martes, 28 de enero de 2020

EL PUEBLO ELEGIDO




A los marxistas les molesta mucho que su ideología se compare con el pensamiento religioso. No obstante, muchos autores han insistido en las analogías que obviamente han cambiado a medida que la teoría de la lucha de clases evoluciona, especialmente en el último siglo con las reformas efectuadas por Lenin, Gramsci, el estructuralista Louis Althusser o el teórico de la revolución molecular, tan de moda hoy, Félix Guattari.

Karl o Carlos Marx (1818 – 1883) nació en Tréveris, Alemania, en una familia de rabinos, cuando el antisemitismo llevaba 17 siglos en Europa. Muy pronto aprendió a odiar su religión y toda creencia en Dios; pero eso no fue obstáculo para que inventara una teoría que era un plagio de la cultura judía en que había crecido: El Capital es la Torá sin Yahvé.

En su imaginario, el pueblo elegido son los pobres de su tiempo, el proletariado explotado sin piedad en las nuevas fábricas de la primera revolución industrial. El mesías era el Partido Comunista, el nuevo clero, conformado por los intelectuales que entendieran y aplicaran “las sagradas escrituras” de El Capital. El cielo estará aquí, la final de los tiempos, en la sociedad sin clases, sin contradicciones y en paz, un cielo imposible que más parece un sepulcro. Y, obvio, el mismo Marx era Moisés, con los mandamientos necesarios para construir el hombre nuevo.

Si miramos el nacimiento del cristianismo, notaremos que el esquema fue el mismo. Saulo o Pablo de Tarso, vendedor o fabricante de tiendas, era judío también. El pueblo elegido estaba conformado entonces por los esclavos y pobres del Imperio Romano. La arqueología nos ha mostrado claros signos de desnutrición en los restos humanos encontrados en la Galilea del siglo I

Las religiones siempre ha sido una mitología que logra convencer a un grupo importante de personas y que se presenta como una esperanza para los que no la tienen. Esto pasó con los judíos del siglo V a. C. que regresaron del exilio a reconstruir su amada Jerusalén, después de haber recibido por varios siglos garrote de las naciones vecinas, como lo siguen recibiendo hoy sin que Yahvé cumpla su promesa de regalarles una tierra en paz.

Sigamos. Hacia el año 1500, cuando España prometía ser la gran nación de Europa apenas ocho años después del primer viaje de Cristóbal Colón, surgió el cuento de que allí vivía el nuevo pueblo preferido del Señor. Fue por siglos el pueblo más pobre e ignorante de Europa que había estado sometido al infiel musulmán, pero que ahora se levantaba gracias a su Dios.

Como los gringos no se podían quedar atrás, el Libro del Mormón cuenta que ellos descienden de las tribus perdidas de Israel. En el siglo XX, un hombre se encontraba en la cárcel y soñó que los alemanes, los arios, eran los predilectos de los dioses. La realización de su sueño implicaba desaparecer al pueblo judío.

jueves, 23 de enero de 2020

EL PIN PARENTAL




Una norma ha establecido que la educación sexual se dictará en España socialista conforme a los patrones o criterios establecidos por la ideología de la comunidad LGBTI o el feminismo radical porque “los padres homofóbicos no son propietarios de sus hijos”. Esa educación, además, tiene un carácter transversal, es decir, aplica para todas las materias. En términos prácticos, la historia, la filosofía, la biología, las ciencias sociales, etc. tienen que reescribirse en aras de la inclusión para erradicar de la cultura todo vestigio de heterosexualidad y de la familia patriarcal, tal como le conviene al neomarxismo.

No se enseñarán en filosofía, por ejemplo, las teorías de los machistas Aristóteles, Descartes, Hegel o Heidegger y se dará prelación a los textos de la lesbiana y marxista norteamericana Judith Butler o al español, profesor de La Sorbona, transgénero y marxista, Paul Beatriz Preciado. En las clases de biología se suprimen los recientes descubrimientos que muestran la identidad de género o sexual condicionada por factores genéticos, hereditarios y cognitivos que dejan sin soporte los dogmas de Butler y Preciado.

