Nuestra cultura judeocristiana tiene sus orígenes en la filosofía griega con
su concepto del alma que se une inicialmente al óvulo fecundado y se separa del
cuerpo en el momento de la muerte mientras llega el juicio final para definir
su destino eterno.
Sin embargo, el desarrollo de las ciencias nos han
llevado a concluir que el alma no existe y que la conciencia de mí mismo tiene
una explicación distinta desde cuando se estudiaron las experiencias de
aquellos niños recién nacidos que eran separados de los humanos, como en el
caso de una accidente de aviación en la selva o como en la leyenda de Tarzán o
en el mito de Rómulo y Remo alimentados por una loba.
Estos niños, un poco más de medio centenar conocidos,
cuando eran encontrados años después, no hablaban, no tenían conciencia de sí, emitían
los mismos gruñidos de la especie que los crió, se asustaban ante la presencia
humana y no tenían una sexualidad como la nuestra, esto es, no eran atraídos
por un humano. Estos “niños de los
lobos”, como se les llama, nos permiten entender nuestra verdadera condición
humana.
En primer lugar, sin la asistencia de otros seres
humanos no alcanzamos a ser conscientes de nosotros mismos, no surge mi
condición de sujeto o persona distinta y separada de los otros. Es decir, no
dejamos la condición de los animales o, en términos metafóricos, no salimos del
paraíso. No llegamos al “uso de razón” a través de la maduración natural del
cerebro sin la presencia o asistencia de otros.
Es la acción delirante, poética y amorosa de la madre
o de quien cumpla su función la que realiza el milagro que nos introduce en la
especie humana o en una comunidad hablante; la que despierta nuestra
consciencia, nuestro yo o nuestra persona; la que nos inicia en la aventura de
la libertad. El deseo de la madre marca
el destino del niño; su rechazo del crío le ocasionará múltiples problemas
afectivos o mentales.
Ese despertar de la consciencia de nosotros mismos
organiza nuestra mente como un lenguaje y genera dos registros, el imaginario y
el simbólico, que estructuran el mundo mental en el que nos movemos. Con sus cantos, juegos y mimos, el deseo de
mi madre crea esa imagen o conciencia de mí que me permite participar del mundo
de los humanos y que será mantenida en
el diálogo y encuentro con los otros.
Cada vez que otra persona me desee como ser humano,
revivirá la experiencia primera y ratificará mi ser, mi dignidad y mi alegría
de vivir, todo ello en el mundo ideal de mi condición. Por eso, cuando dejo de
existir solo muere mi cuerpo porque mi yo, mi consciencia de mí, no es más que
una creación de mi mente y como tal nunca perece.