jueves, 17 de mayo de 2018

COLOMBIA HUMANA




El candidato Gustavo Petro se molestó y me trató mal cuando en twitter intenté de mostrarle la contradicción implícita en su lema de campaña “Colombia humana”. Ese eslogan parece escrito por el filósofo Hegel o por un ideólogo de derecha y no por un revolucionario de izquierda, decía mi comentario, palabras más o menos.  Como casi todos los colombianos me equivoqué al catalogar a Petro de marxista debido a que nos acostumbramos a identificar a todo guerrillero con la izquierda; en realidad, Petro ha militado toda su vida en la derecha.

A la edad de 17 años se vinculó a la guerrilla derechista del M-19 y cuatro años después fue personero de Zipaquirá y concejal por la ANAPO, la Alianza Nacional Popular, el partido de exdictador Gustavo Rojas Pinilla, cuyos nietos Samuel e Iván Moreno Rojas fueron a la cárcel por corrupción. También muestra sus simpatías con la derecha un diplomado que hizo en la muy católica universidad de Lovaina, circunstancia que explicaría su defensa de la doctrina social de la iglesia en la campaña por la alcaldía de Bogotá. Ahora dice que es keynesiano.

Del marxismo, el plan de gobierno de Petro solo conserva el odio de clases tal como lo estimuló cuando fue alcalde de Bogotá; ahora su dialéctica del aguacate repite los acuerdos de paz y engaña a los campesinos con la promesa de un pedazo de tierra expropiado a los ricos, programa sin sentido en la época de la globalización y de la tecnología en la que ser dueño de una cuadra no garantiza nada.

Pero la confusión entre derecha e izquierda no es solo nuestra.  El peronismo de extrema derecha utilizó a los sindicatos para tomar el poder y hoy es aliado de Maduro, Evo que no lee y Ortega. Las formas extremas de derecha e izquierda se identifican. Si para los nazis la historia era una lucha de razas, para la izquierda era una lucha de clases orientada a estigmatizar al burgués y deshumanizarlo.

Es completamente lógico que el lema “Colombia humana”, de claro contenido derechista, haya sido asumido por Petro, aunque los muchachos entre 18 y 24 años, el único grupo etario en el que Duque no lo supera, no sepan de qué estamos hablando.  O no les importa, porque ese mismo grupo prefiere una dictadura a una democracia como mostré en otra nota.

Aclaro ahora mi error. En una visión moderna y estructural del marxismo, el proletario y el burgués se definen por la posición que ocupan en la organización económica capitalista; en cambio, en la visión idealista de Hegel y de la Ilustración, que inspiró la revolución francesa democrática y burguesa, su condición humana les garantiza el reconocimiento como personas y como sujetos de todos los derechos constitucionales, sean asalariados o no.   El proyecto de Petro solo tiene de humano el nombre.


LAS HORDAS DE PETRO



La cultura o la identidad de una nación se construye sobre una serie de mitos aceptados por todos  como verdades absolutas. Recordemos, por ejemplo, el mito del buen salvaje. Se presenta al indígena o antepasado como un ser puro, no contaminado y sin malicia que debe ser protegido de las malas influencias de nuestra civilización y del desarrollo. Se dice que tienen una conciencia superior cuando en realidad son iguales a nosotros.

J. J. Rousseau se imaginó que “el individuo nace bueno y la sociedad lo corrompe”.  Sin embargo, muchas disciplinas modernas desde el psicoanálisis, la teoría de la evolución y muchas otras han cuestionado ese principio. No somos genética o esencialmente buenos; soy una creación imaginaria de los otros con la capacidad de ser bueno o malo en determinadas circunstancias.

También aceptamos la falacia de los jóvenes buenos, esperanza de la sociedad, llamados a resolver  los problemas que los mayores hemos creado.  Un estudio realizado por la Asociación para la Evaluación del Logro Educativo en varios países latinoamericanos, incluido Colombia, sobre los valores o actitudes de los muchachos mostró que las cosas no son así. 

Nuestros adolescentes, en una mayoría superior al 70 por ciento, desprecian la democracia y prefieren el establecimiento de una dictadura; además, entre el  20 y 50 por ciento de ellos justifican la corrupción y estarían dispuestos a realizar actos criminales para favorecer sus intereses o los de su familia.

