jueves, 3 de agosto de 2017

NO QUIERO SER MINISTRO




“Eso debe ser otro enredo de esos en que te metes por hacer denuncias en La Tarde”,  sentenció muy seria mi esposa cuando le conté que acababa de recibir una misteriosa llamada de un comandante del M-19 y me invitaba a una cita en el centro de Pereira. Eran los tiempos de la presidencia de César Gaviria Trujillo, cuando Antonio Navarro Wolff fungía como ministro de salud.  Mi respuesta fue muy clara, pues no tenía ningún interés en ser el jefe del Servicio Seccional de Salud que me ofrecía Navarro Wolff por medio de sus emisarios: simplemente conocía los juegos turbios de la política colombiana que a usted lo obligan a “comer callado” y a renunciar a las buenas intenciones.

Es la misma respuesta que tengo para el Presidente Juan Manuel Santos si me ofrece algún ministerio.  Sé, por ejemplo, que los ministerios son las mejores plantas productoras de “mermelada” para comprar las conciencias de los parlamentarios mediante la adjudicación de contratos que no tienen otro objetivo que facilitar su enriquecimiento  aunque para ello deban engañar a los niños más pobres en los restaurantes escolares.  Y después, como le acaba de suceder a Gina Parody,  el titular de la cartera tiene que salir a representar un papelón ante los medios y gritar, sorprendido, que las mafias se han apoderado de los contratos. 

Luego, los contratistas cambian la razón social o el nombre a sus empresas delictivas y los contratos regresan a los  mismos oscuros personajes mientras las redes sociales aplauden al gobierno “honesto” para que el ministro salga a recibir muchos votos en las próximas elecciones.  Es la política como espectáculo; es la estupidez de la platea.

Tampoco acepto, Señor Presidente, la Dirección del ICBF en el que se repite la misma historia: vinculación fraudulenta de beneficiarios; nombramientos ordenados por el congresista para favorecer a su clientela con títulos falsos; adjudicación de subsidios a muchas personas que no los necesitan; enriquecimiento del congresista y sus testaferros con la miseria de los más pobres.


Lo más lamentable de este cuento reside en el hecho de tanto el Ministerio de Educación y la Directora del ICBF guardaron silencio, y lo habrían mantenido  en el caso de la alimentación de los niños, si no hubiera sido por las investigaciones de los organismos de control como la Contraloría, la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo.  Entonces, ambas señoras salieron en coro a señalar a unas mafias.  Y ellas… inocentes.

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