domingo, 19 de febrero de 2017

¿A QUÉ SE LLAMÓ LA REFORMA?





En una investigación realizada durante varios años acerca de la historia del cristianismo, me impactó sobremanera la tremenda revolución desencadena en todo Occidente por la iniciativa de un solo hombre hace 500 años; pero más que por el hecho en sí, por mi ignorancia al respecto, a pesar de que me consideraba un colombiano con una cultura general media.

En 1517, Martín Lutero publicó sus 95 tesis para cuestionar el negocio de las indulgencias, enfatizar de que el dinero no nos puede salvar y que la fe o la gracia es un don gratuito de Dios.  Un siglo antes, otro personaje con críticas parecidas a la Iglesia romana, había sido llevado a la hoguera en Praga.  Su nombre era John Hus, sacerdote y rector de la Universidad de esa ciudad y seguidor a su vez de otro rebelde inglés, John Wycliff.  A estos dos últimos precursores de la Reforma, podemos agregar otro sacerdote, Erasmo de Róterdam, contemporáneo de Lutero y que, aunque no compartió las doctrinas de este último, fue un crítico del cristianismo y representó una especie de tercera vía en materia religiosa, mejor conocida como “deísmo” que será acogida por los teóricos de la Ilustración.

Tampoco se puede entender el fenómeno de la Reforma si no se tiene en cuenta que hacia 1448 se había descubierto la imprenta y que la publicación de millones de libros, para la época de Lutero, hicieron más fácil la difusión de sus ideas. Hasta ese entonces, el sermón del cura era el único boletín de noticias conocido por una plebe en su gran mayoría analfabeta, razón por la cual la Iglesia tenía el poder.  A ello podemos agregar como factores desencadenantes de la Reforma: la corrupción generalizada del clero, la inconformidad de los gobernantes de toda Europa por los abusos de la Iglesia y el auge tremendo de la economía producido por el descubrimiento de América y las nuevas rutas del comercio mundial con sus secuelas de inflación y miseria.

La división o sisma dentro del cristianismo generado por la Reforma ocasionó muchas guerras que afectaron todo el siglo XVI y al menos la mitad de siguiente.   Sin embargo, en la Reforma hay raíces de la nación moderna, de la separación de la iglesia y el Estado, de la libertad de culto, de la democracia, de la tolerancia y del capitalismo.  A todo eso se unió el auge de la ciencia para complicar más la situación de la Iglesia Católica.  Recordemos que en 1543 muere Nicolás Copérnico, el sacerdote polaco que acabó con la teoría heliocéntrica del universo y abriría la senda de Newton, nacido en 1642, año de la muerte de Galileo Galilei.

En fin, con la imprenta, la Reforma, el descubrimiento de América, los primeros grandes pasos de la ciencia, el Renacimiento y la Ilustración nació el mundo moderno.

viernes, 17 de febrero de 2017

El mito de la posverdad





Quienes fueron sorprendidos por las recientes expresiones de las masas encontraron una rápida y fácil explicación que consistió en señalar al otro como el ignorante, miembro de la extrema derecha o el imbécil que se dejó engañar.  De esta forma se sintieron autorizados para identificar a Donald Trump, a Álvaro Uribe Vélez y a quienes encabezaron la campaña en Inglaterra para separarse de la unión europea con Hitler o con lo peor de la especie humana, en lo que Moisés Wasserman llama la falacia ad hitlerum y que en una de mis notas de prensa llamé la amalgama.

Ya el pueblo, el hombre de a pie, los mugrosos y todos aquellos que se mueven en las redes sociales se guían por las mentiras o por los sentimientos –no siempre los mejores- y han terminado con una era en la que la verdad, los paladines de la historia y los cultos orientaban plebiscitos y elecciones para conducir la democracia por la senda correcta.  Los ingleses, los norteamericanos y los colombianos se equivocaron.  La mentira domina ahora el mundo entero.

Estábamos en ese derroche de histeria colectiva cuando estalló el escándalo Odebrecht que compromete a los últimos presidentes del Perú, a muchos gobernantes brasileros –entre ellos a los impolutos de la izquierda- y a los candidatos que se disputaron las últimas elecciones presidenciales en Colombia. No solo los uribistas mienten; Santos y sus amigos también.

Por otro lado, el mito de la posverdad se desbarata también, al menos aquí, cuando se empiezan a denunciar las dificultades y farsas del proceso de paz: las FARC se burlan del país y no explican la forma como se deshicieron de más de 400 secuestrados; se niegan a entregar los niños guerrilleros mientras se ingenian la forma de hacerlos desaparecer o los entregan directamente a sus familias; la desbandada de guerrilleros tiende a aumentar por las mejores ofertas de bandas criminales; ¿dónde están los 9 mil milicianos que había calculado el Ejército?; ante la avalancha de críticas que recibe la JEP, ya se renueva el chantaje de los áulicos del Gobierno y las FARC: “si no hay JEP, no hay proceso de paz”.  “Si gana el NO…”

Hay otro aspecto de la posverdad mucho más dramático y doloroso.  Canales de televisión, periódicos, revistas, cadenas de radio sostenidos por los jugosos contratos del Gobierno son los voceros de esta nueva mitología; con el dinero recibido para que acomoden, enfaticen o distorsionen la información pagan a columnistas y locutores expertos en engañar.

Mas el pueblo ha encontrado el medio para recibir y entregar nuevas versiones de la verdad.  Sí, circulan muchas mentiras en las redes, pero son gratis.  Ahora, la mentira no es patrimonio exclusivo del clero, los medios, los intelectuales y los poderosos.  Con todos sus aspectos negativos las redes sociales están definiendo el futuro.