jueves, 10 de agosto de 2017

EL ENGAÑO DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO



Cuando el presidente Santos y su ministra de educación, la impoluta Parody, declararon que la ideología de género no existe, la discusión se cerró a pesar de las dudas al respeto y la total oposición de las comunidades cristianas a las cartillas avalada por la ONU para modificar los manuales de convivencia en los colegios.

La identidad de género está determinada por la cultura, según pontificaba la cartilla, es decir, no está condicionada por la biología o la genética. De allí que la cartilla autorizaba a los niños usar indistintamente prendas masculinas o femeninas porque la cultura patriarcal o machista no tiene derecho a inmiscuirse en las elecciones de cada uno.  Nunca se había legitimado la perversión de esa forma tan ingenua.

Esta ideología o teoría de género se parece mucho a la antigua versión escolástica o cristiana que también consideraba dos elementos constitutivos del hombre, completamente independientes el uno del otro: el cuerpo y el alma.  Se nos enseñaba que el alma tiene funciones específicas en las que no participa el cuerpo, como la inteligencia y la voluntad.  En cambio, la sexualidad es una función puramente biológica o animal exclusiva del cuerpo; por eso se la consideraba sucia, mala y contraria al espíritu.

La propuesta de las cartillas de Gina cae en la falacia del solipsismo: el niño o la niña puede definir por sí mismo, sin ninguna otra injerencia, sus inclinaciones eróticas o su rol de género al margen de toda influencia social.  Si la identidad de género es cultural, como asegura Colombia Diversa, la biología en nada la determina y lo que se pretende es que tampoco la cultura lo haga.  Como se ve, es una visión absurda pues no existe un individuo humano absolutamente independiente de la influencia de los otros. Sería algo así como un espíritu puro.

El filósofo Robert Redeker, en su libro Bienaventurada vejez, rechaza la teoría o ideología de género, “la que sin lugar a dudas existe”, dice y luego agrega: “El género es una construcción, un maquillaje social puesto sobre la naturaleza para negar el sexo”.  En el mismo sentido se ha expresado la ciencia médica.  No se ha podido determinar con claridad en cada caso hasta dónde llega la influencia de la biología y hasta dónde va la cultura o la influencia de los otros o de los registros imaginario y simbólico.

Estamos seguros de que ambos elementos, lo genético y lo cultural, se afectan y modifican mutuamente.  Sabemos, por ejemplo, que la estructura misma del cerebro se cambia por las influencias culturales y que el rol de madre tiene sus condicionantes biológicos y hormonales, aunque la comunidad LGBTI no lo acepte porque se queda sin soporte su discurso.

Fueron muchos los columnistas de prensa, profesores e intelectuales que salieron a defender esa barbaridad de las cartillas del MEN.

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