La cultura o la identidad de una nación se construye sobre una serie de mitos aceptados por todos como verdades absolutas. Recordemos, por ejemplo, el mito del buen salvaje. Se presenta al indígena o antepasado como un ser puro, no contaminado y sin malicia que debe ser protegido de las malas influencias de nuestra civilización y del desarrollo. Se dice que tienen una conciencia superior cuando en realidad son iguales a nosotros.
J. J. Rousseau se imaginó que “el individuo nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Sin embargo, muchas disciplinas modernas desde el psicoanálisis, la teoría de la evolución y muchas otras han cuestionado ese principio. No somos genética o esencialmente buenos; soy una creación imaginaria de los otros con la capacidad de ser bueno o malo en determinadas circunstancias.
También aceptamos la falacia de los jóvenes buenos, esperanza de la sociedad, llamados a resolver los problemas que los mayores hemos creado. Un estudio realizado por la Asociación para la Evaluación del Logro Educativo en varios países latinoamericanos, incluido Colombia, sobre los valores o actitudes de los muchachos mostró que las cosas no son así.
Nuestros adolescentes, en una mayoría superior al 70 por ciento, desprecian la democracia y prefieren el establecimiento de una dictadura; además, entre el 20 y 50 por ciento de ellos justifican la corrupción y estarían dispuestos a realizar actos criminales para favorecer sus intereses o los de su familia.
En este contexto podemos analizar los desórdenes ocurridos en Manizales con ocasión de un debate entre los aspirantes a la presidencia de la República que debía realizarse en el teatro de Los Fundadores. El candidato Vargas Lleras acusó a los seguidores de Gustavo Petro de los ataque de palabra y de hecho sufridos por él, su hija e Iván Duque, del Centro Democrático.
Aunque un noticiero de televisión habló de miles de amotinados, los vídeos solo mostraban un grupo menor de un centenar. Se informó que algunos colegios de la ciudad habían enviado al grado once para que participaran en el evento a sabiendas de que no tendrían boletas porque las mismas ya habían sido repartidas entre los partidos convocados. No se informó si las autoridades de educación habían investigado a los colegios que facilitaron la acción de los vándalos.
Muchos jóvenes de universidades y colegios públicos que odian la democracia están dispuestos a votar por un dictador, tal como lo hicieron en Venezuela, Nicaragua o Bolivia. Ellos son quienes se afilian a Estado Islámico o a cualquier otra causa terrorista; ellos crearon, inspirados por sus maestros, las guerrillas en todo el mundo. Son las hordas de Petro.
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