En este contexto podemos analizar los desórdenes ocurridos en Manizales con ocasión de un debate entre los aspirantes a la presidencia de la República que debía realizarse en el teatro de Los Fundadores. El candidato Vargas Lleras acusó a los seguidores de Gustavo Petro de los ataque de palabra y de hecho sufridos por él, su hija e Iván Duque, del Centro Democrático.

Aunque un noticiero de televisión habló de miles de amotinados, los vídeos solo mostraban un grupo menor de un centenar. Se informó que algunos colegios de la ciudad habían enviado al grado once para que participaran en el evento a sabiendas de que no tendrían boletas porque las mismas ya habían sido repartidas entre los partidos convocados. No se informó si las autoridades de educación habían investigado a los colegios que facilitaron la acción de los vándalos.


Muchos jóvenes de universidades y colegios públicos que odian la democracia están dispuestos a votar por un dictador, tal como lo hicieron en Venezuela, Nicaragua o Bolivia. Ellos son quienes se afilian a Estado Islámico o a cualquier otra causa terrorista; ellos crearon, inspirados por sus maestros, las guerrillas en todo el mundo. Son las hordas de Petro. 

sábado, 12 de mayo de 2018

EL LIBRO DE VARGAS LLOSA




Para la inmensa mayoría de los colombianos no tiene mucho interés el texto La llamada de la tribu, escrito por el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa pues trata de los filósofos o intelectuales que lo orientaron en el cambio de su posición política socialista por otra liberal y democrática.  Es más bien un texto para una minoría con la formación académica necesaria para entenderlo. Es obvio que la izquierda culta no lo va a leer tampoco.

Tanto en la educación media como universitaria no se le ha dado la suficiente importancia al estudio de los pensadores liberales y se ha privilegiado el conocimiento del marxismo. Recuerdo que en mis estudios de derecho en la Universidad Libre tuve que suportar en mediocre curso de marxismo dictado por una sicóloga, pero nunca se habló de la economía académica convencional. Asimismo, un posgrado que realicé en la UTP tenía como base teórica la escolástica medieval y el materialismo dialéctico, y estoy hablando de 1996. Horror.

De todos modos, el libro de Vargas Llosa es extemporáneo y en nada se relaciona con la campaña electoral colombiana ni con las propuestas de la izquierda latinoamericana. Es extemporáneo porque los partidos de izquierda no se rigen por los criterios clásicos del marxismo y, más bien, obedecen a un populismo improvisado. Así, Hugo Chávez, por ejemplo, se declaraba marxista, pero admitía que nunca había leído a Carlos Marx. Y el conductor de buses, Evo que no lee o el bárbaro Ortega de Nicaragua tampoco lo conocen.

De allí que el marxismo de hoy es muy distinto al que enfrentaron Karl Popper, Raymond Aron, Isaías Berlin y el mismo Friedrich von Hayek que inspiran a Vargas Llosa. El marxismo de hoy no se diferencia mucho del centro y de la derecha que también intentan engañar al elector con todo tipo de subsidios que nunca podrán cumplir a no ser que quieran acabar con nuestra economía.

En filosofía marxista hay al menos tres niveles: el académico, al que solo acceden los expertos; el popular o mundano en el que vivimos los aficionados y los literatos como Vargas Llosa, y un tercer nivel, el burdo de las reuniones sociales, las redes y los taxistas.  Por ello no se pueden ignorar los intentos que los intelectuales marxistas por mejorar el discurso y adaptarlo a otras corrientes de pensamiento o a la ciencia, como tampoco, sus coqueteos con la ecología que tan buenos resultados electorales les han reportado a los Verdes y a Petro entre los muchachos.

Me sorprenden, por estos días, los documentales, artículos de prensa y conferencias que insisten en las bondades del marxismo, cuando en realidad nos ha dejado muchos millones de muertos y desplazados, terrorismo y hambre, más millares de niños secuestrados y violados. Como escribió Raymond Aron, “el marxismo es el opio de los intelectuales” … y otro opio del pueblo, digo yo.