La comunidad de Murcia, apoyada por las mayorías de la derecha, se rebeló contra la norma del gobierno socialista y propuso un pin o una autorización de los padres para que los chicos puedan ser sometidos a la que consideran una nueva forma de adoctrinamiento. Se espera que Andalucía y la comunidad de Madrid asuman la misma posición. El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, declaró irritado: “Saquen sus manos de nuestras familias”. Funcionarios del Gobierno de Sánchez e Iglesias calificaron a los opositores de “fascistas” y “homofóbicos”.

Recordemos que cuando Gustavo Petro introdujo esa metodología en los colegios de Bogotá, los funcionarios encargados la justificaban porque se trataba de abolir el adultocentrismo de la familia y de dar una nueva educación sexual género único, con el peregrino argumento de que cada niño de preescolar y primaria es libre de escoger su género sexual. Es la misma tesis falsa repetida por nuestra Corte Constitucional colombiana.

Con un lenguaje complicadísimo, que muchas veces no entienden bien los mismos promotores de esta ideología, se quiere ocultar los negocios de multinacionales que financian la campaña, según las denuncias de Agustín Laje en El libro negro de la nueva izquierda. Asimismo, con el cuento de la tolerancia y el lenguaje incluyente se ocultan los objetivos últimos de su proyecto, abiertamente neonazis y ridículos, como es negar a los padres la educación de los hijos para que la asuma su nueva escuela totalitaria.

Lo más dramático es el carácter inhumano del marco teórico de la ideología de género, denunciado por grandes pensadores de nuestro tiempo, como el profesor de La Sorbona Jean-François Braunstein:  a los defensores de esta ideología de género “les falta un tornillo”, afirma. Negar la diferencia de los sexos y el tabú del incesto es el camino de la perversión; es el caos; es la dictadura del género único.



   

martes, 14 de enero de 2020

EL HOMBRE SIN IDENTIDAD




Las columnas dedicadas a la religión con motivo de la Navidad trajeron a mi memoria una serie de personajes fantásticos, mitológicos y reales que, aunque marginales en nuestras tradiciones judeocristianas, tienen mucho para enseñarlos acerca de lo que somos hoy. Uno de ellos es Heinrich Heine (1797 – 1856), llamado por algunos historiadores “el hombre sin identidad”.

Nació en Düsseldorf, Prusia o la Alemania de hoy, de familia judía, estudió en un liceo católico y pasó su infancia en tierras francesas; se hizo protestante, aunque rechazaba tanto el judaísmo como la Reforma, pero al final de su vida volvió a la religión de Moisés; revolucionario y conservador al mismo tiempo, judío y crítico de su raza, cristiano sin convicción, europeo y extranjero a la vez.

En su tiempo fue reconocido por los mismos germanos como el poeta más grande después de Goethe y superior a otro de sus contemporáneos, Lord Byron. Gran escritor, dependía económicamente de otros, chismoso e iconoclasta; con aparente odio a sí mismo, como era frecuente entre los judíos que renegaban de su fe para ser bautizados, nos cuenta Paul Johnson.

Heine se hizo amigo de Karl Marx en París después de 1843, quien en 1846 escribiría su texto antisemita La cuestión judía. “El dinero es el dios celoso de Israel, ante el cual ningún otro dios debe subsistir”, escribió Marx y agregó que para emancipar a los judíos y a todos los creyentes hay que acabar con todas las religiones y con el capitalismo que ellas fundan. De Heine aprendió Marx aquello de que la religión es el opio espiritual u opio del pueblo. Claro que la opinión de Heine sobre Marx era igualmente negativa: “El futuro socialista huele a sangre y a muchos, muchísimos castigos (…) pienso con miedo y horror en el momento en que esos sombríos revolucionarios asuman el poder”.

