“Los memes
son virus mediáticos que se propagan, se reproducen y también mutan con extrema
rapidez”. “Tras la victoria electoral de Donald Trump, el Chicago Tribune citó
un usuario de 4chan: “Realmente hemos elegido un meme como presidente”. Los
colombianos nos preparamos para elegir el nuestro.
Uno de nuestros
memes no se acomoda a las expectativas de los usuarios de las redes sociales:
serio, pésimo bailarín, elaborado con noticias falsas; su relato, como todos
los relatos, no les interesa a los internautas; el espectáculo montado por sus
seguidores de la primera línea, en lugar de divertir y entretener, aterró a los
colombianos y afectó la economía. Si hace cuatro años sus seguidores entre 18 y
25 años eran el 80 por ciento, ahora son el 52, porque al resto ya no le parece
gracioso.
El otro meme,
creado por un grupo de jóvenes menores de 29 años, es el avatar de un hombre
millonario, agresivo y divertido a la vez; elemental e inmaduro como sus
creadores, pero que ahora traiciona, sin darse cuenta, los relatos que hicieron
su religión, su patria y su riqueza. Quiere nuestra economía a la medida de su
mezquindad de rico.
Hasta ahora,
los grandes relatos de Occidente estaban contenidos en libros: la Torá, el
Evangelio, la Constitución Nacional y El capital. A los usuarios de las redes
sociales no les interesan; solo tienen tiempo para información rápida,
diversión y entretenimiento; desprecian los argumentos y se dejan seducir por
memes fugaces. Es más válida una noticia falsa emocionante o una teoría de la
conspiración que el gran relato democrático o el del Materialismo Histórico.
Los viejos discursos
de derechos humanos, la posibilidad de una vida eterna o el triunfo del
proletariado después de la derrota del capitalismo no significan nada y, además,
son largos, aburridos y no caben en el muro de las redes sociales. Es el fin de
las ideologías o de los relatos que, aunque incluían mitos como soporte
central, resumían una visión de la historia, ordenaban nuestra sociedad, nos
daban identidad y cargaban de sentido nuestras vidas.
En la
sociedad del discurso y la comunicación era imprescindible la presencia del
otro para discutir y lograr un acuerdo. En la era de la “infocracia” o del
poder de los algoritmos, desaparece el otro. Las redes sociales son la
expresión máxima del narcisismo o del autismo porque asistimos a ellas para
escucharnos a nosotros mismos y a la tribu que reproduce nuestros memes. Es la
anarquía o el rizoma esquizoide de Deleuze y Guattari que inspiró la Primera
Línea.
Si en épocas
anteriores el espectáculo del poder lo representaban el rey, el papa romano o
el presidente de la República, en la era de las noticias falsas ese espectáculo
lo protagonizan los esclavos, dominados y creados por los algoritmos, mientras
el poder de los datos permanece oculto.
Lea el libro Infocracia,
de Byung-Chul Han, que inspiró esta nota; 79 páginas, vale $ 27.000 la versión
virtual.
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