lunes, 18 de junio de 2018

EL ODIO A LOS RICOS



Todo este cuento comenzó cuando el cristianismo nos enseñó que era mejor ser pobre que rico, como en la parábola del rico Epulón y el mendigo Lázaro o como en las bienaventuranzas o como en la prelación que tendrán los pobres en el cielo. Con ese condicionamiento de nuestra mente fue muy fácil para los marxistas hacernos creer, después del triunfo de la Revolución cubana en 1959, que los buenos son los proletarios y, los malos, los burgueses.

Pocos años antes de que el Marxismo se hiciera fuerte en las universidades oficiales y se convirtiera en el opio de nuestros intelectuales, el dictador Gustavo Rojas Pinilla había tomado el poder con la dialéctica de la papa y la yuca (precedente de la dialéctica del aguacate) y había convencido a los desposeídos con subsidios y alimentación gratis en los colegios(como en la Bogotá humana) de que la salvación había llegado. Petro se formó en la ANAPO, el partido de Rojas.

Petro fue fuerte en sectores muy deprimidas como en la costa pacífica y en dos departamentos de la atlántica, pero superado por Duque en las zonas cultas  y prósperas de las ciudades, con la excepción de Bogotá. Los pobres no tienen otra referencia para interpretar el discurso del candidato que el sermón dominical y por eso caen en la trampa. Petro lo comprendió y corrió a decir después de la primera vuelta que era católico, cuando hace apenas dos meses se presentaba como ateo o respondía que practica el cristianismo para eludir así la pregunta sobre Dios.

No podemos reducir el odio a los poderosos solo a factores religiosos. Debe haber otros motivos, más o menos inconscientes, que hacen tan atractivas para los miserables, y para los que no lo son, las promesas populistas. Por ejemplo, como necesitamos proyectar en otro nuestros problemas y fracasos, el candidato logra su objetivo cuando señala a las oligarquías como responsables por su corrupción. El populista es generalmente un rico “bueno” de origen humilde y  un experto en despertar la envidia, uno de los determinantes de nuestra conducta.

¿Qué lleva a personas de clase media a sumarse al rencor contra los oligarcas y a dar su voto indistintamente a los populistas de izquierda o derecha?  Si en sus negocios se lucran con las oportunidades e injusticias de nuestra maltrecha democracia, ¿por qué sentimiento de culpa inconsciente se incluyen en la lista de los oprimidos con derecho a despreciar a los burgueses?  No son pobres, pero se sienten miserables, y el desprecio por ellos mismos lo proyectan en los estratos superiores. Viven como ricos en Colombia, pero añoran una Venezuela.

Otro aspecto del odio a los ricos es su curiosa posibilidad de concentrarse en una sola persona: un Judas. Muchos de los votos por Petro no expresan rencor a las oligarquías;  recogen exclusivamente el odio a Álvaro Uribe Vélez, amado por millones de colombianos y responsable, en la permanente campaña de los mamertos, de todo lo malo que ha sucedido en Colombia. Nuestro “chivo expiatorio” perfecto, cuyo sacrificio borrará todos nuestros pecados.  ¡Aleluya, Aleluya!


No hay comentarios:

Publicar un comentario