“Eso debe ser otro enredo de esos en que te metes por
hacer denuncias en La Tarde”, sentenció
muy seria mi esposa cuando le conté que acababa de recibir una misteriosa
llamada de un comandante del M-19 y me invitaba a una cita en el centro de
Pereira. Eran los tiempos de la presidencia de César Gaviria Trujillo, cuando
Antonio Navarro Wolff fungía como ministro de salud. Mi respuesta fue muy clara, pues no tenía
ningún interés en ser el jefe del Servicio Seccional de Salud que me ofrecía
Navarro Wolff por medio de sus emisarios: simplemente conocía los juegos
turbios de la política colombiana que a usted lo obligan a “comer callado” y a
renunciar a las buenas intenciones.
Es la misma respuesta que tengo para el Presidente
Juan Manuel Santos si me ofrece algún ministerio. Sé, por ejemplo, que los ministerios son las
mejores plantas productoras de “mermelada” para comprar las conciencias de los
parlamentarios mediante la adjudicación de contratos que no tienen otro
objetivo que facilitar su enriquecimiento
aunque para ello deban engañar a los niños más pobres en los
restaurantes escolares. Y después, como
le acaba de suceder a Gina Parody, el
titular de la cartera tiene que salir a representar un papelón ante los medios
y gritar, sorprendido, que las mafias se han apoderado de los contratos.
Luego, los contratistas cambian la razón social o el
nombre a sus empresas delictivas y los contratos regresan a los mismos oscuros personajes mientras las redes
sociales aplauden al gobierno “honesto” para que el ministro salga a recibir
muchos votos en las próximas elecciones.
Es la política como espectáculo; es la estupidez de la platea.
Tampoco acepto, Señor Presidente, la Dirección del
ICBF en el que se repite la misma historia: vinculación fraudulenta de
beneficiarios; nombramientos ordenados por el congresista para favorecer a su
clientela con títulos falsos; adjudicación de subsidios a muchas personas que
no los necesitan; enriquecimiento del congresista y sus testaferros con la
miseria de los más pobres.
Lo más lamentable de este cuento reside en el hecho de
tanto el Ministerio de Educación y la Directora del ICBF guardaron silencio, y
lo habrían mantenido en el caso de la
alimentación de los niños, si no hubiera sido por las investigaciones de los
organismos de control como la Contraloría, la Procuraduría y la Defensoría del
Pueblo. Entonces, ambas señoras salieron
en coro a señalar a unas mafias. Y
ellas… inocentes.
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