La ciencia
médica sufre en los últimos años un cambio trascendental determinado por el
descubrimiento de lo que pudiéramos llamar un nuevo órgano y sus implicaciones
en nuestra salud. Me refiero a la flora
bacteriana de todo nuestro cuerpo, en particular a la que reside en nuestro
aparato digestivo, que nos ha permitido entender mejor nuestras enfermedades y
el fracaso reiterado en nuestros intentos por rebajar de peso.
Tenemos diez
veces más microorganismos en nuestro colon que células en todo el cuerpo, pero
hasta ahora no habíamos entendido su importancia en la explicación de muchas
enfermedades como las posibilidades enormes que nos ofrece para tener una mejor
calidad de vida sin estar sometidos a la barbarie de la EPS.
Sabíamos, sí,
que el proceso básico de muchas enfermedades es la inflamación, pero apenas
ahora empezamos a comprender la manera como los alimentos y las bacterias
intestinales intervienen en él. Muchas
enfermedades crónicas, el infarto del miocardio, los accidentes
cerebrovasculares, la diabetes mellitus, las enfermedades de la vejez como el
Alzheimer y hasta el cáncer son mejor explicados y podemos prevenirlos
fácilmente.
En el
intestino grueso o colon se encuentran la mayoría de estas bacterias, unas
dañinas y otras benéficas, pero si predominan las primeras, si invaden el
intestino delgado o si alteran la barrera que les impide entrar a la
circulación general o sangre, van a agravar la inflamación en todo el cuerpo y
nos van a enfermar.
La llamada
comida chatarra o procesada por la industria no solo es dañina por la grasa y
las sustancias tóxicas que contiene, sino también porque favorece el
crecimiento de las bacterias perjudiciales del intestino. Asimismo, la carne y
la leche o sus derivados nos afectan por los antibióticos, hormonas y otras
sustancias usadas para alimentar los animales de los que proceden.
Los alimentos
pueden modificar la composición de la microbiota o flora de tal manera que
podemos expulsar las bacterias dañinas y favorecer el crecimiento de las
saludables. Entendemos mejor que nunca aquello
de que somos lo que comemos; que la dieta occidental es la causa principal de
nuestras enfermedades; que veganos y vegetarianos, quienes aprendieron a comer
de las tradiciones orientales, tienen mucho para enseñarnos; de que dieta,
ejercicio, más una vida sin estrés con mucho amor, nos permitirán vivir sanos
muchos años.
Aunque aún no
hay acuerdo entre todos los investigadores y profesionales de la salud en esta
materia, los lineamientos generales de este nuevo paradigma o modelo sanitario
ya está muy definidos: debemos restringir el consumo de carbohidratos, sobre
todo los refinados incluida la fructosa o azúcar de las frutas; perderles el
miedo a las grasas, especialmente a aquellas llamadas de origen vegetal como el
aceite de oliva, el aguacate, las nueces, el chocolate, entre otras; las
vegetales deben ser la base de nuestra alimentación; el consumo de carne, muy
restringido.
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