Cuando el
presidente Santos y su ministra de educación, la impoluta Parody, declararon
que la ideología de género no existe, la discusión se cerró a pesar de las
dudas al respeto y la total oposición de las comunidades cristianas a las
cartillas avalada por la ONU para modificar los manuales de convivencia en los
colegios.
La identidad
de género está determinada por la cultura, según pontificaba la cartilla, es
decir, no está condicionada por la biología o la genética. De allí que la
cartilla autorizaba a los niños usar indistintamente prendas masculinas o
femeninas porque la cultura patriarcal o machista no tiene derecho a
inmiscuirse en las elecciones de cada uno.
Nunca se había legitimado la perversión de esa forma tan ingenua.
Esta
ideología o teoría de género se parece mucho a la antigua versión escolástica o
cristiana que también consideraba dos elementos constitutivos del hombre,
completamente independientes el uno del otro: el cuerpo y el alma. Se nos enseñaba que el alma tiene funciones
específicas en las que no participa el cuerpo, como la inteligencia y la
voluntad. En cambio, la sexualidad es
una función puramente biológica o animal exclusiva del cuerpo; por eso se la
consideraba sucia, mala y contraria al espíritu.
La propuesta
de las cartillas de Gina cae en la falacia del solipsismo: el niño o la niña
puede definir por sí mismo, sin ninguna otra injerencia, sus inclinaciones
eróticas o su rol de género al margen de toda influencia social. Si la identidad de género es cultural, como
asegura Colombia Diversa, la biología en nada la determina y lo que se pretende
es que tampoco la cultura lo haga. Como
se ve, es una visión absurda pues no existe un individuo humano absolutamente
independiente de la influencia de los otros. Sería algo así como un espíritu
puro.
El filósofo
Robert Redeker, en su libro Bienaventurada vejez, rechaza la teoría o ideología
de género, “la que sin lugar a dudas existe”, dice y luego agrega: “El género
es una construcción, un maquillaje social puesto sobre la naturaleza para negar
el sexo”. En el mismo sentido se ha
expresado la ciencia médica. No se ha
podido determinar con claridad en cada caso hasta dónde llega la influencia de
la biología y hasta dónde va la cultura o la influencia de los otros o de los
registros imaginario y simbólico.
Estamos
seguros de que ambos elementos, lo genético y lo cultural, se afectan y
modifican mutuamente. Sabemos, por
ejemplo, que la estructura misma del cerebro se cambia por las influencias
culturales y que el rol de madre tiene sus condicionantes biológicos y
hormonales, aunque la comunidad LGBTI no lo acepte porque se queda sin soporte
su discurso.
Fueron muchos
los columnistas de prensa, profesores e intelectuales que salieron a defender
esa barbaridad de las cartillas del MEN.
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