Para la
inmensa mayoría de los colombianos no tiene mucho interés el texto La llamada
de la tribu, escrito por el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa pues
trata de los filósofos o intelectuales que lo orientaron en el cambio de su
posición política socialista por otra liberal y democrática. Es más bien un texto para una minoría con la
formación académica necesaria para entenderlo. Es obvio que la izquierda culta
no lo va a leer tampoco.
Tanto en la
educación media como universitaria no se le ha dado la suficiente importancia
al estudio de los pensadores liberales y se ha privilegiado el conocimiento del
marxismo. Recuerdo que en mis estudios de derecho en la Universidad Libre tuve
que suportar en mediocre curso de marxismo dictado por una sicóloga, pero nunca
se habló de la economía académica convencional. Asimismo, un posgrado que
realicé en la UTP tenía como base teórica la escolástica medieval y el materialismo
dialéctico, y estoy hablando de 1996. Horror.
De todos
modos, el libro de Vargas Llosa es extemporáneo y en nada se relaciona con la
campaña electoral colombiana ni con las propuestas de la izquierda
latinoamericana. Es extemporáneo porque los partidos de izquierda no se rigen
por los criterios clásicos del marxismo y, más bien, obedecen a un populismo
improvisado. Así, Hugo Chávez, por ejemplo, se declaraba marxista, pero admitía
que nunca había leído a Carlos Marx. Y el conductor de buses, Evo que no lee o
el bárbaro Ortega de Nicaragua tampoco lo conocen.
De allí que
el marxismo de hoy es muy distinto al que enfrentaron Karl Popper, Raymond
Aron, Isaías Berlin y el mismo Friedrich von Hayek que inspiran a Vargas Llosa.
El marxismo de hoy no se diferencia mucho del centro y de la derecha que
también intentan engañar al elector con todo tipo de subsidios que nunca podrán
cumplir a no ser que quieran acabar con nuestra economía.
En filosofía
marxista hay al menos tres niveles: el académico, al que solo acceden los
expertos; el popular o mundano en el que vivimos los aficionados y los
literatos como Vargas Llosa, y un tercer nivel, el burdo de las reuniones
sociales, las redes y los taxistas. Por
ello no se pueden ignorar los intentos que los intelectuales marxistas por
mejorar el discurso y adaptarlo a otras corrientes de pensamiento o a la
ciencia, como tampoco, sus coqueteos con la ecología que tan buenos resultados
electorales les han reportado a los Verdes y a Petro entre los muchachos.
Me sorprenden,
por estos días, los documentales, artículos de prensa y conferencias que
insisten en las bondades del marxismo, cuando en realidad nos ha dejado muchos
millones de muertos y desplazados, terrorismo y hambre, más millares de niños
secuestrados y violados. Como escribió Raymond Aron, “el marxismo es el opio de
los intelectuales” … y otro opio del pueblo, digo yo.
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