lunes, 14 de agosto de 2017

TRES MOMENTOS





La historia de la cultura occidental ha pasado por tres momentos que resumen lo que somos hoy.  El primero se centra en el concepto de alma, posiblemente originado en el sueño. El hombre primitivo pensaba que durante el sueño una especie de otro yo se liberaba, el mismo que se separaba del cuerpo en el momento de la muerte. Aunque los judíos en principio no habían elaborado ese concepto cuando fundaron su religión como pueblo elegido de Yahvé, el cristianismo lo tomó de otras tradiciones como la persa y la griega para convertirlo en el núcleo de su fe.

El segundo capítulo de la nuestra historia, iniciado apenas hace tres siglos, es el descubrimiento del sujeto o de la consciencia de mí mismo, que reemplazó al de espíritu o alma y fundamentó la cultura moderna. En aquellos países como el nuestro, en los que la religión católica manejó el sistema educativo durante varios siglos, el común de los ciudadanos sigue creyendo en el alma como parte necesaria de su mitología en la que se promete una vida después de esta.  Cuando pensadores europeos como Hegel y posteriores al año 1800, hablan de “espíritu” se refieren a la consciencia de mí mismo y no al alma.

El tercer momento de nuestra cultura actual posmoderna se caracteriza por la desaparición de la subjetividad, del psiquismo y de todo vestigio espiritual como creaciones imaginarias que son de nuestra mente, para quedarnos con el cuerpo como único elemento del hombre.  El filósofo francés Robert Redeker resumió esta idea como una virulenta crítica a la sociedad actual en un libro titulado Egobody o “Yocuerpo”, ya reseñado en una de mis notas de prensa.  En esta misma perspectiva se sitúa el texto de Yuval Noah Harari, Homo Deus o “Hombre Dios”, en el que muestra que todas nuestras conductas se explican con algoritmos similares a los de los computadores, robots y animales.

En el segundo momento, además de cambiar la visión del hombre, también se cambió la religión. Cuando Yahvé se le identifico a Moisés como “el que es”, mostró su carácter personal que fue denunciado en el siglo XVIII. Si Dios es también consciencia de sí mismo, no es más que una proyección del hombre y fue creado a imagen y semejanza del hombre. El hombre es el resultado último de la evolución en el que la naturaleza toma consciencia de sí misma o el espíritu se hace carne, según la expresión del evangelio de Juan en otro contexto.

Secuela de ese segundo estadio de la cultura occidental es la muerte de Dios, “el desencanto”, la pérdida de la fe o el ateísmo, drama al que estamos asistiendo en el tercer milenio.  Cuando el hombre pierde su identidad, se asimila a los animales y a las máquinas, ha llegado la edad de la nada y la vida pierde sentido.

jueves, 10 de agosto de 2017

EL ENGAÑO DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO



Cuando el presidente Santos y su ministra de educación, la impoluta Parody, declararon que la ideología de género no existe, la discusión se cerró a pesar de las dudas al respeto y la total oposición de las comunidades cristianas a las cartillas avalada por la ONU para modificar los manuales de convivencia en los colegios.

La identidad de género está determinada por la cultura, según pontificaba la cartilla, es decir, no está condicionada por la biología o la genética. De allí que la cartilla autorizaba a los niños usar indistintamente prendas masculinas o femeninas porque la cultura patriarcal o machista no tiene derecho a inmiscuirse en las elecciones de cada uno.  Nunca se había legitimado la perversión de esa forma tan ingenua.

Esta ideología o teoría de género se parece mucho a la antigua versión escolástica o cristiana que también consideraba dos elementos constitutivos del hombre, completamente independientes el uno del otro: el cuerpo y el alma.  Se nos enseñaba que el alma tiene funciones específicas en las que no participa el cuerpo, como la inteligencia y la voluntad.  En cambio, la sexualidad es una función puramente biológica o animal exclusiva del cuerpo; por eso se la consideraba sucia, mala y contraria al espíritu.

