martes, 14 de enero de 2020

EL HOMBRE SIN IDENTIDAD




Las columnas dedicadas a la religión con motivo de la Navidad trajeron a mi memoria una serie de personajes fantásticos, mitológicos y reales que, aunque marginales en nuestras tradiciones judeocristianas, tienen mucho para enseñarlos acerca de lo que somos hoy. Uno de ellos es Heinrich Heine (1797 – 1856), llamado por algunos historiadores “el hombre sin identidad”.

Nació en Düsseldorf, Prusia o la Alemania de hoy, de familia judía, estudió en un liceo católico y pasó su infancia en tierras francesas; se hizo protestante, aunque rechazaba tanto el judaísmo como la Reforma, pero al final de su vida volvió a la religión de Moisés; revolucionario y conservador al mismo tiempo, judío y crítico de su raza, cristiano sin convicción, europeo y extranjero a la vez.

En su tiempo fue reconocido por los mismos germanos como el poeta más grande después de Goethe y superior a otro de sus contemporáneos, Lord Byron. Gran escritor, dependía económicamente de otros, chismoso e iconoclasta; con aparente odio a sí mismo, como era frecuente entre los judíos que renegaban de su fe para ser bautizados, nos cuenta Paul Johnson.

Heine se hizo amigo de Karl Marx en París después de 1843, quien en 1846 escribiría su texto antisemita La cuestión judía. “El dinero es el dios celoso de Israel, ante el cual ningún otro dios debe subsistir”, escribió Marx y agregó que para emancipar a los judíos y a todos los creyentes hay que acabar con todas las religiones y con el capitalismo que ellas fundan. De Heine aprendió Marx aquello de que la religión es el opio espiritual u opio del pueblo. Claro que la opinión de Heine sobre Marx era igualmente negativa: “El futuro socialista huele a sangre y a muchos, muchísimos castigos (…) pienso con miedo y horror en el momento en que esos sombríos revolucionarios asuman el poder”.

También los nazis expresarían un siglo después su rencor contra el judío que se había ganado un puesto en las letras alemanas y que formaba parte del programa académico de colegios y universidades. Trataron de destruir sus escritos, pero como no pudieron, los presentaban como de “autor anónimo”; una estatua del poeta que había pertenecido a Isabel de Baviera, la conocida Sissi, era utilizada por el ejército nazi en sus prácticas de tiro, y en París, profanaron su tumba en el cementerio de Montmartre.

Cuando medito en la personalidad de Heinrich Heine, no puedo evitar compararlo con los muchachos de nuestro tiempo que pasan una temporada en el extranjero o lo viven a través de la internet y se desarraigan; pierden su identidad, odian su patria y sus tradiciones como se odian a ellos mismos; no tienen religión, claman por una dictadura, se desviven por lo foráneo y desprecian a sus padres por el mundo que les ofrecen. Si no tengo identidad, estoy al borde de la locura o del suicidio.

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