La historia
de la cultura occidental ha pasado por tres momentos que resumen lo que somos
hoy. El primero se centra en el concepto
de alma, posiblemente originado en el sueño. El hombre primitivo pensaba que
durante el sueño una especie de otro yo se liberaba, el mismo que se separaba
del cuerpo en el momento de la muerte. Aunque los judíos en principio no habían
elaborado ese concepto cuando fundaron su religión como pueblo elegido de
Yahvé, el cristianismo lo tomó de otras tradiciones como la persa y la griega
para convertirlo en el núcleo de su fe.
El segundo
capítulo de la nuestra historia, iniciado apenas hace tres siglos, es el
descubrimiento del sujeto o de la consciencia de mí mismo, que reemplazó al de
espíritu o alma y fundamentó la cultura moderna. En aquellos países como el
nuestro, en los que la religión católica manejó el sistema educativo durante
varios siglos, el común de los ciudadanos sigue creyendo en el alma como parte
necesaria de su mitología en la que se promete una vida después de esta. Cuando pensadores europeos como Hegel y
posteriores al año 1800, hablan de “espíritu” se refieren a la consciencia de
mí mismo y no al alma.
El tercer
momento de nuestra cultura actual posmoderna se caracteriza por la desaparición
de la subjetividad, del psiquismo y de todo vestigio espiritual como creaciones
imaginarias que son de nuestra mente, para quedarnos con el cuerpo como único
elemento del hombre. El filósofo francés
Robert Redeker resumió esta idea como una virulenta crítica a la sociedad
actual en un libro titulado Egobody o
“Yocuerpo”, ya reseñado en una de mis notas de prensa. En esta misma perspectiva se sitúa el texto
de Yuval Noah Harari, Homo Deus o
“Hombre Dios”, en el que muestra que todas nuestras conductas se explican con
algoritmos similares a los de los computadores, robots y animales.
En el segundo
momento, además de cambiar la visión del hombre, también se cambió la religión.
Cuando Yahvé se le identifico a Moisés como “el que es”, mostró su carácter
personal que fue denunciado en el siglo XVIII. Si Dios es también consciencia
de sí mismo, no es más que una proyección del hombre y fue creado a imagen y
semejanza del hombre. El hombre es el resultado último de la evolución en el
que la naturaleza toma consciencia de sí misma o el espíritu se hace carne,
según la expresión del evangelio de Juan en otro contexto.
Secuela de
ese segundo estadio de la cultura occidental es la muerte de Dios, “el
desencanto”, la pérdida de la fe o el ateísmo, drama al que estamos asistiendo
en el tercer milenio. Cuando el hombre
pierde su identidad, se asimila a los animales y a las máquinas, ha llegado la
edad de la nada y la vida pierde sentido.