Los pobres
tienen el poder que les da el hecho de ser mayoría; pero no saben aprovecharlo.
Son los
pobres quienes eligen nuestros gobernantes cuando venden su voto por $20.000 o
por un tamal; también, cuando votan por el político que les dio un subsidio,
convencidos de que fue un acto de generosidad y no saben que se trataba de una
coartada. Uribe Vélez, Juan Manuel Santos y Gustavo Petro y muchos otros tienen
en el subsidio su mejor forma de engañar al elector. Familias en acción, casas
gratis, Bogotá sin hambre, el agua subsidiada o rebaja en los pasajes de
Transmilenio son alguna de las formas del fraude.
El subsidio
es la mejor estrategia del populismo de derecha o de izquierda. Por eso nos
llenamos de gobernantes izquierdosos en el momento en que los precios del
petróleo, los minerales y otros recursos naturales estaban por las nubes.
Hicieron su agosto, pero cuando la plata se acabó, entraron en crisis, Correa
salió corriendo, Venezuela se muere de hambre, Lula va para la cárcel y
Argentina aplica dolorosas medidas de restricción del gasto público para
corregir las barbaridades de los Kirchner.
Estamos en un
momento crucial de la historia de Colombia en el que la mayoría sedienta de
justicia y subsidios podrán imponer el nuevo presidente de la República. Es la
dialéctica del tamal contra la Colombia humana. Dos corrupciones juegan sus
cartas marcadas para motivar a los pobres porque los cultos, los intelectuales
o las clases medias y altas no les importan esas pequeñeces. No es el
espectáculo de la democracia; es el sainete de los tontos.
Sin embargo,
en este panorama desolador aparece otro personaje de todas las clases sociales,
pero igual de estúpido, decidido a depositar su voto irracional, aunque en el
pasado solo estaba activo en las redes sociales. Son los muchachos que no
entienden lo que leen (cuando leen), que se formaron en universidades y
colegios públicos cuando la academia estaba en manos de los intelectuales y
maestros de izquierda. No necesitan subsidios, quizás, pero han encontrado la
oportunidad de liberarse de sus frustraciones y resentimientos mediante la
proyección de su rabia contra las viejas castas políticas corruptas.
Sí, en manos
de los pobres, siempre engañados, y de los jóvenes ingenuos, está el futuro de
la Nación. Quienes conocen el fraude de
los redentores que van acabar con la corrupción sin resolver el problema del
desarrollo no cuentan para nada en esta película; el populismo dejará sin
argumentos la academia; será el triunfo de la ideología sobre la ciencia; los
misioneros se burlarán de los científicos, otra vez.
Es tal la
incertidumbre que ningún experto se imagina lo que va a pasar en las elecciones
que se avecinan. El espejo de Venezuela
no ha servido para que los seguidores de Petro, Claudia López y Fajardo
entiendan…
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