La propuesta de las cartillas de Gina cae en la falacia del solipsismo: el niño o la niña puede definir por sí mismo, sin ninguna otra injerencia, sus inclinaciones eróticas o su rol de género al margen de toda influencia social.  Si la identidad de género es cultural, como asegura Colombia Diversa, la biología en nada la determina y lo que se pretende es que tampoco la cultura lo haga.  Como se ve, es una visión absurda pues no existe un individuo humano absolutamente independiente de la influencia de los otros. Sería algo así como un espíritu puro.

El filósofo Robert Redeker, en su libro Bienaventurada vejez, rechaza la teoría o ideología de género, “la que sin lugar a dudas existe”, dice y luego agrega: “El género es una construcción, un maquillaje social puesto sobre la naturaleza para negar el sexo”.  En el mismo sentido se ha expresado la ciencia médica.  No se ha podido determinar con claridad en cada caso hasta dónde llega la influencia de la biología y hasta dónde va la cultura o la influencia de los otros o de los registros imaginario y simbólico.

Estamos seguros de que ambos elementos, lo genético y lo cultural, se afectan y modifican mutuamente.  Sabemos, por ejemplo, que la estructura misma del cerebro se cambia por las influencias culturales y que el rol de madre tiene sus condicionantes biológicos y hormonales, aunque la comunidad LGBTI no lo acepte porque se queda sin soporte su discurso.

Fueron muchos los columnistas de prensa, profesores e intelectuales que salieron a defender esa barbaridad de las cartillas del MEN.

jueves, 3 de agosto de 2017

NO QUIERO SER MINISTRO




“Eso debe ser otro enredo de esos en que te metes por hacer denuncias en La Tarde”,  sentenció muy seria mi esposa cuando le conté que acababa de recibir una misteriosa llamada de un comandante del M-19 y me invitaba a una cita en el centro de Pereira. Eran los tiempos de la presidencia de César Gaviria Trujillo, cuando Antonio Navarro Wolff fungía como ministro de salud.  Mi respuesta fue muy clara, pues no tenía ningún interés en ser el jefe del Servicio Seccional de Salud que me ofrecía Navarro Wolff por medio de sus emisarios: simplemente conocía los juegos turbios de la política colombiana que a usted lo obligan a “comer callado” y a renunciar a las buenas intenciones.

Es la misma respuesta que tengo para el Presidente Juan Manuel Santos si me ofrece algún ministerio.  Sé, por ejemplo, que los ministerios son las mejores plantas productoras de “mermelada” para comprar las conciencias de los parlamentarios mediante la adjudicación de contratos que no tienen otro objetivo que facilitar su enriquecimiento  aunque para ello deban engañar a los niños más pobres en los restaurantes escolares.  Y después, como le acaba de suceder a Gina Parody,  el titular de la cartera tiene que salir a representar un papelón ante los medios y gritar, sorprendido, que las mafias se han apoderado de los contratos. 

Luego, los contratistas cambian la razón social o el nombre a sus empresas delictivas y los contratos regresan a los  mismos oscuros personajes mientras las redes sociales aplauden al gobierno “honesto” para que el ministro salga a recibir muchos votos en las próximas elecciones.  Es la política como espectáculo; es la estupidez de la platea.

Tampoco acepto, Señor Presidente, la Dirección del ICBF en el que se repite la misma historia: vinculación fraudulenta de beneficiarios; nombramientos ordenados por el congresista para favorecer a su clientela con títulos falsos; adjudicación de subsidios a muchas personas que no los necesitan; enriquecimiento del congresista y sus testaferros con la miseria de los más pobres.


Lo más lamentable de este cuento reside en el hecho de tanto el Ministerio de Educación y la Directora del ICBF guardaron silencio, y lo habrían mantenido  en el caso de la alimentación de los niños, si no hubiera sido por las investigaciones de los organismos de control como la Contraloría, la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo.  Entonces, ambas señoras salieron en coro a señalar a unas mafias.  Y ellas… inocentes.