También los nazis expresarían un siglo después su rencor contra el judío que se había ganado un puesto en las letras alemanas y que formaba parte del programa académico de colegios y universidades. Trataron de destruir sus escritos, pero como no pudieron, los presentaban como de “autor anónimo”; una estatua del poeta que había pertenecido a Isabel de Baviera, la conocida Sissi, era utilizada por el ejército nazi en sus prácticas de tiro, y en París, profanaron su tumba en el cementerio de Montmartre.

Cuando medito en la personalidad de Heinrich Heine, no puedo evitar compararlo con los muchachos de nuestro tiempo que pasan una temporada en el extranjero o lo viven a través de la internet y se desarraigan; pierden su identidad, odian su patria y sus tradiciones como se odian a ellos mismos; no tienen religión, claman por una dictadura, se desviven por lo foráneo y desprecian a sus padres por el mundo que les ofrecen. Si no tengo identidad, estoy al borde de la locura o del suicidio.

viernes, 10 de enero de 2020

EL MARXISMO HOY




Hace dos años el periódico El Tiempo lanzó una colección de filosofía con aproximadamente 50 ejemplares introductorios, editada en España, que me pareció muy didáctica al menos en los textos que he leído; pero cuando enfrenté El marxismo hoy, escrito por Carlos Fernández Liria, me decepcionó por su carácter panfletario, dedicado más a adoctrinar o engañar que a presentar un análisis serio.

En resumen, muestra cómo la ideología de izquierda reconoce su fracaso en el siglo pasado por una mala interpretación de El capital, de Karl Marx, y por haber olvidado una nota marginal en la que se insinuaba el estructuralismo moderno. El viejo marxismo, ese con el que nos adoctrinaron por muchos años y que inspiró a los grandes genocidas del siglo XX, y que ahora se llama “escolástico”, no va más. 

En su versión moderna, el marxismo tiene dos pioneros: Antonio Gramsci (1891-1937) y Louis Althusser (1918-1990). No se trata ahora de tomar el poder por acción de la guerrilla o de un golpe de Estado, con la colaboración de los sindicatos; el objetivo es aprovechar las facilidades que ofrecen los regímenes democráticos para participar en elecciones, pero sobre todo para controlar la ideología del pueblo o el sentido común hasta lograr que las mayorías se identifiquen con el partido comunista. En esta perspectiva el control de colegios, universidades, medios y redes sociales es prioritario, como también el acompañamiento de los intelectuales y el movimiento estudiantil.

“Como el capitalismo -dice el autor- es incompatible con el estado derecho”, el plan para la toma del poder va orientado a conservar la república, ese estado de derecho, pero sin elecciones y sin partidos porque son contralados por la burguesía: “es imposible ya defender al mismo tiempo la condición ciudadana y el capitalismo sin movilizar inmensas dosis de mala fe”. ¡Qué tal este “genio”!

Me impresionaron del texto la torpe presentación que hace del estructuralismo y las contradicciones en que incurre todo el escrito con esa teoría, lo que ya se puede ver en este rápido resumen. Si la sociedad capitalista es un todo estructural con una economía de libre mercado y una organización democrática, ¿cómo van a quedarse los mamertos solo con un pedazo de la superestructura o ideología, que es el orden jurídico y constitucional, para encajarlo con nuevos elementos ideológicos y una nueva organización económica socialista? O no entiende el autor lo que es una estructura, en los términos de Althusser, o piensa que los lectores somos tontos.
Otro aspecto en que se revela la pobreza conceptual del libro es en la discusión que plantea con relación a la crítica que se le hace al estructuralismo por su condición inhumana que es evidente. Me explico: si toda relación humana es estructural, es decir, si el ser humano queda reducido a un elemento simbólico o a un algoritmo, no existe la persona humana, sujeto de derechos