Nuestra educación y nuestra cultura se fundamentan en una
visión judeocristiana y escolástica gracias al Concordato firmado con el Estado
del Vaticano en el siglo XIX que entregó el control de la educación al clero
hasta 1959. Con el triunfo de la revolución cubana ese año, el marxismo se
infiltró en colegios y universidades públicas para adoctrinarnos hasta el día
de hoy.
A la religión que nos legaron los españoles se unió el
pensamiento griego de Platón y Aristóteles, utilizado en el siglo XIII por
Tomás de Aquino para explicar los dogmas de la Iglesia. Con la Reforma
protestante, iniciada por Martín Lutero en 1517, el cristianismo cambió, pero
los españoles y nuestros gobiernos hicieron lo posible, con Inquisición incluida,
para que aquí no llegaran esas ideas renovadoras. Fueron tan revolucionarios
los cambios realizados por la Reforma que llevó a Europa a dudar de los
evangelios y de Dios a tal punto que los ateos de los países europeos del norte
oscilan hoy entre un 60 y un 80 por ciento de la población.
La ciencia y la filosofía europea (en cuya discusión no
participó la iglesia católica) dejaron sin piso, en el siglo pasado, toda la
metafísica o la ontología de occidente y la teología cristiana. No es posible
conocer entidades trascendentales o que se sitúen más allá del espacio y el tiempo.
Igualmente, la original ideología marxista de la lucha de clases resultó falsa
y así lo ratificaron sus numerosos fracasos en todo el mundo. El marxismo de
hoy no es materialista; es estructural, cultural o lingüístico.
Si todavía seguimos pensando que Dios es tres personas, que
al modo de producción capitalista le sucederá inexorablemente después de la
pandemia un socialismo ecológico y que el Acuerdo nos trajo la paz, podemos
aprender de los anglosajones la ética pragmática o de sentido común para
resolver nuestros problemas y no seguir incurriendo en los mismos errores.
Para Estados Unidos e Inglaterra la ética es cuestión de
costumbres y acuerdos; no de fundamentos metafísicos y de principios inmutables.
Si tienen un problema, reúnen las distintas opiniones con el propósito de
encontrar una salida que todos quieren; pero no aceptan dialogar con quienes consideran
que su ideología es mejor o con quienes empiezan por discutir la definición
filosófica de cada término. Tampoco es aceptable un diálogo con quien no es
solidario con su propia organización social y cuyo objetivo es destruirla.
No se puede firmar un acuerdo de paz con un grupo islámico
que nos considera infieles y que viene a asesinarnos por mandato del Corán. No
puede haber coincidencias con un partido que mantiene, después del Acuerdo de
paz, su decisión expresa de destruir nuestro ordenamiento institucional y
constitucional para sustituirlo por el socialismo, lo que implica también acabar
con nuestra organización familiar. Esa puede ser la clave del fracaso del Acuerdo
de paz. Si fuéramos pragmáticos…