo.

Sin embargo, el éxito de la izquierda se fundamenta más en la necesidad de las gentes de ser esclavizadas que en la seducción de sus líderes: Cuba, Venezuela, Nicaragua, Argentina y Perú lo demuestran. La ignorancia y la miseria conforman el terreno fértil para que florezca el populismo.

martes, 14 de septiembre de 2021

Es lo que hay


Una página virtual publicó esta nota acompañada de la imagen de un bebé: “Tan pronto como nace se le asignan un nombre, una religión, una nacionalidad, un equipo de fútbol y una raza… Pasará el resto de su vida defendiendo una identidad ficticia”. Esa sentencia me permite profundizar su contexto seguramente desconocido por muchas de las personas que la reproducen en las redes sociales.

El escrito, parcialmente cierto, incluye numerosas falacias que sirven para promover un producto, un negocio, una pirámide, una nueva identidad o una ideología. En otras palabras, se usa para lavar cerebros o para reprogramarlos e introducirles un nuevo chip o relato. Es cierto que cuando llegamos al hogar se nos asignan numerosas identidades a través de las palabras que aprendemos, gracias al poder con que la ideología de una sociedad cualquiera dota a la familia. Para que eso no sea así, tendríamos que aislar al recién nacido, abandonarlo en la selva para que no hable y sea criado por una manada de animales. No podemos renunciar al lenguaje porque es lo que nos diferencia de los animales o nos humaniza, y con el lenguaje vienen las identidades.

No es cierto que nos pasamos la vida defendiendo una identidad ficticia. Porque las identidades son muchas y hoy, más que nunca, los jóvenes tienden a rechazarlas por la condición emocional de su edad, porque son adoctrinados en colegios o universidades y porque crecieron en internet, un mundo sin identidades.

Para muchos jóvenes, las identidades referidas en el escrito inicial y recibidas de la familia o las instituciones sociales democráticas son repugnantes. Entonces buscan otras: izquierdista, activista de la primera línea, drogadicto, negociante, guerrillero, narcotraficante, etc.; pero ignoran que toda identidad implica una relación de poder. El “sujeto” (identidad) se define por la institución que lo hace posible, lo domina y le lava el cerebro. Una relación de poder o una orden de una institución me define como cristiano, marxista, vendedor o delincuente. Identidad es la máscara que le pongo a mi yo imaginario.

Hablar de identidades ficticias supone que hay otras que son “reales”, y esa es otra gran mentira. Todo nuestro mundo es un relato, un discurso, virtual o, como decía Jaques Lacan, está conformado por tres registros: lo Real, lo imaginario y lo simbólico. Lo Real no es lo que está afuera; es lo no simbolizado, el mundo animal, de la biología y los genes, la naturaleza humana, que también nos condiciona y modifica nuestras identidades.  Lo simbólico es el mundo virtual en que vivimos y en el que recibimos las identidades al aprender a hablar (distinto al mundo virtual de internet) y que siempre tiene un componente imaginario.

La vida es el intento siempre fallido de convertir la ilusión de “ser uno mismo” en una “realidad”. Esa ilusión es la condición de posibilidad del amor, guerras, negocios, política, religión, poesía y locura. Es la vida. Es lo que hay. 

martes, 7 de septiembre de 2021

Derecha, izquierda, centro


En el campo político, la identidad de derecha, izquierda o centro es un capricho o una forma de autopercepción espontánea de los partidos para intentar engañar a los potenciales electores. Es algo parecido a lo que nuestra Corte Constitucional ha decidido sobre el género sexual: si yo me percibo como gay, transgénero, bisexual o asexual, lo soy, y lo único que debo hacer para efectuar el cambio es pedirle a un notario que lo certifique. 

 

El Partido Liberal siempre se ha avergonzado de su condición y suele creerse “de izquierda”. Liberal de izquierda es un oxímoron, pero eso no ha sido obstáculo para que partidos liberales, como el demócrata gringo, se hallan apropiado de lo políticamente correcto marxista para crear un lenguaje inclusivo, inventar un nuevo léxico, revisar la historia, destruir estatuas y “corregir” libros, películas o cuentos infantiles. Algo muy cercano al fascismo o a la teocracia talibán.

 

En esa lógica, el partido izquierdista de la comunidad LGBTI, la Alianza Verde, “se percibió” de centro con el lema de Angélica Lozano: “A vacunarse contra los extremos para el 2022”. Esa ha sido su estrategia en todos los debates electorales para seducir al pueblo que tiene otras prioridades distintas al feminismo marxista del enfoque de género, al ecologismo ideológico, al animalismo de las tiernas mascotas o a la lucha contra la corrupción de la alcaldesa que más derrocha dineros públicos para mejorar su imagen o para llenar de contratos públicos a la familia de su esposa.

 

Los, las y les Verdes se autopercibieron como la alianza de la Esperanza. El más ingenuo de los hijos de Luis Carlos Galán, Juan Manuel, se apresuró a alinearse en ese combo con liberales viejos y del Nuevo Liberalismo (también de la tercera edad). Todo el montaje apuntaba a la candidatura de Sergio Fajardo; pero el santismo y el liberalismo decidieron remplazarlo por Alejandro Gaviria según el viejo truco de poner un “payaso” decente o sin antecedentes sucios para que gobiernen los corruptos de izquierda y derecha tras el trono. 

 

El liberalismo auténtico ha sido la antítesis de la izquierda pues   ha sido adalid de las reformas mientras la izquierda va por todo. El liberalismo, por ejemplo, siempre ha buscado superar la corrupción con desarrollo económico; en cambio, la izquierda, cree ingenuamente que la solución reside en castigos más severos o en un régimen tipo Maduro, Castro u Ortega.

 

Asimismo, cuando la Primera Línea va por el poder, los sindicatos sólo buscan beneficios para sus afiliados. Los congresistas de la izquierda bloquean el Congreso cuando se discuten reformas de interés nacional y, más bien, se dedican, con el Uribismo, a aprobar reformas populistas, sin mayor trascendencia, para mantener contentas sus clientelas: más “derechos” para las damas, la comunidad LGBTI, los niños, el medio ambiente o las mascotas, “reformas” en las que casi todos estamos de acuerdo y que solo habrían requerido un acto administrativo. Ganan $32 millones mensuales por nada.